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17 de Julio de 2019
Salud

Cinco cuestiones de peso sobre la obesidad

¿A qué se debe que resulte tan difícil deshacerse de los kilos de más? ¿Por qué unas personas son más propensas a ganar peso que otras?

[iStock/ Turk Stock Photographer]

Al parecer, para perder los kilos de más no basta con ser disciplinado a la hora de comer o practicar ejercicio físico. Pero eso tampoco sorprende, si se tiene en cuenta que las causas del sobrepeso son múltiples. Aunque todavía restan cuestiones por resolver, otras ya se han descubierto.

1. ¿Qué tipos de grasas existen y cómo repercuten en nosotros?

El cuerpo humano está creado para vivir sin necesidad de calefacción central, agua caliente, coche y una nevera repleta de alimento, puesto que dos tipos de grasa aseguran nuestra supervivencia, incluso en circunstancias de frío y escasez. Por un lado, tenemos la llamada grasa parda, la cual se encarga de producir calor al quemar la energía que se encuentra almacenada en el organismo.  Por otro, en tiempos de bonanza, el cuerpo almacena la energía sobrante en forma de grasa blanca para volver a desprenderse de ella en caso de hambre y asegurar el funcionamiento del organismo.

No obstante, durante mucho tiempo se ha pensado que el tejido adiposo pardo disminuía a lo largo del desarrollo de la persona, de manera que los adultos carecían de ellas. Esa idea surgía, en parte, porque investigar la grasa parda activa no es tarea fácil. Solo con ayuda de la tomografía por resonancia magnética se logra encontrarla a esas edades en las inmediaciones de los riñones, las glándulas superrenales, la nuca y la cavidad torácica. Además, la cantidad de ese tipo de  grasa varía según la persona: en general, las mujeres presentan más grasa parda que los hombres, los jóvenes más que los adultos, y los delgados más que los sujetos con sobrepeso.

La grasa blanca se encuentra en el organismo humano bajo la piel y en el abdomen. La célula de grasa blanca se caracteriza por una gran gota de triglicérido que ocupa la mayoría del espacio celular. Si todo va bien, es decir, si se da una relación sana entre la ingesta de alimento y el gasto energético, la grasa blanca almacena las calorías de la comida bajo la influencia de la insulina en forma de triglicéridos. En caso de necesidad, como hambre o esfuerzo físico, la célula grasa libera energía en forma de ácidos grasos.

Además de su función como reservorio, la grasa blanca es una de las piezas fundamentales del sistema endocrino.. En los últimos años, se han descubierto muchas hormonas y sustancias similares a las hormonas (las adipocinas, como leptina, visfatina y adiponectina), a través de las cuales el depósito de grasa influye en todas las funciones del cuerpo: no solo en el metabolismo, sino también en el sistema inmunitario, la función cerebral, la reproducción, los vasos sanguíneos y el corazón.

Una carga de grasa excesiva significa estrés para la célula de grasa blanca. El cuidadoso almacenamiento y la liberación de las grasas se ven alterados, la secreción de hormonas cambia, las moléculas reactivas del metabolismo de las grasas se liberan y se envían las señales inflamatorias. Esto atrae a las células inmunitarias y los niveles de inflamación aumentan. Las consecuencias son bien conocidas: resistencia a la insulina, diabetes, enfermedad cardíaca y vascular.

Para deshacerse de los kilos que sobran es importante conseguir un buen equilibrio entre la ingesta y el consumo de energía. [iStock/ Jay Zynism]

Las células de grasa parda son ricas en mitocondrias. Gracias a estas, queman la energía que almacenan como pequeñas gotas de grasa de manera más efectiva que las células de grasa blanca, las cuales no poseen tantas mitocondrias. Así, en el transcurso de un año, 63 gramos de grasa parda activa queman tanta energía como 4,1 kilogramos de grasa blanca.

El frío y la actividad física fomentan el consumo energético a través de la grasa parda. Y, al parecer, impulsan la conversión de células progenitoras en este tipo de grasa. Pero existe un tercer tipo de células grasas: células de grasa «beige» o brite (por el acrónimo en inglés de «parda y blanca»), según se descubrió en 2012. Se trata de células que se encuentran en una etapa de transición entre la grasa blanca y la parda, de manera que pueden transformarse en una u otra variante.

