Las científicas «invisibles» de la escuela de Cajal

Santiago Ramón y Cajal supo rodearse de discípulos cuyos nombres pasaron a la historia de la ciencia y ayudaron a consolidar la teoría neuronal. Rescatamos del olvido a las mujeres que formaron parte de esa escuela cajaliana.

Los testimonios gráficos en los que Santiago Ramón y Cajal aparece junto a mujeres en su laboratorio resultan escasos. En este fotograma de mediados de la década de 1920 y de la única filmación conocida de Cajal se le puede ver (junto al microscopio) con Francisco Tello (primero por la izquierda), Fernando de Castro (tercero por la izquierda) y las hermanas Carmen y Manuela Serra (de espaldas). [Fotograma de la película «Santiago Ramón y Cajal. Las mariposas del alma». Instituto Cajal (CSIC)]

En síntesis

Entre sus colaboradores y discípulos, Santiago Ramón Cajal contó con un grupo de mujeres. Sin embargo, el contexto social de la época y los pocos testimonios gráficos han contribuido a su «invisibilidad».

Cajal, en cambio, no obvió la colaboración de las científicas que trabajaron junto a él. El premio nóbel las mencionó en diferentes ocasiones al nivel de sus colaboradores masculinos.

Las médicas Laura Forster y M.a Soledad Ruiz Capillas, y la «preparadora» Manuela Serra fueron algunas de ellas. En los estudios de la Escuela de Cajal también colaboraron ilustradoras especializadas.

Hace unos años, tres profesoras del Departamento de Biología Celular ubicado en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid decidimos organizar unas jornadas sobre la figura de Ramón y Cajal. Queríamos dar a conocer a nuestros alumnos la vida y obra del único premio nóbel en fisiología y medicina cien por cien español, que, además, había ejercido como profesor en nuestro departamento, heredero directo de aquella cátedra de histología que se impartía en la Facultad de Medicina de la por entonces Universidad Central y que durante treinta años ocupó don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).

Si hubiera que enumerar a media docena de los grandes personajes que marcaron la historia de la ciencia, sin duda alguna habría que incluir la figura de Cajal. Si, además, a esa hipotética lista se añadiese el requisito de haber creado escuela, el número de integrantes se vería notablemente reducido. Pero ese logro es otro de los méritos de Cajal: formó a una generación de colaboradores y discípulos que, tras su muerte, continuaron ampliando el conocimiento del sistema nervioso al resto del mundo animal, tanto los invertebrados como los vertebrados, consolidando así la teoría neuronal y la neurohistología y abriendo el camino a la neurofisiología. Conformaban la llamada Escuela Neurológica Española, conocida también como Escuela de Cajal o Escuela de Madrid.

La organización de las «Jornadas Cajal» nos llevó a contactar con Fernando de Castro Soubriet, científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y nieto del colaborador homónimo de Ramón y Cajal. Juntos buceamos en muchos documentos de la época: cartas del maestro a sus colaboradores y discípulos, artículos científicos y testimonios gráficos. Nos llamó fuertemente la atención un rasgo común en casi todos ellos: la ausencia de mujeres. ¿No las había o no las habíamos encontrado? La respuesta es que sí las hubo.

Hubo mujeres que aportaron su «granito de arena» a esta Escuela, bien trabajando directamente con Cajal en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, bien como colaboradoras de sus discípulos más directos. Sin embargo, nuestra investigación partía de una situación poco prometedora por dos desventajas manifiestas: el contexto social del momento que investigábamos y la escasez de testimonios en los que aparecen mujeres junto a Cajal o a sus colaboradores. La única excepción era Ketty Lewy, la bibliotecaria del Instituto Cajal y eventual traductora al alemán de cartas y artículos científicos.

