Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

27 de Noviembre de 2019
Política científica

¿Es mejor decidir al azar a quién se subvenciona?

Cada vez hay más organismos que deciden aleatoriamente cómo asignan sus ayudas a la investigación científica entre las propuestas que cumplan unas condiciones mínimas.

[iStock/ kasezo]

Es famosa la frase de Albert Einstein: «Dios no juega a los dados». Pero el Consejo de Investigaciones de la Salud de Nueva Zelanda, sí. Es uno de los cada vez más numerosos organismos encargados de repartir subvenciones que lo hacen escogiendo al azar, en parte, las solicitudes que las recibirán. Este mismo año, por ejemplo, David Ackerley, biólogo de la Universidad Victoria de Wellington, recibió 150.000 dólares neozelandeses (unos 90.000 euros) para que desarrolle nuevas formas de eliminar células gracias a que su número resultó agraciado en el sorteo anual que realiza esa institución.

«No creemos que el proceso tradicional sea apropiado», dice Lucy Pomeroy, directora de inversiones para la investigación de esa institución, que viene celebrando el sorteo desde 2015. El Consejo iba a presentar un nuevo tipo de ayuda, dice, con la intención de costear investigaciones innovadoras, así que quiso intentar algo nuevo para alentar ideas originales.

Tradicionalistas, estad alerta: las fuerzas de la aleatoriedad en la investigación están, si no del todo en marcha, sí planeando su próxima maniobra. En una reunión celebrada en la Universidad de Zúrich el 19 de noviembre, los partidarios del azar sostuvieron que la ciega suerte debería desempeñar un papel mayor en el sistema científico. Y no se referían solo a las solicitudes de ayudas económicas a la investigación. Dicen que los sorteos podrían intervenir en la selección de los artículos que se publican e incluso en la de quiénes ocuparán plazas universitarias.  

Suerte con la bola

«La suerte hará que haya una mayor apertura a ideas que no estén entre las ya establecidas», dice Margit Osterloh, economista de la Universidad de Zúrich, que estudia gobernanza de la investigación y organizó el encuentro, cuyo objeto era promover la idea entre los universitarios. Dice que los métodos de selección existentes son ineficaces. Los científicos han de redactar largas solicitudes, muchas de las cuales nunca serán subvencionadas, y los comités evaluadores se pasan la mayor parte del tiempo determinando cómo hay que ordenar las ideas que caen por la mitad de la clasificación. No es difícil clasificar las solicitudes de alta y baja calidad, dice. «Pero la mayor parte de las solicitudes juegan en el centro del campo, que es muy grande». Y lo más importante, afirma, es que las evaluaciones ordinarias no funcionan tan bien como suponen los responsables políticos, los editores y los directivos de las universidades. «Los revisores y todo tipo de organismos evaluadores carecen de buenos criterios de trabajo».

La Fundación Nacional de la Ciencia de Suiza es el último proveedor de fondos que ha experimentado con la selección aleatoria. Este año, les pidió a los comités evaluadores que sorteasen qué científicos, aún en los comienzos de su carrera, iban a recibir becas posdoctorales. Está ahora examinando cómo salió esto; el presidente de la Fundación, Matthias Enger, habló de ello en el encuentro de Zúrich. Entre los programas que se basan en sorteos para conceder ciertos tipos de ayuda está otro fondo gubernamental de Nueva Zelanda, el Reto Científico Nacional de Innovación tecnológica (SfTI), que introdujo la selección aleatoria en 2015. El mayor proveedor de fondos privado de Alemania, la Fundación Volkswagen, en Hannover, recurre desde 2017 a los sorteos para asignar algunas de sus becas de investigación Experiment!

«Tenemos un sombrero de verdad»

El método no es totalmente aleatorio. Por lo común, el organismo subvencionador criba las solicitudes para garantizar que cumplen unos estándares mínimos; a los proyectos que pasan ese filtro se les asignan números entre los que escoge al azar un ordenador hasta que se concede todo el dinero.

«Quita mucha de la angustia que se pasa», dice Don Cleland, ingeniero de procesos de la Universidad Massey, en Palmerston North, Nueva Zelanda, y miembro del equipo que supervisa el fondo SfTI. Dado el dinero para costear veinte proyectos, un comité evaluador no tiene que romperse la cabeza con qué solicitud coloca en el puesto vigésimo y cuál en el vigésimo primero. Basta con que se pongan de acuerdo en que ambas son suficientemente buenas para costearlas y meterlas entonces en el bombo, o en el sombrero. «Y tenemos un sombrero de verdad», dice Cleland.

El fondo les dice a los solicitantes hasta dónde han llegado en el proceso; la retroalimentación ha sido positiva por ahora, afirma. «Los que llegan al sorteo y pierden no se sienten decepcionados. Saben que eran lo suficientemente buenos para que se les subvencionase y se lo toman como a la suerte en la lotería».

La idea tiene cierto fundamento teórico. Diversos investigadores han analizado varios métodos de selección e indican que la incorporación de la aletoriedad tiene ventajas sobre el sistema actual: reduce, por ejemplo los sesgos que, tal y como muestran los estudios una y otra vez, afectan a la concesión de ayudas y mejora la diversidad entre los beneficiados.

Se puede afinar el criterio de aceptación en el sorteo de modo, por ejemplo, que se dé más peso a los científicos procedentes de entornos étnicos minoritarios o a los que no cuentan con el respaldo de instituciones pudientes. Quienes pertenecen a estas o vienen de entornos privilegiados suelen tener acceso a recursos que les ayudan a salir bien parados de las varas de medir ordinarias. Y el sistema convencional tiende a favorecerlos, dice Cleland, porque se centra en los historiales de los solicitantes en vez de en la fuerza de sus ideas. «Queremos que quienes tengan las mejores ideas lleguen a lo más alto».

Argumentos competitivos

Cleland sostiene que otros organismos deberían probar el nuevo método. Pero no todo el mundo está de acuerdo. Ackerley, aunque salió beneficiado de un sorteo de ayudas, no lo aprueba. «Me he tirado  mucho tiempo en comités de concesión de ayudas y me gusta creer que hicimos un trabajo razonable», dice. «Me ha ido pasablemente bien con las ayudas competitivas y supongo que la razón egoísta es que con los sorteos podría no irme tan bien».

Como las solicitudes a organismos que usan el sistema del sorteo solo tienen que satisfacer unos criterios básicos, tienden a ser más cortas. «Creo que vale de mucho redactar una propuesta de alta calidad», dice Ackerley.

Osterloh, que hace poco ha suscitado un vivo debate en las páginas de Research Policy tras publicar sus argumentos en esta revista, dice que la selección al azar podría aportar un beneficio más: quienes tienen fortuna en un sorteo no sienten que tengan tanto derecho. «Si sabes que te han concedido una ayuda económica o que te han publicado tras haber sido seleccionado en parte aleatoriamente, sabrás que no eres el rey del universo, lo que te volverá más humilde», dice. «Eso es precisamente lo que necesitamos en la ciencia».

David Adam / Nature News

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

Referencia: «How to avoid borrowed plumes in academia», de Margit Osterloh y Bruno S. Frei, en Research Policy, volumen 49, número 1, febrero de 2020.

Artículos relacionados

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.