La seducción del lado oscuro

14/01/2015 0 comentarios
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Hacer el mal, o la mera idea de causar un daño a nuestros semejantes en beneficio propio, nos suele causar repulsión. Sin embargo, muchas personas acaban seducidas por esta forma de poder negativo. ¿Cómo alguien "normal" llega a cometer actos atroces? ¿Qué procesos operan para que una "buena persona" pueda corromperse? La psicología social ha propuesto diversas explicaciones al respecto, de las cuales quizá la más conocida es la de Philip Zimbardo, que se remonta a su experimento de la prisión recreada en la Universidad de Stanford. No obstante, esta perspectiva -heredera de las tesis sobre la "banalidad del mal"- no está exenta de críticas.

 

"Fear is the path to the dark side. Fear leads to anger. Anger leads to hate..." (Star Wars)

 

Imagen 1Cuando Luke Skywalker escuchó de "boca" de Darth Vader que éste era su padre, debió pensar que era lo último que le quedaba por oír. La estrategia no era mala: un inesperado golpe afectivo, justo en el momento en que uno más necesita una mano amiga, un toque de autoridad - "zascandil, que soy tu padre"-, y una promesa, "únete a mí y juntos gobernaremos el Imperio". Una tentación clásica, desde tiempos bíblicos. Gracias a los dioses o a la Fuerza, Luke ya había superado por aquel entonces su complejo de Edipo y no tuvo inconveniente en "pasar del padre", aunque nuestro héroe resolviera el trauma infantil a la inversa, poniendo en riesgo su propia vida en vez de acabando con la de su progenitor. Resistirse al lado oscuro no es tan fácil. Probablemente, si algunos de nosotros hubiesemos protagonizado La Guerra de las Galaxias, la saga habría acabado de modo diferente, con Luke Skywalker y su padre Darth tomando copas en algún oscuro pub de su Imperio.

Una de las superestrellas de la psicología, Philip Zimbardo, ha dedicado gran parte de su carrera a entender los mecanismos de la seducción del mal. ¿Por qué personas normales y corrientes, incluso "buenas personas", acaban entregándose al lado oscuro? En una interesante charla TED, no exenta de crudeza, el psicólogo de Stanford expone una brillante síntesis de lo que él denomina el "efecto Lucifer", la conversión del ángel en demonio (1).

Una primera idea a tener en cuenta es que la seducción del mal es, en definitiva, una variante de la atracción del poder. En este caso, de un poder con fines negativos, que tiene por objeto dañar intencionalmente, física o psíquicamente, a otro ser humano, si puede ser, hasta destruirlo.

La línea entre el bien y el mal es permeable; y el hecho de cruzarla o no, no sólo se explica por las características del individuo, sino también de las circunstancias. Frente a la teoría que sostiene que el mal es una "disposición interna" de la persona, es decir, la teoría de la "manzana podrida", Zimbardo enfatiza dos planteamientos alternativos. Si una manzana se estropea, hay que ver si el cesto está podrido; y si el cesto lo está, hay que ver cómo se está fabricando la cesta. Es decir, en el tránsito del bien al mal influyen decisivamente factores situacionales externos -las cestas, que representan a las circunstancias sociales-; y factores sistémicos -el contexto legal, económico, político y cultural donde se están fabricando cestos que acaban por corromper a las manzanas.

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Desde que la manzana empieza a enfermar hasta que el gusano aparece, media un lento proceso de deterioro. La seducción del lado oscuro empieza con un diabólico juego de flirteo. Poco a poco. Con una mezcla de emoción -la excitación de acceder a lo que parecía estar prohibido- y sentimiento de culpa. Hasta que uno acaba por entregarse y deja de lado los remordimientos. Son siete los procesos sociales, según Zimbardo, que tejen esta tela de araña:

