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1 de Marzo de 2015
Psicoterapia

Fobia social infantil

Los niños con ansiedad pueden superar sus miedos y retomar una vida normal con ayuda de una terapia que les anime a realizar aquello que más temen.

Julia salía muy poco del domicilio de sus padres. Cuando se armaba de valor para dar ese paso, se asomaba primero por detrás de la puerta para asegurarse de que el terreno estaba ­despejado. [Getty Images / sshepard / iStock]

En síntesis

Alrededor del diez por ciento de los niños y jóvenes padecen al menos una vez un problema de ansiedad. La fobia social es el trastorno de ansiedad más frecuente durante la pubertad.

La terapia cognitiva-conductual ayuda a alterar los pensamientos disfuncionales de los afectados y a afrontar y superar los miedos.

La terapia cognitiva-conductual intensiva, basada en el tratamiento diario durante varias semanas, puede acelerar el éxito de la intervención.

Cuando coincidí con Julia por primera vez, me pareció la niña más temerosa y deprimida que había conocido nunca. A sus 12 años, no asistía al colegio y apenas salía de casa. Sus ojos, abiertos como platos, transmitían miedo. Cuando hablaba, susurraba con una voz crepitante. Y tartamudeaba. Como si le costara encontrar las palabras.

A Julia le atemorizaba que cualquiera que la viera sospechara de inmediato que tenía un problema. Cuando se armaba de valor para salir del domicilio de sus padres, entreabría la puerta y asomaba la mirada con el objetivo de asegurarse de que el pasillo del rellano se encontrara libre de vecinos. En caso contrario, cerraba de nuevo y esperaba a que el terreno estuviera despejado. No era capaz de quedar con amigos o estar en un lugar sin sentirse incómoda. Su reclusión la desesperaba.

Julia padecía fobia social, es decir, un miedo intenso a ser evaluada, juzgada y considerada una inepta por los demás. Este trastorno tiende a aparecer en la pubertad, cuando los niños comienzan a prestar más atención a quienes les rodean. La terapia conversacional fracasó con Julia, a pesar de que el terapeuta que la trataba era experimentado y dinámico. En las sesiones, ella le había hablado sobre lo difícil que le resultaba la vida; sin embargo, no estaba aprendiendo por qué tenía esa sensación ni cómo mejorarla. En cierto modo, la terapia conversacional puede ser contraproducente para niños como Julia. Aunque el terapeuta le había aconsejado que no volviera al colegio hasta que no descubrieran las causas de su ansiedad, cuanto más tiempo pasa un niño apartado de su entorno social, más difícil le resulta regresar a él.

Este caso necesitaba otro tipo de tratamiento: en lugar de buscar las raíces de su ansiedad, me centraría con ella en los efectos de los temores que sufría. El miedo no debía dominar su comportamiento, sino que era ella quien debía dominar su comportamiento para despojarse del miedo. Sobre este principio descansa la terapia cognitivo-conductual (TCC), una estrategia terapéutica que, según demuestran las investigaciones, funciona.

Para los jóvenes pacientes con ansiedad grave aplico una TCC intensiva: dos horas diarias (o casi diarias) de sesión, hasta que se estabilizan. Expliqué a los padres de Julia que, si seguían el programa, su hija retomaría el control de su vida.

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