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24 de Septiembre de 2019
Cambio climático

El Gobierno alemán y el dióxido de carbono: la montaña que parió un ratón

El Gobierno alemán ha tardado en presentar su paquete de medidas contra el cambio climático. El resultado es decepcionante.

La central térmica de carbón de Neurath, en Renania del Norte-Westfalia, Alemania, es la segunda instalación fabril de Europa más emisora de gases de invernadero, tras otra central de carbón, de Polonia. Una idea de la política realmente seguida la da la fecha de entrada en funcionamiento de las dos últimas, y más potentes, unidades de Neurath, las que se ven en la foto, con las que casi duplicó sus emisiones: 2012 [TelepermM].

En Alemania, muy pocos edificios nuevos tienen calefacción de petróleo: según los datos del Gobierno, la mayoría la lleva de gas, y luego vienen las bombas de calor y las redes de calefacción de barrio. Solo el 0,7 por ciento de las nuevas instalaciones son de petróleo. ¿Por qué iba a ser de otra forma? Quien no tenga nublada la mente, y no proceda según razones dudosas, prescindirá de ese modo de calentarse, ya que hay otros más limpios y, además, cabe prever que sus costes aumentarán. Sin embargo, el Gobierno se vanagloria ahora de que, para luchar contra el cambio climático, va a prohibir definitivamente las calefacciones de petróleo a partir de 2025.

O, al menos, esa es una decisión que figura en lugar prominente en el paquete de medidas que aprobó, por fin, el día 20 de septiembre, tras largas discusiones. En total, esas medidas costarán hasta 2023 más de 50.000 millones de euros, con la intención de que contribuyan a que en 2030 las emisiones de gases de invernadero disminuyan en Alemania en un 55 por ciento , con respecto a las de 1990. En vez de 866 millones de toneladas de dióxido de carbono, las empresas y los particulares deberán emitir solo 563 millones. En estos momentos Alemania viola claramente las metas a que se ha comprometido con Europa, por lo que le amenazan sanciones. En cualquier caso, Alemania no va a cumplir el objetivo previsto en el plan climático para 2020.

Con el objeto de acelerar en adelante la reducción de las emisiones de dióxido de carbono, la coalición gubernamental de democristianos y socialistas ha acordado, entre otras cosas, imponer un precio a las emisiones de CO2; por tonelada, será para los años entre 2021 y 2025 de 10, 20, 25, 30 y 35 euros, respectivamente. Después, según la agencia de noticias Reuters, esos certificados se transferirán al sistema europeo de comercio de emisiones. Esta medida encarecerá la gasolina y el diésel en unos tres céntimos por litro. En un paso posterior, el coste adicional será de entre 9 y 15 céntimos por litro. A partir de 2020, el impuesto que pagan quienes viajan en avión aumentará para que los billetes suban de precio y se reduzca el número de vuelos. Al mismo tiempo, el IVA de los billetes de tren bajará (habrá que ver cuánto bajarán por ello los billetes mismos). Para compensar el aumento del precio de la electricidad, los consumidores finales se beneficiarán de una reducción del recargo que les impone la ley de energías renovables, cuyo propósito era fomentar una electricidad más ecológica.

En conjunto, el paquete de medidas está hecho de retales: una medida por aquí, una compensación por allá que contrarrestará en parte a la medida. Por ejemplo, una de esas compensaciones es la que beneficia a quienes se trasladan cada día a un trabajo lejano: la desgravación que se aplica en Alemania por tener que desplazarse para trabajar va a pasar de 30 a 35 céntímos por kilómetro cuando el desplazamiento sea grande. Es cierto que, por desgracia, quien vive lejos de las aglomeraciones urbanas se ve obligado a menudo a usar el coche. Pero quienes lo usan en las grandes ciudades pueden solicitar sin restricciones la desgravación normal, la de 30 céntimos. Como poco, se debería introducir alguna diferenciación más. O si se quiere una idea más radical: ¿por qué no se les conceden a los automovilistas, dentro de las aglomeraciones urbanas, unas desgravaciones menores que a los usuarios del transporte público, o por qué no se suprimen por completo?

El precio del CO2 sigue siendo muy inferior al exigido por los científicos: no tiene que ser, ni puede serlo, como el que pide el movimiento Viernes por el Futuro, 180 euros por tonelada, pero al principio debería al menos ser tan alto como el del sistema europeo de comercio de emisiones, que en estos momentos es de 25 euros por tonelada. En Gran Bretaña, por ello, se han retirado de la red eléctrica centrales térmicas de carbón porque ya no eran rentables, y se las ha sustituido con centrales de gas, algo menos perjudiciales para el clima, y con energías renovables. Tampoco está mal la rebaja del IVA para los billetes de tren siempre y cuando la compañía no lo aproveche para mejorar su cuenta de resultados. Pero que deba pasar esa rebaja a los usuarios no figura en el anuncio del Gobierno alemán.

En cualquier caso, hay cosas buenas en el paquete de medidas: el impuesto de circulación, por ejemplo, tendrá más en cuenta las emisiones de CO2. Cabe esperar que los SUV, los todocamino, ávidos de combustible, pronto cuesten más, sea con motor de gasolina o con motor diésel. Y también se van a desandar caminos errados, al menos sobre el papel: «No se apoyará adicionalmente a los biocombustibles de primera generación basados en plantas alimenticias y forrajeras», lo que entre otras cosas quiere decir que eran y son, en Alemania y en el mundo, contraproducentes. En el futuro habrán de basarse más en desechos y restos.

En general, el paquete, con sus muchas pequeñas medidas cuya eficacia está por ver, no es un gran resultado. Hay pocas cifras concretas y muchas declaraciones de intenciones. Y se garantiza que la generación de electricidad con lignito, que es con mucho la mayor fuente de emisiones de CO2 en Alemania, seguirá hasta 2038. Las últimas centrales de carbón tienen todavía por delante, pues, casi veinte años, mientras que muchas de gas quedan en punto muerto o su construcción se suspende por falta de perspectivas de rentabilidad. [En España se supone que se cerrarán en 2020 la mayoría de las centrales de carbón y que quizá no funcione ninguna en 2030; en 2018 cubrieron el 13,5 por ciento de la demanda eléctrica peninsular, por un 20 por ciento de cobertura nuclear y un 19 de eólica, aunque, con varias centrales detenidas, en mayo y junio de 2019 el carbón solo aportó el 2 por ciento; en cambio, aumentó mucho la producción eléctrica del ciclo combinado, que, aunque no tanto como el carbón, también es emisor y cuya potencia instalada estaba desaprovechada.] Sencillamente, la generación de electricidad con lignito es demasiado barata, así que se la prefiere para las redes eléctricas. Los primeros precios del CO2 no van a cambiar esto. 

Daniel Lingenhöhl

Fuente: «Eckpunkte für das Klimaschutzprogramm 2030», comunicado del Gobierno alemán.

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