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1 de Octubre de 2003
Antropología

Pensar y hablar

¿Hemos de "pensar primero y luego hablar"? Así reza un viejo consejo. Pero sólo en el proceso de la comunicación surge nuestra concepción del mundo y se configura la estructura de los procesos mentales.

El famoso rey del siglo XVIII a.C. fijó las leyes de su tiempo en escritura cuneiforme. Los lingüistas se preguntan hasta qué punto el lenguaje escrito configura nuestro pensamiento. [WIKIMEDIA COMMONS / CC-BY-3.0]

En síntesis

A finales del siglo XVIII se desencadenó el conflicto científico entre los partidarios de una concepción comunicativa y otra cognitiva del lenguaje.

En la actualidad predomina la teoría de que las estructuras lingüísticas influyen en las mentales.

El hallazgo neurológico de las neuronas espejo también sugiere que la mente humana se desarrolla a partir del uso del lenguaje.

En el supuesto de que nos hubiéramos criado sin hablar, recuérdense el salvaje de Aveyron o Kaspar Hauser, ¿podríamos pensar? ¿Qué clase de humanos seríamos? ¿Podríamos recordar nuestro pasado o hacer proyectos para el futuro? Las cuestiones de ese tenor nos llevan directamente a la frontera de un debate crucial en lingüística.

Para Jerry A. Fodor, filósofo de la Uni­versidad Rutgers, y los lingüistas Noam Chomsky y Steven Pinker, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, el lenguaje y el pensamiento constituyen dos funciones mentales separadas. El lenguaje no ejerce ningún efecto en los procesos cognitivos: solo sirve para re­mitir «envíos postales mentales», recíprocos, entre humanos. Si desapareciera el lenguaje, como sucede parcial o totalmente en el caso de los «niños salvajes», no se verían afectadas las capacidades mentales superiores.

En el bando contrario militan el filósofo Daniel C. Dennett, el psicólogo Lew D. Wygotski y el psicolingüista Stephen C. Levinson. Para estos, nuestro pen­samiento se sostiene en el lenguaje; la lengua materna influye de un modo de­cisivo en nuestra forma de pensar. Repercute, pues, en el desarrollo del pensamiento si un «niño salvaje» no aprende ninguna lengua o si se pierde total o parcialmente la capacidad de lenguaje.

Peter Carruthers y la lingüista Jill Boucher llaman comunicativa o cogniti­va, respectivamente, a esas concepciones divergentes en torno al lenguaje. Los partidarios de la primera posición se apoyan en estudios con afásicos. Si se somete a prueba el rendimiento mental de estas personas con capacidad lingüística mermada, los resultados no son esencialmente peores que los de probandos sanos. Pero como los sujetos con afasia investigados ya habían aprendido una lengua antes de su patología, no queda claro si su capacidad mental se hubiera desarrollado igual sin esa circunstancia.

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