14 de Septiembre de 2022
SALUD

El organismo ya sabe cuánta agua necesita, sin consejos arbitrarios

Una región del cerebro controla la sed a través de las señales que le llegan de la boca, el tubo digestivo y la sangre.

¿Cuánta agua tiene que beber el adulto medio? La pregunta va en serio y la respuesta típica es la siguiente: ocho vasos de 250 mililitros, o sea, dos litros al día. Pero este consejo sempiterno no tiene una base científica sólida; una revisión del año 2002 determinó que no había suficientes estudios para avalarlo. Si se quiere responder con verdadero rigor a la pregunta, habrá que empezar siempre por un «depende»: depende del clima del lugar donde viva; depende del ejercicio físico que haga; depende de su estado de salud; depende de su talla; depende de la ingesta de sales; depende del consumo de fruta y verdura.

Es cierto que necesitamos agua a diario, pero nos la proporcionan fuentes muy variadas: té o café, refrescos (que a menudo contienen azúcar que no precisamos) y alimentos. «El 20 por ciento de los líquidos solemos ingerirlos en alimentos sólidos, mientras que el 80 por ciento proviene de lo que bebemos», comenta Brenda Davy, profesora de nutrición humana en el Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia. Para mantener un equilibrio adecuado de agua, sales y minerales, las autoridades sanitarias recomiendan a los adultos beber un litro de líquido por cada mil kilocalorías que consuman. La recomendación corresponde a unos dos litros para alguien que consuma dos mil calorías al día, así que quizá venga de ahí la noción popular. Pero la mayoría de nosotros nos mantenemos hidratados con lo que bebemos y también con lo que comemos: según un estudio de 2013 en el que participaron casi 16.000 estadounidenses adultos, únicamente un tercio de nuestra hidratación proviene de la ingesta de agua sola.

Los mecanismos naturales de la sed son el motivo por el que no tenemos que preocuparnos en exceso por la hidratación. El cuerpo de un adulto se compone en un 60 por ciento de agua —hasta un 80 por ciento en los pulmones y los riñones— y controla muy bien el contenido hídrico. Todos conocemos el aspecto sensorial de este mecanismo: la garganta seca y el deseo imperioso de beber. Pero los neurocientíficos han hecho nuevos descubrimientos sobre cómo se regula la sed en el cuerpo y el cerebro.

Desde los años 50 se sabe que la sed la controla una estructura encefálica del tamaño de un guisante situada en el hipotálamo. El fisiólogo sueco Bengt Andersson demostró, mediante experimentos en los que infundió sal en el cerebro de unas cabras, que una región denominada «órgano subfornical» vigila la concentración hidrosalina en la sangre y activa el deseo de beber; en el ser humano, el órgano subfornical tiene la misma función. Sin embargo, las ideas de Andersson no aclaraban del todo cómo experimentamos la sed. Por ejemplo, cuando damos un sorbo, sentimos un alivio casi instantáneo, pero en realidad hacen falta entre 10 y 15 minutos para que el líquido llegue al torrente sanguíneo, después de pasar por la boca y el tubo digestivo. «Hay algo en el cerebro que nos informa de que, aunque la composición de la sangre todavía no haya variado, hemos bebido suficiente agua, así que podemos dejar de sentir sed», sostiene el neurocientífico Christopher Zimmerman, de la Universidad de Princeton.

En una serie de elegantes experimentos con ratones, Zimmerman midió la actividad de las neuronas del órgano subfornical. «Vimos que esta cambiaba muy rápido cuando el ratón bebía agua, con o sin sal, o cuando comía», explica. Esas investigaciones demostraron que en el órgano subfornical convergen señales emitidas desde diferentes puntos. «Se recibe una señal desde la sangre, que es indicadora del estado de hidratación; una señal desde la boca, que informa de cuánto líquido ha entrado; y una señal desde el aparato digestivo que indica qué se ha ingerido: ¿era agua o era otra cosa?». Las neuronas del órgano subfornical, prosigue, «computan todas esas señales» y activan o desactivan las ganas de beber.

Del trabajo de Zimmerman se desprende que, por lo general, podemos confiar en el mecanismo de la sed para saber cuándo necesitamos beber, en lugar de cumplir unos consejos arbitrarios. Pero hay excepciones. Puesto que la sensibilidad del sistema va menguando con la edad, algunas personas mayores tienen que ponerse recordatorios; en el estudio de 2013 se observó que, por término medio, los mayores de 70 años no están bien hidratados. También necesitan más agua las personas que tienen ciertos problemas de salud, como cálculos renales y diarreas. Por otro lado, los estudios realizados por Davy y otros investigadores indican que las personas de edad mediana y avanzada que intentan adelgazar o mantener el peso consumen menos calorías si antes de comer se llenan con dos vasos de agua.

Otras partes del cerebro (las relacionadas con la planificación) contribuirían a la hidratación cuando hace calor o cuando la persona se ejercita. Aunque no tenga sed, Zimmerman siempre bebe agua antes de salir a correr: «Lo que no saben mis neuronas de la sed es que me dispongo a hacer 15 kilómetros».

Claudia Wallis

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