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Música y cerebro

¿Dónde reside el secreto del poder singular de la música? En busca de una respuesta, se están reordenando los componentes del proceso desarrollado en el cerebro de ejecutores y melómanos.

Jonathan Chng / Unsplash (unsplash.com/photos/QKIcW_4Qlqw)

En síntesis

La música ha estado presente en todas las sociedades humanas desde los albores de la cultura. Según parece, la sensibilidad musical constituye un rasgo innato: hasta los bebés de dos meses se sienten atraídos por sonidos agradables.

Numerosas regiones cerebrales participan en la percepción de la música y en las emociones que esta evoca. El cerebro se reajusta para responder con mayor intensidad a sonidos musicales potenciados mediante refuerzo conductual.

Los expertos que ­estudian el procesamiento cerebral de la música están sentando las bases de nuestro conocimiento sobre su valor para los humanos.

Proveedora de sensaciones placenteras, la música endulza nuestras vidas. Un potente crescendo orquestal puede hacernos derramar lágrimas y provoca escalofríos. Cambios de intensidad en la banda sonora añaden carga emotiva a películas y programas de televisión. Los padres arrullan con nanas a sus bebés.

Este apego a la música tiene sus raíces en nuestro pasado remoto, en los albores de la cultura. Hace más de 30.000 años, los humanos tocaban ya flautas de hueso, instrumentos de percusión y birimbaos. Todas las sociedades cuentan con su propia música. De hecho, parece que la sensibilidad musical es innata. Los bebés de dos meses se vuelven hacia sonidos consonantes, o placenteros, y se apartan de los disonantes. Cuando el acorde que resuelve una sinfonía nos produce un delicioso escalofrío, se activan en el cerebro los mismos centros de placer que operan al comer chocolate, tener relaciones sexuales o comsumir cocaína.

Este fenómeno encierra un intrigante misterio biológico: ¿por qué la música —universalmente estimada y única en su poderosa capacidad de hacer aflorar emociones— nos resulta tan penetrante y valiosa? ¿Pudo su aparición favorecer la supervivencia humana, facilitando el aparejamiento, por ejemplo, como ha propuesto Geoffrey F. Miller, de la Universidad de Nuevo México? ¿Nació para promover la cohesión social en grupos que habían crecido demasiado, como sugiere Robin M. Dunbar, de la Universidad de Liverpool? ¿O, en palabras de Steve Pinker, de la Universidad de Harvard, se trata solo de una «tarta auditiva», una feliz casualidad de la evolución que cosquillea placenteramente nuestro cerebro?

La neurociencia no ha dado todavía con la respuesta. Pero, en los últimos años, hemos empezado a adquirir un conocimiento más exacto del lugar y el mecanismo del procesamiento cerebral de la música, lo que debiera establecer la base para resolver cuestiones evolutivas. Contra pronóstico, el estudio de pacientes con daños cerebrales y el análisis de las imágenes del encéfalo de individuos sanos no ha desvelado ningún «centro» de la música. Antes bien, activa diversas áreas repartidas por el cerebro, incluidas las involucradas en otros tipos de cognición. Esas regiones activas varían según la experiencia y la formación musical de cada persona. El oído cuenta con menos células sensoriales (3500 células ciliares internas) que cualquier otro órgano sensorial (el ojo, por ejemplo, aloja 100 millones de fotorreceptores). Sin embargo, nuestra respuesta cerebral a la música resulta extraordinariamente adaptable: bastan pocas horas de entrenamiento para modificarla.

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