Marcadas por una educación «femenina»

No fue hasta el 9 de septiembre de 1857 cuando en España se promulgó la Ley de Instrucción Pública. La conocida como «Ley Moyano» obligaba, por primera vez, la escolaridad de las niñas españolas. Pero el artículo 5 dejaba claro el enfoque que debía darse a esa educación: a saber, las asignaturas de geometría o física debían sustituirse por otras más «propias del sexo femenino», comoelementos de dibujo aplicado a las mismas labores oligeras nociones de higiene doméstica.

En la universidad, la presencia de la mujer era meramente anecdótica. Además, muchas dejaban sus estudios cuando se casaban. Aunque en 1872 se matriculó, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, la primera universitaria española (María Elena Maseras Ribera), hasta 1910 no se normalizó la situación, con las mismas condiciones para ellos y ellas. Así, entre 1911 y 1915, el porcentaje de alumnas pasó de un 0,3 a un 2 por ciento, cifra que en 1920 alcanzó un 3,9 por ciento. Sin embargo, para aquellas pioneras, el camino no fue fácil.

En este contexto, comienzos del siglo xx, debemos situar nuestra búsqueda de mujeres que decidieron incorporarse al mundo de la investigación y, más en concreto, acercarse a Cajal para formar parte de su Escuela.

¿Quiénes eran ellas?

Los primeros documentos que llamaron nuestra atención fueron unas fotografías de Cajal en las que aparecían mujeres. La bibliotecaria (Lewy) resultaba fácil de reconocer, pero ¿quiénes eran las otras retratadas? ¿Formaban parte de la Escuela de Cajal? Consultamos la tercera edición de Recuerdos de mi vida, autobiografía que escribió Cajal en 1923. Un año antes, en 1922, cuando ya era un científico mundialmente reconocido y se había jubilado oficialmente (nunca dejó el laboratorio), recibió la prestigiosa medalla Echegaray que otorgaba la Real Academia Española de Físicas Exactas y Ciencias Naturales. Para el acontecimiento, el galardonado redactó una lista con los nombres de los investigadores que habían trabajado en su laboratorio y que formaban parte de su Escuela. Incluyó en ella a sus grandes colaboradores: en primer lugar, a su hermano Pedro Ramón y Cajal, seguido de Jorge Francisco Tello, su sucesor en la cátedra de histología, y de Fernando de Castro, uno de sus más jóvenes colaboradores y de los pocos que permanecieron en España tras finalizar la Guerra Civil.

Al revisar la lista, hallamos el nombre y apellido de dos mujeres: Laura Forster y Manuela Serra. Cajal las citaba al mismo nivel que a sus más destacados discípulos. Pero, inexplicablemente, estas han pasado desapercibidas a lo largo de los años, incluso en los estudios que analizan la presencia femenina en la ciencia de España. Ello nos pareció lamentable y grave, lo cual nos motivó aún más para continuar con nuestra pesquisa.

En sus memorias, Cajal menciona asimismo los hallazgos de las dos científicas en el apéndice «Trabajos de mis discípulos inspirados o dirigidos por mí o que amplían, completan o perfeccionan mis investigaciones». Ambos estudios flanquean (el de Forster antes y el de Serra, después) nada menos que las contribuciones de Rafael Lorente de Nó, candidato al premio Nobel entre 1948 y 1953. Con esta obra, Cajal buscaba guiar a los jóvenes en los intrincados caminos de la ciencia a través del ejemplo de su vida, sus consejos y experiencia. Un mes antes de morir, dejó escrito en su testamento que ese texto, junto con su libro Reglas y consejos sobre investigación científica, debía repartirse cada año entre los estudiantes más sobresalientes. Aunque la tradición se siguió cumpliendo en el Departamento de Biología Celular de nuestra universidad hasta hace pocos años, ha terminado pereciendo. Una buena costumbre que sería interesante retomar.

