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Getty Images / bizoo_n / iStock

La música eriza el vello, divierte, sana, despierta emociones, eleva el ánimo, favorece la neuroplasticidad, mejora la atención, la memoria y las funciones ejecutivas, puede mitigar la ansiedad y la depresión y estimular el movimiento, entre otras muchas virtudes. De hecho, resulta difícil imaginarse un mundo sin música. Probablemente, solo las personas que padecen amusia o anhedonia musical específica no perciben ritmos o tonos, o no sienten placer al escuchar una melodía. En pocas palabras, por lo general, los humanos somos seres musicales.

Todos hemos experimentado estremecimientos agradables o «escalofríos» al escuchar ciertas melodías. ¿Cómo es posible? Se ha visto que la música activa el sistema límbico de autorrecompensa, el cual suele asociarse a la sensación de placer. Pero los ritmos, tonos y cantos no nos benefician solo a nivel individual: las ventajas se extienden a toda la comunidad. De esta manera, contribuyen a que nos organicemos en grupo y a que estrechemos los lazos frente a posibles agresores.

En el presente monográfico de la colección Cuadernos, el lector encontrará estos y otros conocimientos y descubrimientos sobre el poder que la música ejerce en el cerebro, la psique y la vida social. Con este propósito, el número presenta una selección de los artículos más interesantes sobre el tema publicados en Mente y Cerebro. También incluye dos artículos inéditos que amplían la información sobre los hallazgos en este complejo campo: «Cuando la música nos ensordece» y la reveladora entrevista con el psicólogo de la música, Stefan Kölsch. ­Según explica, las canciones que más nos gustan beben de nuestras expectativas: cuando esperamos que suene un determinado sonido, aparece otro distinto, lo que nos provoca sorpresa. Y gozo. «Esas “brechas” de las expectativas suscitan placer», afirma.

Pero el camino que toma la música en el cerebro no resulta sencillo. Distintas áreas cerebrales procesan aspectos diferentes de la misma información musical. Así, no existe un «centro de la música» en el encéfalo. A ello contribuye la complejidad de la propia música, ya que presenta aspectos parciales (como los ritmos e intervalos), señalan los autores de «Escalofrío musical».

Tampoco existe un «gusto musical único». Las preferencias dependen, en buena medida, de las experiencias personales. De ello podría desprenderse que es imposible formular leyes generales en relación a la música. En sentido estricto, existirían unos seis mil millones de «centros de música» sobre la Tierra. Sin embargo, los humanos compartimos competencias musicales universales. Y, como llevados por la espiral que dibuja la clave de sol, volvemos al principio: somos seres musicales.

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