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El estudio del miedo

Con frecuencia se usan modelos animales para investigar la emoción del miedo en los humanos. Pero ¿teme un ratón del mismo modo que una persona? Para comprobarlo, los científicos analizan el comportamiento y la actividad cerebral de unos y otros en situaciones de peligro.

Los neurocientíficos han investigado en la liebre de mar (Aplysia californica) qué sucede en las células nerviosas cuando «graban» en su memoria experiencias negativas, como puede ser una descarga eléctrica. [GENEVIEVE ANDERSON]

En síntesis

Los animales suelen responder a las amenazas de modo similar a los humanos: si se avecina un peligro, unos y otros manifiestan un reflejo de sobresalto potenciado por el miedo.

En un entorno inseguro, los roedores vacilan a la hora de buscar comida, conducta que se interpreta como una señal de miedo. Se hallan en un conflicto entre aproximación y evitación.

Los investigadores utilizan juegos de ordenador para observar la respuesta de las personas ante el peligro. En humanos y ratones, áreas del cerebro equiparables rigen la conducta en esas situaciones.

El caracol de mar Aplysia californica, también liebre de mar de California, ocupa un lugar destacado en el mundo neurocientífico. Sus neuronas son tan grandes que se observan y manejan con facilidad. Este animal marino solo posee unas 20.000 neuronas, una cifra reducida si se compara con las de una rana común, que dispone de unas 800 veces más, o con las de un humano, que presenta cuatro millones de veces más. En definitiva, a tenor del número de neuronas, no parece que la liebre de mar de California deba ser muy lista. Sin embargo, este pequeño animal es capaz de adaptar su comportamiento a los cambios del entorno de igual forma que muchos animales superiores.

La liebre de mar respira a través de branquias, las cuales irriga con ayuda de un sifón. Si se le da un leve golpecito en la cola o se le tocan las branquias, repliega estas últimas junto con el sifón durante unos segundos. Se trata de un acto de protección reflejo a través del cual pone a salvo dichos órganos vitales. Con todo, la manifestación de los reflejos depende de las condiciones externas.

En 1986, Edgar Walters, Thomas Carew y Eric Kandel, galardonados años después con el premio Nobel de fisiología o medicina, mostraron en la Universidad de Columbia que la experiencia ejerce un papel destacado en este contexto [véase «Bases biológicas del aprendizaje y de la individualidad», por Eric R. Kandel y Robert D. Hawkins; Investigación y Ciencia, noviembre de 1992]. Introdujeron en el acuario una sustancia con un sabor que desconocía el caracol. Al poco tiempo, le aplicaron una fuerte descarga eléctrica. ¿Resultado? Cuando el animal volvía a recibir golpecitos en la cola, replegaba las branquias y el sifón durante veinte veces más de tiempo si percibía la sustancia. ¿Puede deducirse de ello que el animal temía la descarga eléctrica?

Para los humanos, el miedo y el temor son buenos conocidos, puesto que se nos cruzan por el camino en el día a día: tememos fallar en una prueba importante o que no nos salgan las palabras adecuadas durante una conferencia. Algunas personas padecen un miedo exagerado e irracional: a las arañas, a las alturas, a las enfermedades o al ridículo. Los psiquiatras califican esas emociones de fobias. Con el objetivo de entender cómo se desarrollan estos trastornos y otras enfermedades relacionadas con el miedo, los biólogos y los psicólogos investigan, desde hace más de cien años, con modelos animales. Estos manifiestan determinadas respuestas conductuales parecidas al modo de actuar de las personas ante los miedos. Igual que A. californica se «asusta» ante un peligro amenazador, las personas nos sobresaltamos cuando oímos un fuerte ruido en un bosque oscuro. También nos estremecemos más que si nos encontrásemos en el salón de casa.

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