Otro documento clave que reafirmaba nuestra investigación fue un artículo publicado el 21 de julio de 1929 en el periódico ABC con un sugerente título: «El Instituto Cajal. El glorioso sabio y sus colaboradores». F. Pérez, médico, periodista y exalumno de Cajal entrevista a su antiguo maestro, quien muy amablemente le acompaña a recorrer los laboratorios. En su conversación, Forster y Serra volvieron a ser nombradas como miembros del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, del que era director Cajal. En ese mismo artículo periodístico detectamos otra mujer: la doctora María Soledad Ruiz Capillas, quien aparecía fotografiada en el laboratorio junto al doctor Lafora y a su ayudante, Sanz Ibáñez (director del Instituto Cajal tras la guerra) después de practicar una trepanación a un conejo, Ruiz Capillas colaboró con Lafora en sus estudios sobre los centros cerebrales del sueño patológico.

Estas tres mujeres, Forster y Ruiz Capillas (ambas médicas) y Serra («preparadora», término de la época que equivale al actual «técnico de laboratorio») coincidieron con Cajal y colaboraron en la producción científica de su laboratorio. Asimismo, descubrimos un grupo de mujeres que, con sus detallados y elaborados dibujos, ilustraban los trabajos de algunos miembros de la Escuela de Cajal; sobre todo, los de Francisco Tello. Aunque no se las puede considerar científicas, decidimos incluirlas en este breve recordatorio para evitar que, cual figuras invisibles, caigan en el olvido. Repasemos a continuación la historia de todas estas mujeres.

Laura Forster

Por orden cronológico, la primera mujer de la que tenemos constancia que trabajó en el laboratorio de Cajal fue la doctora Forster. Nació en 1858 en Australia bajo el nombre de Laura Elisabeth Forster y fue la quinta de los seis hijos del matrimonio entre una aristócrata, Eliza Wall, y un político, William Forster. Muy pronto quedó huérfana de madre. Tras la también prematura muerte de su padre, se trasladó con la madrastra a Inglaterra. De joven comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Berna, ocupación que combinaba con la investigación de las fibras del huso muscular en el Instituto de Patología de la misma ciudad suiza. Basó su tesis doctoral en ese tema. Años más tarde, el trabajo de Laura Forster apareció publicado en la revista alemana Virchow’s Archiv.

De nuevo en Inglaterra, obtuvo el certificado que le permitía ejercer como médico de familia en el Reino Unido. Trató a pacientes primero en Glasgow, luego en Edimburgo y finalmente en Oxford, donde ya pudo trabajar oficialmente como médico titular en el dispensario Cutler Boulter. Allí continuó interesándose por la investigación. Esta vez se centró en la etiología de las enfermedades ováricas y sus efectos en las mujeres con problemas mentales. Además, comenzó a colaborar con el Laboratorio de Fisiología de la Universidad de Oxford, donde en 1907 publicó otro artículo sobre la histología de los ganglios linfáticos de un paciente afectado por tuberculosis. El director del laboratorio, el doctor Mann, recomendó a Forster que realizara una estancia para aprender técnicas neurohistológicas en el laboratorio más puntero a escala mundial del momento, el de Cajal. En 1911, Forster llegó al Laboratorio de Investigaciones Biológicas. El propio Cajal le sugirió que se embarcara en el estudio de un tema diferente a los que había explorado hasta entonces: la degeneración de las fibras nerviosas en las aves después de una lesión traumática de la médula espinal.

La investigación de la médica era la primera que aplicaba las técnicas neurofibrilares de Cajal en aves. Con ellas demostró que los procesos degenerativos (fibras nerviosas retraídas con terminaciones varicosas «en bola») y los regenerativos (brotes nerviosos finos que penetran en la cicatriz y en la zona necrótica) acontecían de forma claramente más rápida en las aves que en los mamíferos. Este trabajo se acompañaba de seis refinados dibujos al estilo de Cajal o Nicolás Achúcarro, investigador especializado en neuropatología y enfermedades mentales. Por otro lado, su contenido estaba escrito íntegramente en español, cosa que sorprende si tenemos en cuenta que Forster, además de hablar perfectamente inglés, se expresaba también en alemán y francés. Al final de su vida, como veremos más adelante, incluso en ruso. En repetidas ocasiones, Cajal aludió al estudio que la científica llevó a cabo en su laboratorio.

