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ANDRÉ KUTSCHERAUER

La doctrina frenológica del ­siglo xix asociaba las distintas facultades psíquicas humanas (el amor, el orgullo, la honradez, etcétera) con determinadas sedes cerebrales, mas no sabía en qué área del cerebro alojar la consciencia. A lo largo del tiempo y coincidiendo con la evolución de las llamadas neurociencias en los años noventa del siglo pasado, el estudio de la consciencia ha ido progresando a partir de las investigaciones y los descubrimientos en torno a la mente desde diferentes ámbitos científicos: la neurobiología, la psiquiatría, la psicología, la medicina, la tecnología y la neurofilosofía, entre otros. Embarcados ya en el siglo xxi, parece que estos esfuerzos empiezan a dar sus frutos en el camino de descifrar el enigma de la consciencia, si bien existen muchas cuestiones por resolver. ¿Hay una única sede cerebral para la consciencia? ¿Se pueden explicar los asuntos mentales a partir de las descargas de un conjunto de neuronas? ¿Cabe reducir una percepción subjetiva a leyes puramente físicas? ¿Qué nos hace conscientes? ¿Carece una mente en estado vegetativo de capacidades cognitivas? ¿Poseen los animales consciencia? ¿Conviviremos algún día con robots capaces de emocionarse y sentir como los humanos?

Esta nueva entrega de ­CUADERNOS de Mente y Cerebro, número con el que esta colección de monografías renueva su diseño, reúne los artículos más relevantes sobre la investigación de la consciencia publicados en el último decenio en Mente y Cerebro. El lector encontrará en sus páginas información sobre las diferentes técnicas, métodos y materiales que se han utilizado y se están empleando para conocer los mecanismos naturales de la consciencia, así como las dificultades con las que se tropiezan los investigadores que persiguen esta am­biciosa y discutida empresa. ­«Aunque las explicaciones reduccionistas no pueden demostrar completamente la experiencia y la conducta de una persona a través de la actividad de sus neuronas, buscar ciertos procesos subpersonales se encuentra en la esencia de la investigación», concluye la filósofa Manuela Lenzen (página 38).

 

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