Los investigadores esperan desarrollar medicamentos capaces de estimular las células de grasa beige para quemar la grasa de manera más efectiva y ayudar a perder peso a quien los tome. Investigadores dirigidos por Kyle Won Park, de la Universidad Sungkyunkwan, en Corea, están testando en animales sustancias que actúan de esa forma (entre ellas, las que producen algunas plantas, como la capsaicina del chile) . En los primeros experimentos, la activación de células termogénicas, es decir, de células de grasa parda, por la administración de ciertas sustancias ha reducido el peso de ratones con sobrepeso y ha mejorado su metabolismo. «Sin embargo, por ahora no existen estudios que demuestren que esos medicamentos sean efectivos en los humanos», señala Matthias Blüher, del Hospital Universitario de Leipzig.

2. ¿Qué depósitos de grasa son los más perjudiciales?

El tejido adiposo subcutáneo es especialista en el almacenamiento del exceso de energía. «Pero si estos reservorios se llenan demasiado rápido, el cuerpo no sabe qué hacer con tanta abundancia», explica el Blüher. Como solución de emergencia, la grasa se deposita en la cavidad abdominal, cerca de los órganos internos. «Esta grasa abdominal es peligrosa, porque las señales, las sustancias inflamatorias y los ácidos grasos que desprende pueden entrar directamente en el hígado y alterar el metabolismo de las grasas», continúa el experto.

Por tanto, el riesgo de enfermedad cardiovascular no se debe principalmente a un aumento del índice de masa corporal (IMC), sino a la forma en que la grasa se distribuye por el cuerpo. En un estudio realizado en 2015, médicos de la Clínica Mayo en Rochester, analizaron los datos de más de 15.000 hombres y mujeres. Según constataron, el riesgo de fallecimiento por una enfermedad cardiovascular no se correlacionaba con el IMC, sino con el denominado índice cintura-cadera. Por ejemplo, una persona de 50 años con un IMC de 22 y una «barriga cervecera» tiene, a tenor de este estudio, más del doble de probabilidades de morir en los próximos diez años que una persona de 33 años de edad con poca grasa abdominal.

La capacidad del tejido adiposo subcutáneo varía mucho de un individuo a otro. «Algunas personas que pesan 150 kilogramos se mantienen sanas porque toda la grasa se deposita en el tejido subcutáneo, mientras que otras con mucho menos peso corporal pero con abundante grasa abdominal sufren diabetes o problemas cardiovasculares", afirma Blüher. También indica que la capacidad de almacenamiento del tejido graso subcutáneo se encuentra determinada genéticamente.

3. ¿Las células adiposas no desaparecen nunca por completo?

Un estudio con sujetos sanos llevado a cabo por investigadores de la Clínica Mayo, reveló lo que todo el mundo sabe: quien come demasiado engorda. Durante ocho semanas, 28 mujeres y hombres se excedieron, de manera consciente, con la ingesta de alimentos durante las comidas. Además, los experimentadores les suministraron barras de chocolate de tamaño «gigante», cada una de las cuales aportaba unas 500 kilocalorías. Después de dos meses, los participantes presentaban, de promedio, 3,8 kilogramos más de grasa en las costillas. No solo habían crecido las células adiposas, sino que también se habían formado nuevas. Michael Jensen y otros científicos contabilizaron al menos 2.6 mil millones de células nuevas en el tejido adiposo del cuerpo.

El tejido adiposo es una de las partes del cuerpo que se renueva muy lentamente. Por año, solo una décima de células adiposas se destruye y es reemplazada por una nueva. ¿Pero alguna vez desaparecen para siempre? Todavía no se sabe con certeza, apunta Blüher. No obstante, asegura que un número determinado de células grasas ya instaladas en el organismo permanece relativamente constante. «Pero con una dieta adecuada, las células adiposas se reducen. Eso ya supone una victoria, puesto que se liberan menos sustancias inflamatorias».

El riesgo de fallecer a causa de una enfermedad cardiovascular está más relacionado con la distribución de la grasa que con el índice de masa corporal. [iStock/ Bowie15]

4. ¿Qué papel desempeñan los genes y cuál la alimentación?

El Instituto Robert Koch afronta la cuestión con sobriedad: «Si el peso corporal para una altura determinada supera el peso normal se trata de sobrepeso». Pero ¿por qué ese peso se considera demasiado elevado? Aunque para algunas personas esa fórmula deja claro lo que hay que hacer —comer menos, moverse más, controlarse y, en definitiva, tenerse por el propio culpable de la situación—, la ciencia no se muestra tan categórica: el estilo de vida, los genes y los factores ambientales también ejercen un papel importante en ello.