No obstante, en 1912 la carrera de Forster experimentó un giro drástico. Tras la declaración de la Primera Guerra de los Balcanes, se alistó en el Ejército Británico como enfermera, ya que a las mujeres no se les permitía entrar en el servicio militar de ese país en calidad de médicos. La «enfermera Forster» fue destinada a Épiro, en Grecia. A partir de ese momento, su vida estuvo irremediablemente vinculada a los acontecimientos bélicos. Al comienzo de la I Guerra Mundial se unió a la Cruz Roja Británica, que la destinó al hospital de campaña británico en Amberes, donde se convirtió en la primera médica australiana que servía en un frente de guerra. Posteriormente, la enviaron a Rusia, donde pudo ejercer de cirujana en el hospital más grande de Petrogrado (actual San Petersburgo). Después del otoño de 1915, Forster permaneció allí durante varios meses, trabajando «muy felizmente con los médicos rusos, sin necesidad de un intérprete». Se unió de forma permanente a la Cruz Roja Rusa, que la trasladó al Cáucaso y a Erzurum, ciudad turca en la que dirigió un hospital de campaña con más de 150 camas y donde se enfrentó en el verano de 1916 a una grave epidemia de tifus.

Su destino final fue un hospital en Zalishchyky, en la Galitzia ucraniana, a tan solo 30 millas del frente ruso sur. Era uno de los cinco hospitales en la región operados por la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, agrupación de organizaciones sufragistas del Reino Unido que buscaba el voto para la mujer. Miles de soldados y, sobre todo, refugiados civiles fueron tratados en dicho hospital de la fiebre tifoidea, escarlatina, disentería y diferentes tipos de heridas de guerra y lesiones traumáticas. El trabajo agotador repercutió gravemente en la salud de Forster, quien murió el 11 de febrero de 1917. La prensa australiana informó sobre su fallecimiento. La describía como una mujer justa, de un coraje indomable y que amaba la aventura, una pasión que la llevó a numerosos rincones del mundo. Sus restos mortales reposan, enterrados según el rito cristiano ortodoxo ruso, en Zalishchyky.

La médica Laura Forster (en la imagen, a la edad de 20 años) llevó a cabo, por indicación del propio Cajal, la primera investigación en la que se utilizaban en aves las técnicas neurofibrilares cajalianas. Publicó ese trabajo en 1911. En la primera página, dedicó unas palabras de agradecimiento al premio nóbel: «Por indicación del profesor Cajal, en cuyo laboratorio tuve el honor de trabajar durante algunos meses...». La ilustración de su estudio muestra el extremo proximal de una médula espinal seccionada de una paloma, en la que se indica, entre otras características, la lesión (A) los axones engrosados después de ser seccionados (B, D, I y J) y los axones individuales (F y H). [Dominio público (<em>Laura Forster</em>); Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, vol. 9, 1910 (<em>ilustración</em>)]

Manuela Serra

Conocida por todos como Manolita (tanto en el ámbito familiar como en el laboratorio, incluso por parte de Cajal), Manuela Serra nació en 1900 en Madrid. A los 17 años, una vez finalizado el bachillerato, comenzó a trabajar en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas. La familia Serra residía en el número 26 de la calle del Prado, situada en el centro de Madrid, en el Barrio de las Letras, a pocos metros de una de las residencias en las que vivió Cajal, coincidencia que creemos pudo motivar el inicio de la relación.

