[iStock/Zeferli]

Los humanos, como muchos animales, tenemos por naturaleza inclinaciones gregarias. Nos asociamos a grupos con cuyos integrantes compartimos necesidades, objetivos, deseos, ideas y sentimientos. El grupo funciona siempre como un paraguas bajo el cual nos sentimos reforzados y protegidos. Pero ¿cómo funciona nuestra mente cuando pasamos a formar parte de un grupo? ¿Asumimos, queriéndolo o sin querer, la dinámica mental y los cambios que ese grupo suscita y transita? ¿Se deshace, o se refuerza, nuestra individualidad en el seno del grupo? ¿Estamos dispuestos a hacer, como miembros del grupo, cosas que nunca haríamos fuera de él? ¿Domina el grupo nuestro comportamiento?

Esas y otras cuestiones similares han sido objeto de estudio de la psicología social y son muchas las respuestas, contrastadas y sin contrastar, que se han ofrecido en su seno a los interrogantes específicos planteados. La historia de la psicología demuestra, asimismo, que las más robustas teorías sobre el comportamiento humano son aquellas que avala la neurociencia, es decir, aquellas cuyas explicaciones tienen una base o fundamento neurológico demostrable. Pero la neurociencia social, la que explica lo que ocurre en el cerebro de los individuos agrupados, está todavía en pañales, y no es mucho lo que puede aportar para contrastar las teorías en vigor sobre un gregarismo como el humano cuyas connotaciones y fundamentos biológicos pueden ser muy complejos.

Pero esa situación podría estar empezando a cambiar gracias a trabajos como el de la neurocientífica Yina Ma, del Instituto de Investigaciones Cerebrales de la Beijing Normal University, en China. Ella y sus colaboradores han descubierto recientemente una marca fisiológica en la corteza prefrontal, la parte del cerebro relacionada con la mentalización y la toma de decisiones, que se asocia a los conflictos y la hostilidad entre grupos humanos. Los resultados de su novedoso trabajo acaban de ser publicados en Nature Neuroscience, primera revista mundial en neurociencia.

Trabajos experimentales previos en los que se ha basado el grupo de Ma habían puesto de manifiesto mediante juegos similares al del conocido dilema del prisionero, que, tal como ocurre en muchas especies de animales que se agrupan para cazar o no ser cazados, los grupos humanos se organizan peor y tienen menos éxito cuando atacan que cuando se defienden. Ello es debido en buena medida a que los individuos que forman parte de un grupo están siempre más dispuestos a invertir y gastar energías y recursos propios en la defensa frente a un grupo rival que en atacarlo.

El grupo de Beijing ha realizado nuevos experimentos en la misma línea, pero ahora más dirigidos a conocer cómo funciona el cerebro de los individuos cuando actúan dentro de un grupo humano que rivaliza con otro diferente al que ataca o del que se defiende. El experimento, aunque de laboratorio, trató de simular situaciones de conflicto intergrupal de la vida real, y, aunque extenso y de cierta complejidad, podemos resumirlo del modo siguiente. Un total de 546 voluntarios (294 mujeres y 252 hombres) de entre 18 y 30 años, fueron distribuidos al azar en pares de grupos (atacante y defensor) de tres miembros cada uno de ellos.

Antes de la contienda y para reforzar su cohesión, los miembros cada grupo, atacantes y defensores, fueron estimulados a un diálogo entre ellos sobre sus preferencias compartidas. La contienda consistió en un juego de asaltos sucesivos entre cada grupo atacante y cada grupo defensor. En cada uno de los asaltos, cada participante disponía de una cantidad económica y de ella debía ofrecer una contribución al propio grupo para fortalecer su capacidad de lucha contra el oponente. Cuando, tras las sucesivas decisiones, la contribución global del grupo atacante superaba la del defensor, éste era derrotado y los atacantes se quedaban con todos los recursos no invertidos por los defensores de su propia dotación. Cuando la contribución mayor era la de los defensores, éstos sobrevivían al ataque y ambos grupos podían retener sus respectivas dotaciones. El mismo procedimiento se repetía en sucesivos asaltos.

De ese modo, cuanto más costosa era la contribución personal de cada atacante, más contribuía a las ganancias de su grupo a costa de los defensores. Por su parte, la mayor contribución personal de cada defensor permitía evitar la derrota de su grupo por los atacantes. Durante los numerosos asaltos que incluyó la contienda la actividad del cerebro de los participantes de cada grupo fue continuamente registrada mediante la moderna técnica de espectroscopía funcional, que mide las variaciones en el flujo sanguíneo cerebral, y con ello la actividad de las neuronas, mediante ondas electromagnéticas de frecuencia próxima a la luz infrarroja.

En el planteamiento de los investigadores estaba la idea, contrastada como ya dijimos en experimentos previos, de que cuanto más unido está un grupo y/o más atacado es por otro diferente, mayor será la contribución y el riesgo personal que estarán dispuestos a asumir los miembros de ese grupo para vencer y no ser derrotados por el grupo adversario. Y eso fue exactamente lo que los resultados del experimento confirmaron, pues al aumentar la unidad en cada grupo, no sólo aumentó la coordinación dentro del mismo, sino también las contribuciones, personalmente costosas, de sus miembros a la capacidad del grupo para competir con el oponente, así como la disposición a asumir riesgos personales en favor del propio grupo.

Pero lo más novedoso fue que la mayor unidad del grupo, y especialmente durante el ataque contra los defensores, aumentó la sincronización de la actividad del cerebro de todos sus miembros en áreas como la corteza prefrontal dorsolateral derecha y la unión temporoparietal, regiones relacionadas con procesos de mentalización y decisión, que también quedaron más estrechamente conectadas entre ellas durante el ataque. Esa sincronización fue además mayor cuanto mayor era la hostilidad entre los grupos contendientes.

Si la hostilidad es la causa de la sincronía o la sincronía determina la hostilidad es algo que tendrá que resolver la investigación futura. Los investigadores que han realizado este trabajo asumen que puede haber diferencias entre una situación de laboratorio como la estudiada y la vida real de las personas, pero creen que el grado de sincronización de la actividad de la corteza prefrontal de los miembros de un grupo durante una contienda refleja lo que podíamos considerar una "mente colectiva" relacionada con la impulsividad y la hostilidad colectiva hacia sus rivales externos. En cualquier caso, Yina Ma y sus colaboradores han hecho una importante contribución al desarrollo de la neurociencia social.

Ignacio Morgado Bernal
Ignacio Morgado Bernal

Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Sobre este blog

Este blog trata de cómo el cerebro crea y gobierna los procesos mentales que hacen posible el conocimiento y la inteligencia en animales y humanos. Quién soy, qué es la consciencia, cómo percibimos el mundo, por qué olvidamos, emoción versus razón, autoconsciencia en animales, son ejemplos de los temas que trataremos en el mismo.

Ver todos los artículos