  1. Dar el primer paso hacia el mal sin pensarlo mucho.
  2. Deshumanizar a las víctimas. Es más fácil dañar a otro si no lo ves como "tu semejante", algo de lo que no faltan ejemplos a lo largo de la historia.
  3. Desindividualización del sí-mismo, con lo que Zimbardo se está refiriendo al anonimato en el que se esconde el agresor. Uniformes y máscaras, o una asombrosa combinación de ambos -como en el caso de Darth Vader- actúan como facilitadores de la violencia. Es fácil ser malo si dejas de ser tú mismo, al menos a los ojos de los demás.
  4. Difuminación de la resposabilidad personal.
  5. Obediencia ciega a la autoridad, como ya pusieran de manifiesto los famosos experimentos de Stanley Milgram.
  6. Ausencia de crítica a las normas del grupo, que se asumen de manera conformista, aunque estas impliquen actitudes o acciones que persiguen la destrucción de otros.
  7. Y finalmente, una tolerancia neutral al mal, en forma de pasividad o indiferencia. En este sentido, ya señaló Hannah Arendt que la mayoría del mal lo hacen personas que nunca se plantearon si está mejor ser buenos o malos.

Sin embargo, la visión de Zimbardo sobre el mal, o al menos algunas de sus ideas sobre por qué la gente normal acaba cometiendo atrocidades, no está exenta de críticas. En particular, algunos autores han señalado que las personas que cometen actos antisociales, lejos de dejarse llevar por la pretendida "banalidad del mal" y exhibir un comportamiento meramente "irresponsable", o de seguir ciegamente a la autoridad, son -en muchos casos- agentes activos, imaginativos y creativos a la hora de ejecutar sus acciones. De hecho, en algunas de las transcripciones de las entrevistas que siguieron al famoso experimento de la prisión de Stanford, se observa que son los propios 'reclusos' quienes acusan a sus 'guardianes' de haberse comportado de una manera sorprendentemente imaginativa a la hora de idear y aplicar castigos (2).

También en esta misma plataforma de blogs, hace unos meses Ignacio Morgado, catedrático de psicobiología en la Universidad Autónoma de Barcelona, en una interesante reflexión a propósito del comandante de Auschwitz Rudolf Höss, concluía que la conducta de éste no se ajustaba a la de una persona que actúa por mera inercia. Höss aparece como alguien consciente de lo que hace, que de forma fría controla sus emociones, y que -en definitiva- actúa de manera instrumental. Sabe que su conducta atroz le reportará beneficios personales.

Ahora bien, para que esto sea así, y aquí Zimbardo parece volver a estar acertado, hace falta un contexto social anómalo, en el que -tras una inversión de la escala de valores- hacer el mal se convierta en "lo correcto" y lo aceptado tanto por el grupo de pertenencia como por sus líderes. En este sentido, dos psicólogos sociales, Alexander Haslam y Stephen Reicher, han desarrollado una interesante propuesta para explicar la seducción del lado oscuro. Según estos autores, son tres las dinámicas que operan en este proceso (2).

En primer lugar, intervendrían ciertos rasgos de personalidad, que hacen a la persona más proclive a involucrarse en grupos autoritarios. Haslam y Reicher citan algunas de estas características de personalidad que, sin mencionarlo explícitamente, recuerdan a los tres elementos que integran la "tríada oscura" de la personalidad (3). Los individuos con rasgos de narcisismo, psicopatía y maquiavelismo son candidatos óptimos para engrosar las filas del lado oscuro. Basta imaginar a alguien que se cree superior al resto, con escasas dotes de empatía con sus semejantes y alta capacidad para manipularlos, para estar prevenidos frente a esta suerte de "Napoleón del crimen", como Sherlock Holmes definía al profesor Moriarty. No en vano, la investigación ha encontrado asociaciones entre tales rasgos de personalidad y diversas manifestaciones de conducta antisocial (4).

