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1 de Octubre de 2002
Emociones

Neurobiología del miedo

De las sensaciones, las mejor comprendidas desde el punto de vista neurobiológico son el miedo y el temor. Ambas emociones básicas, imprescindibles para la supervivencia, pueden llevar a degeneraciones patológicas.

Si el miedo se torna patológico, caso de las fobias, puede convertirse en un obstáculo para la vida cotidiana. Por otra parte, la carencia de dicha emoción básica puede acarrear problemas sociales. [Getty Images / princessdlaf / iStock]

En síntesis

El miedo y el temor son de las pocas emociones básicas que compartimos con muchos animales; sirven de protección y señal de alarma.

Sin embargo, los trastornos provocados por el miedo encabezan la lista de las psicopatologías más frecuentes, excluidas las drogodependencias.

Las bases neurobiológicas del miedo se encuentran en una conjunción de diversas regiones cerebrales, entre las que destaca la amígdala.

Imaginémonos perdidos en el desierto de Almería. De pronto nos encontramos con una serpiente. ¿Cuál es nuestra reacción? El pánico nos invade; el corazón empieza a latir veloz y de forma descontrolada. Nos ponemos en pleno estado de alarma, la respiración se hace cada vez más agitada, sudamos, temblamos e intentamos correr a la desesperada. Sin embargo, estamos atenazados por el pavor.

El miedo y el temor son algunas de las pocas emociones básicas que compartimos con muchos animales. Su constitución está genéticamente estructurada de tal suerte que despliega mecanismos de alarma o de protección en caso de peligro inminente o, incluso, ante la mera posibilidad de una agresión exterior. La consecuencia suele ser o la huida ante el peligro o el intento de evitarlo y de combatir sus causas. La franja emocional va desde el miedo ante amenazas concretas (en el caso extremo, el miedo a la muerte), pasando por el miedo a ser abandonado (por ejemplo, en los bebés y niños pequeños) hasta fenómenos como el miedo vital, existencial y cósmico.

Según algunas encuestas, a lo que más teme el ser humano es a las grandes alturas o a los animales peligrosos, en particular a los ofidios. Digno de mención es también el miedo a las lesiones corporales y enfermedades, a los lugares públicos abiertos, al tráfico y a los espacios angostos. Es asimismo muy común el miedo infantil a la oscuridad, aunque esta última sensación suele decrecer con la edad.

El miedo reduce la alegría que acompaña a la indagación o al descubrimiento de algo nuevo, reprime el instinto lúdico y frena la iniciativa y la creatividad. En el polo opuesto se encuentran personas que sienten gusto jugando con el miedo —por supuesto, bajo control— en una gama que se extiende desde el placer ante los relatos de aventuras y las galerías de los horrores hasta las películas de terror.

Entre el ello y el superyó

Desde hace tiempo, los psicólogos vienen ocupándose del fenómeno del miedo con métodos harto dispares. Una forma de abordarlo es atendiendo a los síntomas corporales que origina. El psicólogo y filósofo William James (1842-1910) sostenía que el miedo y otras emociones respondían solo a una reacción de los órganos internos, como palpitaciones cardíacas o contracciones pectorales. Sigmund Freud (1856-1939) distinguía entre el miedo real del yo al mundo exterior, el miedo angustioso al superyó y el miedo neurótico del ello a la fuerza de las pasiones. En opinión del fundador del psicoanálisis, el miedo morboso surge de los conflictos entre los instintos básicos (así, la aspiración de autonomía o el deseo sexual) y la realidad social (por ejemplo, las normas morales).

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