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7 de Diciembre de 2020
Astronomía

Así se ha confirmado que un objeto cercano a la Tierra es una parte de un viejo cohete

A principios de septiembre, mientras se buscaban asteroides cercanos a la Tierra, se detectó un objeto del que después se pensó que era la fase superior del cohete Atlas-Centauro que lanzó a la nave Surveyor 2, una misión frustrada de los años sesenta. Gracias a otro resto semejante se ha podido confirmar que era así.

Una fase superior Centauro, de 1962 [NASA].

Unos astrónomos que buscaban objetos cercanos a la Tierra encontraron hace algo más de dos meses y medio, el 17 de septiembre, uno peculiar. Su instrumento, el Pan-STARRS1, fue uno de los telescopios situados a más de 3000 metros de altura en la cumbre del Haleakalā, en Hawái, que reúne condiciones excelentes para esa tarea. Lo que observaron allí, a esa altitud sobre la tierra, despertó por su tamaño e infrecuente trayectoria un gran interés entre los planetólogos. ¿Qué era?

Recibió el nombre de 2020 SO. Describía una trayectoria poco común para un asteroide: se parecía a la de la Tierra misma. No mucho después, tras la extrapolación hacia el pasado de su órbita y la consulta de los parámetros de antiguas misiones de la NASA, Paul Chodas, director del Centro de Estudios de los Objetos Cercanos a la Tierra, del Laboratorio de Propulsión a Chorro, sospechó que se trataba de la fase superior de un cohete que se lanzó en 1966 para enviar una misión a la Luna, la sonda Surveyor 2.

Ahora, nuevas investigaciones con el telescopio de infrarrojos IRTF de la NASA, en Mauna Kea, Hawái, han ratificado esa conjetura. Las nuevas mediciones han confirmado que el objeto cercano a la Tierra 2020 SO es en realidad la fase superior del cohete Atlas-Centauro que se lanzó el 20 de septiembre de 1966 desde la plataforma de lanzamiento LC-36 de la Estación de las Fuerzas Aéreas en Cabo Cañaveral.

Un Centauro D vino en ayuda

«Era un objeto difícil de caracterizar», dice en un comunicado de prensa de la NASA el planetólogo Vishnu Reddy, que ha dirigido la investigación del IRTF. Unos primeros análisis del color, efectuados con el Gran Telescopio Binocular, en Arizona, indicaban que no se trataba de un asteroide. Por ello, Reddy y su equipo siguieron analizando la composición de 2020 SO con el IRTF y compararon los datos espectrales del objeto con los del acero inoxidable 301, el material con el que se construían los cohetes Centauro en la década de 1960. El problema: los datos espectrales no se solapaban; pero cabía pensar que se debía a que las crudas condiciones ambientales del espacio habían modificado en 54 años el material del metálico objeto.

Por eso, el equipo necesitaba tomar el espectro de otros restos de cohete Centauro que llevasen también muchos años en el espacio, pero la velocidad a que se mueven dificultaba mucho hacerlo. Pero en la mañana del 1 de diciembre de 2020 ocurrió lo inesperado. El equipo detectó una fase propulsora Centauro D que entró en órbita geoestacionaria en 1971: a este objeto sí lo pudieron seguir el tiempo suficiente para obtener un buen espectro. La comparación con los datos de 2020 SO mostró que el material era en muy buena medida el mismo. La conclusión final: 2020 SO es también un resto de cohete Centauro.

La misión de la NASA Surveyor 2 tendría que haber aterrizado suavemente en la Luna, para preparar la llegada de seres humanos. Sin embargo, una corrección de la trayectoria no funcionó bien y la nave se estrelló contra la Luna. Fue un contratiempo para los estadounidenses, embarcados en la carrera espacial que les enfrentaba a la Unión Soviética. Mientras, la etapa superior del cohete Atlas-Centauro siguió su camino mas allá de la Luna, adoptó su propia órbita alrededor del Sol y se le perdió de vista, hasta su detección el pasado septiembre. Tras su mayor aproximación a la Tierra, el 1 de diciembre, no desaparecerá de nuevo inmediatamente en el espacio, sino que permanecerá hasta marzo de 2021 en el campo gravitatorio de la Tierra como una «cuasiluna».

Los asteroides cercanos a la Tierra trazan órbitas alrededor del Sol que pueden cortar la de la Tierra. Eso significa que podrían chocar con nuestro planeta. En el pasado ha ocurrido a menudo. Como una colisión así, según el tamaño del asteroide, puede tener consecuencias aniquiladoras, equipos de astrónomos de todo el mundo buscan y cartografían los cuerpos de esas características y sus movimientos por el espacio. Quieren crear también sistemas de defensa.

Alina Schadwinkel

Más información en el sitio del Laboratorio de Propulsión a Chorro.

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