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Las científicas «invisibles» de la escuela de Cajal

Santiago Ramón y Cajal supo rodearse de discípulos cuyos nombres pasaron a la historia de la ciencia y ayudaron a consolidar la teoría neuronal. Rescatamos del olvido a las mujeres que formaron parte de esa escuela cajaliana.

Los testimonios gráficos en los que Santiago Ramón y Cajal aparece junto a mujeres en su laboratorio resultan escasos. En este fotograma de mediados de la década de 1920 y de la única filmación conocida de Cajal se le puede ver (junto al microscopio) con Francisco Tello (primero por la izquierda), Fernando de Castro (tercero por la izquierda) y las hermanas Carmen y Manuela Serra (de espaldas). [Fotograma de la película «Santiago Ramón y Cajal. Las mariposas del alma». Instituto Cajal (CSIC)]

En síntesis

Entre sus colaboradores y discípulos, Santiago Ramón Cajal contó con un grupo de mujeres. Sin embargo, el contexto social de la época y los pocos testimonios gráficos han contribuido a su «invisibilidad».

Cajal, en cambio, no obvió la colaboración de las científicas que trabajaron junto a él. El premio nóbel las mencionó en diferentes ocasiones al nivel de sus colaboradores masculinos.

Las médicas Laura Forster y M.a Soledad Ruiz Capillas, y la «preparadora» Manuela Serra fueron algunas de ellas. En los estudios de la Escuela de Cajal también colaboraron ilustradoras especializadas.

Hace unos años, tres profesoras del Departamento de Biología Celular ubicado en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid decidimos organizar unas jornadas sobre la figura de Ramón y Cajal. Queríamos dar a conocer a nuestros alumnos la vida y obra del único premio nóbel en fisiología y medicina cien por cien español, que, además, había ejercido como profesor en nuestro departamento, heredero directo de aquella cátedra de histología que se impartía en la Facultad de Medicina de la por entonces Universidad Central y que durante treinta años ocupó don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).

Si hubiera que enumerar a media docena de los grandes personajes que marcaron la historia de la ciencia, sin duda alguna habría que incluir la figura de Cajal. Si, además, a esa hipotética lista se añadiese el requisito de haber creado escuela, el número de integrantes se vería notablemente reducido. Pero ese logro es otro de los méritos de Cajal: formó a una generación de colaboradores y discípulos que, tras su muerte, continuaron ampliando el conocimiento del sistema nervioso al resto del mundo animal, tanto los invertebrados como los vertebrados, consolidando así la teoría neuronal y la neurohistología y abriendo el camino a la neurofisiología. Conformaban la llamada Escuela Neurológica Española, conocida también como Escuela de Cajal o Escuela de Madrid.

La organización de las «Jornadas Cajal» nos llevó a contactar con Fernando de Castro Soubriet, científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y nieto del colaborador homónimo de Ramón y Cajal. Juntos buceamos en muchos documentos de la época: cartas del maestro a sus colaboradores y discípulos, artículos científicos y testimonios gráficos. Nos llamó fuertemente la atención un rasgo común en casi todos ellos: la ausencia de mujeres. ¿No las había o no las habíamos encontrado? La respuesta es que sí las hubo.

Hubo mujeres que aportaron su «granito de arena» a esta Escuela, bien trabajando directamente con Cajal en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, bien como colaboradoras de sus discípulos más directos. Sin embargo, nuestra investigación partía de una situación poco prometedora por dos desventajas manifiestas: el contexto social del momento que investigábamos y la escasez de testimonios en los que aparecen mujeres junto a Cajal o a sus colaboradores. La única excepción era Ketty Lewy, la bibliotecaria del Instituto Cajal y eventual traductora al alemán de cartas y artículos científicos.

Marcadas por una educación «femenina»

No fue hasta el 9 de septiembre de 1857 cuando en España se promulgó la Ley de Instrucción Pública. La conocida como «Ley Moyano» obligaba, por primera vez, la escolaridad de las niñas españolas. Pero el artículo 5 dejaba claro el enfoque que debía darse a esa educación: a saber, las asignaturas de geometría o física debían sustituirse por otras más «propias del sexo femenino», comoelementos de dibujo aplicado a las mismas labores oligeras nociones de higiene doméstica.

En la universidad, la presencia de la mujer era meramente anecdótica. Además, muchas dejaban sus estudios cuando se casaban. Aunque en 1872 se matriculó, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, la primera universitaria española (María Elena Maseras Ribera), hasta 1910 no se normalizó la situación, con las mismas condiciones para ellos y ellas. Así, entre 1911 y 1915, el porcentaje de alumnas pasó de un 0,3 a un 2 por ciento, cifra que en 1920 alcanzó un 3,9 por ciento. Sin embargo, para aquellas pioneras, el camino no fue fácil.

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