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  • 05/09/2018

oceanografía

Un doble bomba de tiempo en las aguas de Alaska

Una capa de agua fría cubre en el mar de Beaufort aguas cada vez más calientes. Cuando caiga esa constelación inestable, las consecuencias se notarán hasta en Europa.

Science Advances

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Un tormenta de nieve en Manhattan en 1969 [NOAA].

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Desde hace años, los especialistas observan con desconfianza el mar de Beaufort, al norte de Alaska. En ese remoto rincón del océano Ártico, henchidas por el cambio climático, se encuentran dos masas de agua que no pueden ser más diferentes: una es fría y ligera, la otra cálida y salada. Podrían cambiar no solo el Ártico, sino incluso el tiempo en Europa.

El giro de Beaufort es una corriente marina rotativa enorme. Gira en el sentido de las agujas del reloj por encima de Alaska. Desde que es observado, exhibe un comportamiento bastante predecible cuyos efectos alcanzan hasta las costas europeas. En circunstancias normales, se acumula allí una lenteja de agua fría y ligera en la superficie, que mantiene hielo marino a lo largo de años en el giro, un hielo, pues, más espeso y estable que el de otras partes: el giro de Beaufort es una reserva de hielo plurianual y más grueso. La cubierta laminar se extiende sobre aguas más cálidas; por ello, el Ártico es, en esas circunstancias normales, más frío y seco, y a la vez el Atlántico Norte es más cálido.

Cada cinco, seis o siete años, sin embargo, el ciclo se invierte y el agua fría y ligera almacenada en el giro de Beaufort marcha hacia el Atlántico Norte, ralentiza el flujo de agua cálida de la corriente del Golfo y enfría Europa. Al mismo tiempo, las aguas profundas cálidas ascienden y el Ártico se vuelve más caliente y húmedo. Pero desde hace casi 15 años el giro de Beaufort se porta de una manera extraña. Gira más deprisa y acumula cada vez más agua pobre en sal. Los hielos que se derriten y los ríos árticos introducen más de 8000 kilómetros cúbicos de agua dulce en la burbuja fría. Contiene, calculó hace unos años el oceanógrafo Andrei Proschutinski, de la Institución Océanica de Woods Hole, unos 23.000 kilómetros cúbicos de agua dulce, tanto como el lago Baikal.

Fría arriba, cálida abajo

Al mismo tiempo, se está acumulando bajo la capa de agua ligera una cantidad inusual de agua caliente, como unas mediciones han comprobado recientemente. Un grupo dirigido por una colega de Proschutinski, Mary-Louise Timmermans, explica en Science Advances que el contenido cálido de las aguas profundas se ha duplicado en las últimas décadas. La medición se tomó en el vecino mar de Chukotka, una zona de océano al norte del estrecho de Bering, entre Alaska y Siberia. Este mar está, como consecuencia de un clima cada vez más cálido en verano, libre de hielo en períodos cada vez más largos, y al ser poco hondo el sol lo calienta especialmente (hasta cinco veces más que hace treinta años). El agua caliente y salada se hunde bajo la capa de agua dulce del mar de Beaufort e introduce en aguas profundas mucha energía térmica. Según la investigadora, el calor adicional bastaría, si lograse alcanzar la superficie, para que la zona oceánica entera permaneciera la mayor parte del año sin hielo, y cabe suponer que ello tendría consecuencias duraderas para todo el Ártico.

El agua fría tiene también, piensa Proschutinski, un potencial muy perturbador, y no solo en el Ártico, sino a miles de kilómetros de distancia, en el Atlántico Norte. Hacia él ha fluido en el pasado el agua fría y ligera del mar de Beaufort cuando la corriente se ha invertido, y cabe pensar que volverá a ocurrir en el futuro. Las cantidades de agua dulce que en estos momentos están almacenadas en el giro de Beaufort son, cabe presumir, mucho mayores que en cualquier momento del siglo XX.

¿Fríos inviernos en Europa?

Un hecho así, sostiene el científico, tendría también consecuencias de marca mayor para nuestro clima. Si se descargase  la lenteja de agua dulce y fría en el Atlántico Norte, Europa quedaría privada durante unos años del calor tropical del sistema de la corriente del Golfo. La consecuencia sería un período de inviernos muy fríos. Ya ha ocurrido, en los años setenta: el contenido salino de Atlántico Norte disminuyó bruscamente por entonces. Casi la mitad de los inviernos más fríos habidos entre 1950 y 2010 se produjeron durante esa anomalía. La enorme cantidad de agua dulce que se ha acumulado en el mar de Beaufort en los últimos quince años crea, por lo tanto, una «bomba de tiempo» para el clima de Europa, decía Proschutinski en un congreso en 2014.

Y lo mismo dice Mary-Louise Timmermans de esa masa recalentada de agua que se encuentra debajo de la lenteja de agua dulce, solo que aquí es el Ártico el que está en el punto de mira. Ambos especialistas están seguros: las dos bombas acuáticas estallarán antes o después. El calor de las aguas profundas no desaparece; forzosamente alcanzará la superficie en un momento u otro, escriben la investigadora y su equipo. Y Proschutinski no duda de que la corriente del mar de Beaufort, hasta ahora estable, se invertirá de nuevo y un aluvión de agua dulce irrumpirá en el Atlántica Norte.

No está claro en absoluto qué ocurriría en el Ártico y en los países que lindan con el Atlántico Norte si las dos burbujas, tan diferentes y crecidas, descargasen por fin el potencial que guardan. Las consecuencias no se parecerían, sin duda, a las de la película de catástrofes El día de mañanadice Alek Petty, científico de la NASA, en Yale Environment 360, «pero lo cierto es que no sabemos qué pasaría».

Lars Fischer / spektrum.de

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Spektrum der Wissenschaft.

Referencia: «Warming of the interior Arctic Ocean linked to sea ice losses at the basin margins», de Mary-Louise Timmermans et al. en Science Advances, 28 de agosto de 2018: vol. 4, núm. 8, eaat6773.

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