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1 de Marzo de 2010
Biomedicina

Nuevos mensajeros cerebrales

Moléculas que se suponía sólo contribuían a las defensas inmunitarias participarían en el funcionamiento del cerebro. Entre otras tareas asignadas, transportarían la información e intervendrían en los dolores crónicos.

Delphine Bally

En síntesis

La barrera hematoencefálica aísla el sistema nervioso central del resto del cuerpo, sin embargo, no es tan hermética como se pensaba.

Las quimiocinas ejercen tareas destacadas en el cerebro; algunas funcionan como neurotransmisores e intervienen en los mecanismos del dolor.

En una infección, las células de la neuroglía y las neuronas producen ­quimiocinas y sus receptores, ello favorece la activación de astrocitos y células microgliales con el fin de combatir el organismo extraño y fagocitarlo.

La medicina se apoya en una gavilla de dogmas. Uno de ellos reza: el cerebro es un «santuario inmunitario», pues aislado y protegido del resto del cuerpo por la barrera hematoencefálica, no corre riesgo de sufrir ninguna contaminación por posibles microorganismos patógenos presentes en la sangre. Los agentes del sistema de defensa o inmunitario no entrarían jamás en él.

La barrera hematoencefálica aísla el sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) del resto del cuerpo, ya que envuelve a los vasos sanguíneos, que son los que aportan los elementos nutritivos esenciales y que constituyen la única puerta de entrada a la estructura cerebral. Estos vasos poseen una pared impermeable, más estanca que la del resto del organismo, formada por células endoteliales, recubiertas por una lámina basal (constituida por diferentes proteínas). La lámina basal aparece rodeada de astrocitos, células nerviosas que emiten «pies» que consolidan la barrera. Hay que agregar las células microgliales, que son las únicas células inmunitarias presentes en nuestro cerebro. Cualquier molécula o célula debe atravesar esas capas para introducirse en él.

El sistema inmunitario lo integran glóbulos blancos o leucocitos que sintetizan las moléculas (citocinas entre ellas), que permiten al organismo defenderse cuando es atacado por un virus o una bacteria o cuando sus propias células se vuelven peligrosas (en el caso del cáncer).

Los linfocitos B se activan durante una infección y se transforman en células productoras de anticuerpos específicos del agente infeccioso. Los anticuerpos reconocen al agente extraño y permiten que los agentes inmunitarios los fagociten (los macrófagos «se comen» al intruso) o que produzcan citocinas que activen otras células inmunitarias. Estas últimas, aunque sintetizadas en regiones específicas del cuerpo, circulan por todas partes gracias a los vasos sanguíneos. Hay todo un ejército, pues, para proteger al cuerpo... y al cerebro.

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