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13 de Enero de 2012
Neurociencia

Alcohol, endorfinas y adicción

La ingesta de bebidas alcohólicas provoca la secreción de endorfinas, lo que produce sensación de placer.

Copas de vino en el Museo Vivancos de Haro en La Rioja. [Lourdes Carndenal / Wikimedia Commons / Licencia CC BY-SA 3.0]

Al consumir alcohol, el cerebro secreta endorfinas en el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal del cerebro, lo que  produce sensaciones de placer que podrían conducir a la adicción. A esta conclusión ha llegado un grupo de investigadores de la Universidad de California (UCSF). Según afirman los responsables del estudio, es la primera vez que se observa ese fenómeno en humanos, tras más de treinta años de especulación basada en la experimentación en animales.

“Nuestro estudio aporta las primeras pruebas directas de cómo el alcohol hace que la gente se sienta bien”, simplifica Jennifer Mitchell, autora principal del estudio e investigadora de la UCSF. Las endorfinas, pequeñas proteínas que se producen de forma natural en el encéfalo, presentan efectos opiáceos, de manera que se desencadenan emociones positivas.

Los investigadores han identificado asimismo el tipo de receptor opioide que actúa con las endorfinas: el receptor Mu. La localización precisa de estas áreas en el cerebro permitirá, según los autores, mejorar los métodos y medicaciones para el tratamiento de los problemas con el alcohol.


Cerebros modificados

Para llevar a cabo el estudio analizaron las respuestas cerebrales de 13 individuos con un alto consumo de alcohol y de otros 12 sujetos de control, quienes no bebían de manera habitual.

En todos los casos, la ingesta de alcohol produjo una liberación de endorfinas. Los participantes reportaron mayores sensaciones de placer al liberarse más endorfinas en el núcleo accumbens. Sin embargo, el aumento de la cantidad de dichas proteínas en la corteza orbitofrontal solo incrementó los sentimientos positivos en los bebedores habituales. “Esto indica que el cerebro de los alcohólicos está modificado, de manera que encuentran más placentero el consumo de alcohol”, explica Mitchell. “Este sentimiento de gratificación puede ser el que les haga beber tanto”, añade la autora.

Los resultados sugieren posibles vías para mejorar la eficacia de los fármacos que se suelen emplear para el tratamiento del alcoholismo, como es la naltrexona. Dicho medicamento, de uso común en la terapia del síndrome de abstinencia del alcohol,  bloquea los efectos de los opioides. También se utiliza como tratamiento en la intoxicación aguda por drogas (heroína, la codeína o la morfina). Su efecto no es selectivo: “Bloquea más de un receptor; mucha gente deja de tomarla porque no les gusta cómo les hace sentir”, aclara Mitchell.


Líquido radiactivo en el encéfalo

Los investigadores  observaron mediante tomografía por emisión de positrones (TEP) los efectos inmediatos del consumo de bebidas alcohólicas en el cerebro. El método no invasivo mide la actividad metabólica analizando cómo se distribuye en el interior del cuerpo un radiofármaco de vida media ultracorta administrado por vía intravenosa. En este caso inyectaron un fuerte opiáceo (carfentanil) marcado radiactivamente. Esa sustancia actúa en los receptores opioides del encéfalo; al estar marcada, pudo identificarse la localización exacta de los puntos.

“Cuanto mejor entendamos cómo las endorfinas controlan el consumo de alcohol, mejores oportunidades tendremos de crear terapias más acertadas para la adicción a la sustancia”, concluye Howard L. Fields, coautor del trabajo e investigador de la UCSF.

Más información en Science Translational Medicine

Fuente: SINC

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