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21 de Diciembre de 2016
Psicología

Nuestro estado psicológico modifica el sabor de los alimentos que comemos

El café, el chocolate o el zumo de pomelo nos sabe más agradable o desagradable dependiendo de si nos sentimos estresados o hambrientos o si estamos preocupados por nuestro peso.

Si nos encontramos estresados, el café nos resulta probablemente menos amargo. [iStock / Weedezing]

Alimentos como el café, el chocolate, la cerveza o el zumo de pomelo tienen un sabor más agradable o desagradable dependiendo de si nos sentimos estresados, si tenemos hambre o si estamos preocupados por nuestro peso.

Investigadores de la Universidad de Granada y la Pontificia Universidad Católica de Argentina han demostrado que, frente a la estabilidad que se presupone a las preferencias alimentarias adquiridas, las respuestas afectivas y el valor de recompensa de ciertos alimentos parecen sufrir variaciones en función de nuestro estado psicológico.

No solo cuestión de gusto

Para el estudio, los experimentadores dividieron a 59 adultos sanos en dos grupos: uno formado por sujetos que consumían productos amargos de manera habitual y otro por individuos que no solían comer tales alimentos. A continuación, solicitaron a todos los participantes que saborearan muestras de productos amargos bajo estados motivacionales diferentes, los cuales les habían inducido mediante imágenes (neutras, de comida, relacionadas con factores de estrés o con la obesidad). Durante la prueba, se analizaron las expresiones faciales de los probandos así como su respuesta de aproximación o evitación.

Los productos con sabor amargo originaron menos respuestas aversivas (niveles más altos de hedonismo y menor intensidad de reacciones de desagrado) y menos conductas de rechazo (tiempo de respuesta más lento y menos cantidad de agua para enjuagarse) en los sujetos que consumían productos amargos de forma habitual si antes habían visto imágenes neutras. En cambio, mostraban una menor respuesta aversiva al sabor amargo del café si habían observado imágenes relacionadas con el estrés. Asimismo, bebían más agua tras ingerir chocolate después de presentarles fotografías asociadas con la obesidad. En pocas palabras, su mayor preocupación por el peso corporal incrementaba el rechazo al chocolate.

«Estos hallazgos revelan, por primera vez, no solo la implicación de componentes afectivos y gustativos en la superación del rechazo innato al sabor amargo, sino también cómo nuestros estados psicológicos repercuten en el sabor de la comida que ingerimos», señala David García Burgos, de la Universidad de Granada y uno de los autores. Y añade: «Este trabajo supone un paso más en la comprensión de los mecanismos implicados en la selección de productos amargos». 

Tales resultados pueden contribuir a las estrategias de promoción del consumo de alimentos amargos como verduras y frutas para hacer frente a la epidemia de la obesidad y promocionar dietas saludables, concluyen los autores.

Mäs información en Food Quality and Preference

Fuente: Universidad de Granada

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