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Cajal y la estructura histológica del sistema nervioso

La mitificación de Santiago Ramón y Cajal ha conducido a una imagen tópica basada en varios supuestos que falsean la realidad de su trayectoria científica.

Detalle de «Esquema de la estructura del cerebelo. Cortes transversal y longitudinal de una lámina cerebelosa». Diseñada por Cajal y pintada por R. Padró, esta lámina mural se encuentra en la Biblioteca y Museo Historicomédicos, en Valencia. Cajal la diseñó con motivo de la serie de conferencias que pronunció en marzo de 1892 en la Academia de Ciencias Médicas, de Barcelona, bajo el título general de «Nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos».

En síntesis

Uno de los mitos erróneos sobre Ramón y Cajal es que fue un científico «surgido por generación espontánea». Mas la tradición micrográfica española contribuyó de manera relevante en su obra.

Durante la fase inicial, Cajal fue un fiel seguidor de las ideas del histólogo y anatomista Aureliano Maestre de San Juan, a quien dedicó en sus memorias un expresivo recuerdo.

También Luis Simarro influyó de manera decisiva en la trayectoria de Cajal. Le enseñó el método de impregnación argéntica de Camillo Golgi. En 1906, Cajal recibió el Nobel junto con Golgi.

Cajal es todo lo contrario de un «clásico» científico olvidado, tanto en España como en la comunidad científica internacional. En nuestra sociedad se ocupan continuamente de él libros, artículos periodísticos y trabajos de revistas especializadas, ha sido el tema de películas y series de televisión, tiene dedicadas calles en casi todas las poblaciones del país, se le han erigido numerosos monumentos y su mención resulta obligada en cuanto se habla de la investigación en España y de otros temas afines.

Su mitificación ha conducido a una imagen tópica del genial neurohistólogo basada en varios supuestos que falsean gravemente la realidad. Uno de ellos es que fue un investigador sin raíces en la historia científica de nuestro país, «surgido por generación espontánea», como llegó a decir Ortega y Gasset. Ello significa, por un lado, desconocer la tradición micrográfica española y, por otro, ignorar el ambiente, encabezado por Maestre de San Juan, en el que Cajal se inició en la observación microscópica. Otro de los supuestos minimiza la llamada Escuela Histológica Española, surgida en torno a la obra del gran investigador aragonés, y olvida los distintos grupos que la integraban, comenzando por no distinguir entre sus discípulos propiamente dichos y los autores influidos por él de forma menos directa.

Por otra parte, la pervivencia de la obra de Cajal en la comunidad científica internacional se debe a una razón muy clara: lo mismo que Darwin, Pasteur, Virchow, Mendel o Claude Bernard, Cajal creó uno de los modelos que hoy sirven de núcleos de cristalización a las ciencias biológicas. Concretamente, formuló el vigente en la actualidad acerca de la estructura del sistema nervioso y los mecanismos básicos de su funcionamiento.

De forma directa, la obra cajaliana constituye uno de los fundamentos de los saberes acerca de la anatomía, la fisiología y las enfermedades nerviosas y, de modo indirecto, una de las contribuciones centrales en las que se apoyan la concepción de los organismos vivos y las ciencias de la conducta. Por ello, no resulta extraño que sea una figura familiar para cualquier cultivador de las neurociencias y conocida, en mayor o menor grado, por los que se dedican a otras áreas de la biología, la medicina o la psicología.

La tradición micrográfica española

Los primeros micrógrafos españoles fueron varios miembros del movimiento novator que, en el último tercio del siglo xvii, introdujo en España la ciencia moderna. Destacó entre ellos el valenciano Crisóstomo Martínez, coetáneo de Malpighi, Leeuwenhoek y Hooke, el importante «microscopista clásico» de las estructuras óseas. A lo largo del siglo xviii, la anatomía textural y la observación microscópica se cultivaron en nuestro país de modo continuado, desde los variados enfoques que expone María Luz Terrada en su monografía sobre el tema. Por el contrario, el profundo colapso que la vida científica española sufrió durante la guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII (1808-1833) redujo la actividad en este campo a la mera recepción libresca de las nuevas corrientes europeas.

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