Pero una explicación meramente internalista -basada en rasgos de personalidad- sería tan reduccionista como una situacionista, en la que tan sólo se considera la influencia del contexto. La postura de Haslam y Reicher aboga por una explicación basada en la interacción entre la persona y el contexto. Así, la segunda dinámica que proponen no es otra que la transformación del individuo en el grupo. Como es bien conocido en la psicología social, mediante procesos de persuasión e influencia explícita o implícita, así como gracias a una marcada tendencia a la conformidad con las normas del grupo, las actitudes, ideas y conductas de los miembros de estos tienden a la uniformidad. Por ejemplo, en casos como el terrorismo o la delincuencia organizada, se han estudiado las dinámicas de "polarización grupal" que se dan en el seno de estos grupos, a través de las cuales se intensifican las tendencias antisociales del individuo y la expresión de éstas (5). En este proceso, el grupo aísla al individuo del contacto con ideas alternativas al sistema de creencias que el colectivo le ofrece, le proporciona herramientas ideológicas para deshumanizar a las víctimas potenciales y le impide toda salida, con una intolerancia absoluta al disenso hacia las normas internas. En cierto modo, es el grupo el que crea al individuo, o al menos, el que formatea su mente, ya sea para bien o para mal.

Finalmente, la tercera dinámica a la que apuntan Haslam y Reicher es la progresiva capacidad de influencia que algunos miembros destacados del grupo autoritario empiezan a ejercer, ya sea interna o externamente. El individuo, que antes era "uno más" dentro de la masa social, empieza ahora a tener poder y a convertirse en un líder, en el "modelo" a imitar por sus seguidores. Y esto no sólo resulta reforzante desde el punto de vista individual, sino que además confiere a estas personas la capacidad para definir qué es lo correcto y lo inadecuado dentro del grupo, es decir, para transformar a su medida el contexto normativo y "normalizar" así un modo perverso de actuación. En este sentido, Haslam y Reicher concluyen con una advertencia: "el proceso de normalización del mal está lejos de ser banal, y por tanto, nuestras teorías al respecto deberían dejar también de serlo." (2)

En definitiva, la charla TED de Philip Zimbardo y su libro sobre el "efecto Lucifer" son imprescindibles para todos aquellos que quieran entender cómo el lado oscuro corrompe a la gente corriente, de tal suerte que personas socialmente adaptadas, incluso agradables e inteligentes, y con una vida aparentemente normal, acaban por cometer verdaderas barbaridades. Igualmente, perspectivas como la de Haslam y Reicher nos ofrecen un punto de vista quizá más complejo sobre algunas de las dinámicas que operan en este proceso de conversión al lado oscuro, en el que una red de variables personales y psicosociales parecen acabar por atrapar al individuo.

Pero la aportación de Zimbardo también es interesante porque, hacia el final de su charla, nos plantea una alternativa más optimista, la contrapartida del "héroe corriente" que -lejos de sucumbir a la seducción del mal- es capaz de movilizar sus mejores recursos para hacerle frente. Decía Anna Frank que una simple vela puede a la vez desafíar y definir la oscuridad. Tal vez, todo sea tan sencillo como eso. En cualquier caso, la exposición de Zimbardo nos permite explicar por qué algunas personas son atraídas hacia el "lado oscuro" en determinadas circunstancias; y también, por qué Luke, para frustración de su recién conocido padre, prefirió perder una mano a perder su bondadosa alma...
 

 

Agradecimiento: a Sara Revilla Romero (@revilla_sara), de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), por su revisión de este artículo.

Referencias:

1. Zimbardo, P (2008). El efecto Lucifer: el porqué de la maldad Barcelona: Paidós Ibérica.

2. Haslam, S. A., & Reicher, S. (2007). Beyond the banality of evil: Three dynamics of an interactionist social psychology of tyranny. Personality and social psychology bulletin, 33(5), 615-622.

3. Paulhus, D. L., & Williams, K. M. (2002). The dark triad of personality: Narcissism, Machiavellianism, and psychopathy. Journal of research in personality, 36(6), 556-563.

4. Furnham, A., Richards, S. C., & Paulhus, D. L. (2013). The Dark Triad of personality: A 10 year review. Social and Personality Psychology Compass, 7(3), 199-216.

5. Myers, D. G. (2012). How Groups Intensify Decisions. En Exploring social psychology 6th ed. (pp. 217-232) New York: MacGraw-Hill.