El padre de Manuela, José Serra, abogado y secretario letrado de la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia, murió de forma prematura de cáncer de estómago, dejando a doña Guadalupe viuda y con seis hijos, el menor de los cuales contaba con solo 4 años. Estas circunstancias forzaron a Manuela a ponerse a trabajar. Cada mañana paseaba hasta el laboratorio de Investigaciones Biológicas, ubicado en el número 12 del Paseo de Atocha (actual Paseo de la infanta Isabel y donde luce la placa conmemorativa del laboratorio) para ejercer de preparadora. Se encargaba de las preparaciones histológicas y otras tareas del laboratorio. Fruto de su actividad con Cajal, publicó, como autora única, un artículo que describía las fibrillas intracelulares de células ependimales y astrocitos en la médula espinal de la rana. En este estudio utilizó el «nuevo método de Cajal para colorear la neuroglia» e ilustraba sus resultados en refinados dibujos a la manera cajaliana. «La infatigable laboriosidad de Manuela, ansiosa por aprender, inteligencia viva y lúcida», según señalaba Cajal en su libro Recuerdos de mi vida, provocó que el maestro se sintiera conmovido y ofreció a doña Guadalupe la posibilidad de costear los estudios de medicina de su hija. Finalmente, la madre declinó la oferta. Según el testimonio unánime de sus familiares, Manolita no hacía nada sin el beneplácito materno.

La aportación científica del artículo de Serra radica en, al menos, dos aspectos relevantes. Por un lado, era la primera vez que se describían fibrillas intracelulares en células de la glía de la médula espinal de ranas. La autora dividía estas células del citoesqueleto en dos tipos que compartían espacio con las neuronas del sistema nervioso: las células ependimales y los astrocitos. Uno de los dibujos que acompaña el texto muestra células de la neuroglia de una rana adulta en metafase (una de las fases de la división mitótica). Por otro lado, es muy raro ver esta etapa en astrocitos adultos. El hallazgo anticipaba que estas células pueden dividirse incluso cuando han alcanzado la maduración (etapa en la que ya tienen gliofibrillas), pues no ha sido hasta principios del sigloxxi cuando se ha comprobado y admitido tal fenómeno.

El caso de Serra es el único de la Escuela de Cajal en el que un técnico de laboratorio firma un trabajo científico. Esa exclusividad corrobora que Serra no era una técnica al uso. De hecho, aunque no era licenciada en medicina ni investigadora como tal, aparece en las memorias anuales de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE) como miembro del Laboratorio de Investigaciones Biológicas desde 1921 hasta 1925. La relevancia de su trabajo viene contrastada por dos datos más: primero, la junta directiva de la JAE aprobó concederle una retribución mensual especial (225 pesetas de la época) para recompensar su contribución científica (solo durante 1922); segundo, en la Memoria de la JAE correspondiente al bienio 1921/1922, Serra aparece junto a Cajal, su hijo Jorge Ramón Fañanás, Tello, de Castro, Domingo Sánchez, Lafora, Lorente de Nó y otros.

En 1927, Manolita se casó. Como era costumbre por esa época, dejó de trabajar en el laboratorio para dedicarse por completo a su vida familiar y a sus dos hijos. Murió en Madrid en 1988.

Manuela Serra colaboró como «preparadora» en el Instituto Cajal. Su trabajo le llevó a publicar, en 1921, un artículo en el que describía las fibrillas intracelulares de células ependimales y astrocitos en la médula espinal de la rana, hallazgo que ilustró ella misma. Aquí se muestran cuatro de los dibujos que aparecen en la publicación de Serra y que exponen diferentes relaciones entre las células neurogliales y los vasos sanguíneos en la médula espinal (denominados pies terminales). [Familia Serra (<em>Manuela Serra</em>); Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, vol. 19, 1921 (<em>ilustraciones</em>)]