La capacidad de almacenamiento del tejido adiposo subcutáneo se encuentra determinada genéticamente, así como el riesgo que supone la acumulación de grasa abdominal para la salud. De acuerdo con la llamada hipótesis de punto de equilibrio, cada cuerpo intenta mantener un estado de peso determinado genéticamente a través de la ingesta de alimento y el consumo de energía. Si acontece un desequilibrio temporal a causa de una mala alimentación, problemas psicológicos o un cambio en la actividad física, el cuerpo puede compensar esas fluctuaciones. Sin embargo, si esos cambios permanecen a largo plazo, el «sistema de ajuste» también se modifica.

Revertir este cambio resulta difícil. «Nuestro cuerpo intenta a toda costa evitar que nos muramos de hambre», señala Blüher. El organismo interpreta que un mayor peso y unas reservas de energía más abundantes en estos contextos probablemente promuevan la vida. Pero el cuerpo registra y «recuerda» el peso que tenía y desea volver desesperadamente a ese estado. «Detrás del conocido efecto yo-yo que se da en las dietas se encuentran todos los mecanismos hormonales que deben protegernos de la inanición», explica Blüher.

¿Por qué una persona, durante una cena con los amigos, pide una ensalada de atún, pica un poco de pan tostado con aceite y un par de olivas y se siente saciado, mientras que otro de los presentes necesita comer una hamburguesa acompañada de patatas fritas y algo de tomate y cebolla más un un helado de postre para estar lleno? Al parecer, nuestras preferencias de sabor y las características que nos hacen elegir una comida concreta dependen,  en parte, de nuestros genes. Así, las personas que debido a su disposición genética tienen poco o ningún gusto por la sustancia amarga 6-n-propiltiouracilo (PROP) parecen preferir las comidas altas en grasas y calóricas. En cambio, los sujetos que son sensibles a la PROP, por lo general, rechazan ese tipo de alimentos.

Bernhard Breier y su equipo de la Universidad Massey en Nueva Zelanda
invitaron a 50 mujeres para que participaran en una prueba de sabor. Las que reaccionaron con mayor sensibilidad al sabor y olor del ácido oleico que se encuentra en las grasas vegetales y animales «atacaron» con modestia los alimentos grasos y presentaban un IMC más bajo que las mujeres con un sentido menos refinado para la acidez grasa. Con todo, los investigadores advierten que para saber si existe una relación causal debe investigarse más. También es posible que el cambio en la sensibilidad del gusto sea una consecuencia y no una causa de la obesidad: las neuronas sensitivas podrían disminuir al aumentar el peso corporal.

Por supuesto, lo que una persona come, cuánto y cuándo, además de su actividad física, desempeña un papel crucial en el sobrepeso. Un estudio británico con 11.396 participantes comparó a personas que comían y se cocinaban la comida a menudo en casa (al menos cinco veces por semana) con otras que lo hacían con menor frecuencia (menos de tres veces a la semana). ¿Resultado? Los primeros tenían más probabilidades de presentar un IMC y grasa corporal normal; además, consumían más frutas y verduras a diario.

«Nuestra alimentación ha cambiado mucho en los últimos cien años», describe Blüher. Ahora, el cuerpo debe enfrentarse a, entre otras sustancias, plastificantes, conservantes y potenciadores del sabor. El equipo de Blüher está investigando en qué medida estos aditivos contribuyen a que tengamos más apetito y tardemos más en saciarnos. «Mediante  experimentos con animales sabemos que ciertos plastificantes, como los ftalatos, aumentan las células de grasa y, por tanto, incrementan su capacidad de almacenamiento», advierte Blüher.

5. ¿Cómo se pueden combatir los kilos de más de manera duradera?

Elegir raciones de comida más pequeñas es sin duda una buena opción. «El objetivo principal en el tratamiento de la obesidad ya no consiste en conseguir la mayor reducción posible del peso corporal, sino en lograr la estabilización a largo plazo de un peso corporal moderadamente reducido», escriben Dieter Korczak y Christine Kister en el informe Evaluación de tecnología de la salud, de la Organización Mundial de la Salud. Después de evaluar 33 estudios dietéticos, los mismos estos investigadores han llegado a la siguiente conclusión: «No está claro que una dieta específica sea superior a todas las demás. Es decir, las dietas moderadamente reducidas en grasas, calorías,  ricas en proteínas o carbohidratos tienen un efecto similar». El factor «actividad física» contribuye a la pérdida de kilos de más y resulta esencial para la estabilización del peso.

Así que tengan cuidado con las dietas que prometen un camino rápido para lograr la figura ideal. Blüher no cree en las medidas a corto plazo. Quien quiera perder peso debe preguntarse: ¿De qué voy a prescindir a partir de ahora? «Nada de alcohol y refrescos, más verdura, menos dulces y más ejercicio. Si eso se logra durante un tiempo, el éxito aparecerá pronto». 

Ulrike Gebhardt

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