María Soledad Ruiz Capillas

Fue la primera mujer española con título universitario que trabajó en el círculo de Ramón y Cajal. Hija de Rogelio Ruiz Capillas, comandante del Cuerpo de Ingenieros del Ejército español, María Soledad Ruiz Capillas nació en Toledo en 1902. Cursó los estudios de secundaria en el Instituto Provincial de su ciudad natal, y se trasladó a Madrid para terminarlos en el Instituto Cardenal Cisneros. Su expediente académico destacaba, además de por sus altas calificaciones, por el ingreso a la Facultad de Medicina de la Universidad Central con solo 16 años. La gran preparación de María Soledad le permitió obtener el número 1 entre 73 aspirantes al puesto de alumno interno del Hospital de la Beneficencia Provincial de Madrid. Los alumnos internos estaban encargados de supervisar la prescripción de los tratamientos a los pacientes ingresados. Una vez finalizada la carrera, se convirtió en la primera mujer médico que dirigía un balneario; pero antes tuvo que ganar un concurso de méritos en Fuensanta de Gayangos (Burgos), Arechavaleta (Guipúzcoa) y en Grávalos (La Rioja).

Entre 1928 y 1930 formó parte del Laboratorio de Fisiología Experimental bajo el patrocinio de la JAE y junto con el doctor Sanz Ibáñez. En los inicios, se dedicó al estudio de los centros térmicos diencefálicos del gato para, a continuación, investigar los problemas del sueño. Lafora, director del laboratorio, eligió los resultados de esos trabajos sobre la fisiología y fisiopatología como tema para su conferencia de presentación ante la Academia Nacional de Medicina en 1933, en la que aspiraba acceder como académico. La doctora Ruiz Capillas, sin embargo, nunca firmó un estudio científico. El devenir de ciertos acontecimientos influyeron en ese destino.

En 1932, las instalaciones del Laboratorio se trasladaron al nuevo edificio del Instituto Cajal, situado en el Cerro de San Blas, dentro del parque del Retiro y junto al Observatorio Astronómico. El cambio a ese edificio de tamaño desmedido y aún sin terminar trajo consigo muchos problemas de adaptación: la corriente eléctrica (alterna) no permitía utilizar casi ninguno de los aparatos científicos empleados en el anterior laboratorio, que disponía de corriente continua. Así, los trépanos eléctricos, los dispositivos de microfotografía, las lámparas de exploración, etcétera, quedaban inservibles en espera de que se instalase el grupo convertidor que se había encargado. Todo ello ralentizó las investigaciones sobre el diencéfalo y el mesencéfalo en las que participaba Ruiz Capillas. Estos contratiempos y la necesidad de ganarse la vida la llevaron a cursar y terminar los estudios de odontología, a dejar el grupo de investigación al que pertenecía y a mudarse a Gerona, ciudad en la que abrió una consulta. Ello la convirtió en la primera mujer que ejercía la medicina en toda la provincia gerundense, incluso anterior a la doctora Francesca Casaponsa Suñol, a quien, erróneamente, se le atribuye tal reconocimiento.

Después de la Guerra Civil española, Ruiz Capillas se trasladó a Palma de Mallorca, donde también trabajó como dentista, donde per su estela. Sabemos que falleció en 1990 en Alicante.

María Soledad Ruiz Capillas fue la primera mujer española con título universitario que trabajó en el Instituto Cajal. Colaboró con el grupo dirigido por el doctor Gonzalo R. Lafora (<em>centro</em>). En la imagen, publicada en 1929 en el periódico ABC, Ruiz Capillas aparece junto con Lafora y el doctor Julián Sanz-­Ibáñez después de que ­realizaran una trepanación a un conejo. [Dr. Fernán Perez. El Instituto Cajal. El glorioso sabio y sus colaboradores. ABC, 21 de junio de 1929]

Las neuroilustradoras de la escuela de Cajal

Además de Forster, Serra y Ruiz Capillas, que trabajaron de forma directa en el laboratorio de Cajal, este texto no estaría completo si no mencionáramos el papel de un grupo de mujeres ilustradoras que colaboraron en el éxito de la Escuela Neurológica Española. Si bien es cierto que la microfotografía comenzó a usarse en el laboratorio de Cajal a principios de la década de 1920, esta no podía competir con la calidad y cantidad de información que contenían los dibujos histológicos elaborados a mano a partir de la observación al microscopio. Con todo, la fotografía científica evolucionaría rápido y se haría cada vez más común tras la II Guerra Mundial, por lo que los laboratorios irían abandonando de manera progresiva el laborioso dibujo manual, hasta desaparecer definitivamente de la literatura científica.

Pero en la época que nos atañe, Cajal y algunos de sus colaboradores, entre ellos su hermano Pedro, Domingo Sánchez, Achúcarro, Del Río Hortega, De Castro y Lorente de Nó fueron verdaderos maestros de ese arte. Incluso las ilustraciones de sus investigaciones han quedado recogidas en magníficos libros que destacan el aspecto artístico de la obra cajaliana, como el publicado en 2017 por Javier de Felipe, titulado El jardín de la neurología: sobre lo bello, el arte y el cerebro.

Curiosamente, uno de los principales discípulos de Cajal, Francisco Tello, no tenía ese talento para ilustrar sus observaciones, por lo que precisaba de la ayuda técnica de ilustradores. De las 543 ilustraciones que encontramos sobre el trabajo de Tello en el «Legado Cajal», la mayoría están sin firmar. Del resto, 84 corresponden a Conchita del Valle; 71 a María G. Amador, y 141 a las siglas E. RNA, cuya identidad aún desconocemos. Del Valle ilustró casi exclusivamente el sistema nervioso central y el periférico, con dos interesantes series de dibujos: inervación del clítoris (alguno firmado junto a Amador) y secciones sagitales del cerebro de ratón neonato o posnatal temprano.

Poco más sabemos de las mujeres que ilustraron los trabajos de científicos de la Escuela de Cajal y que contribuyeron de manera significativa a «cuando la ciencia se hizo arte», según palabras de uno de los más distinguidos en este arte cajaliano, Fernando de Castro, discípulo de Ramón y Cajal.

Médicas, preparadoras e ilustradoras, todas estas mujeres participaron en el éxito de la escuela neurohistologíca de Cajal, por lo que es de justicia rescatar del olvido esta presencia femenina en una de las instituciones más prestigiosas de la España y Europa de la primera mitad del siglo xx, como fue el Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Dejemos, especialistas, divulgadores y gran público, de ignorarlo.

Las minuciosas ilustraciones de mujeres como Conchita del Valle y María G. Amador contribuyeron al éxito de la escuela cajaliana. Las imágenes muestran una inervación sensitiva del cuerpo carotídeo (izquierda) y un corpúsculo renal (derecha). [Archivo Fernando de Castro]

PARA SABER MÁS

La degeneración traumática en la médula espinal de las aves. L. Forster en Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas de la Universidad de Madrid, n.º 9, págs. 255-268, 1911.

Histological examination of the ovaries in mental disease. L. Forster en Proceedings of the Royal Society of Medicine, vol. 10, págs. 65-87, 1917.

Nota sobre las gliofibrillas de la neuroglía de la rana. M. Serra en Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas de la Universidad de Madrid, vol. 19, págs. 217-229, 1921.

Recuerdos de mi vida. S. Ramón y Cajal. 3ª ed. Imprenta de Juan Pueyo, Madrid, 1923.

Memoria correspondiente a los cursos 1928-29 y 1929-30. Junta de Ampliación de Estudios. Madrid, 1933.

Cajal's neuronal forest: Science and art. J. De Felipe. Oxford University Press, 2017.

The women neuroscientists in the Cajal School. Elena Giné et al., publicado en línea en Frontiers in Neuroanatomy, vol. 13, n.o 72, págs. 1-20, 2019.

Laura Forster and Manuela Serra at the Cajal School. C. Nombela et al. en WiNEu, European women in Neuroscience, untold stories: the women pioneers of Neuroscience in Europe, 2020.

Manuela Serra and the Cajal School: Part laboratory technician, part neuroscientist. Cristina Nombela et al. en Neuroscience & History, en prensa 2020.

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