Derecho al rasguño

Los niños no necesitan ni quieren que se les proteja a cada instante. En el juego conviene que asuman ciertos riesgos para desarrollarse sanos física y psicológicamente. Mejor si es al aire libre.

Cortesía de Verena Ahne

En síntesis

Los niños se orientan de manera natural hacia situaciones de juego en las que pueden poner a prueba sus límites físicos.

Los psicólogos creen necesario que los niños afronten cierto peligro para superar miedos y desarrollar seguridad en la valoración de los riesgos.

La naturaleza o los lugares cercanos a ella constituyen entornos que propician tales efectos.

Desde lo más alto de la copa del cerezo sonríe Vincent, de casi seis años de edad. Alcanzar la cima no le ha resultado pan comido: ha tenido que trepar por el ancho y curvado tronco, encaramarse a las ramas y superar un instante de miedo, duda y de «yo no puedo». Al final, ha resuelto el último tramo hasta llegar al alto y fresco mirador, donde permanece satisfecho solo, consigo mismo.

Como todos los niños de su edad, a mi hijo le encanta escalar. Siempre que puede busca las alturas, sea en el campo o en la ciudad, lugar este último donde aprovecha los equipamientos infantiles de los parques, los rocódromos e incluso los armarios de casa. Pero también le gusta descender. Hace años que practica los saltos: de la roca a la hierba, del muro al asfalto y salva los peldaños de la escalera de tres en tres o incluso se atreve con cinco de una tacada. En sus pantalones no faltan los agujeros, ni los hematomas en sus piernas.

Si usted trata mucho con niños, sabrá cuánto disfrutan con el cosquilleo que produce la sensación de peligro que causan las alturas, la velocidad, las vueltas incesantes, el columpiarse, el colgarse, además de los retos de equilibrio. Según explican los científicos del desarrollo, en el juego arriesgado y la búsqueda de peligro, los niños sondean los límites para superarse a sí mismos, paso a paso. De este modo vencen sus pequeños y grandes miedos y desarrollan la confianza en sus propias capacidades. También aprenden a moverse con habilidad, a no herirse y a valorar las situaciones de forma adecuada, de manera que ganan seguridad para toda la vida.

En nuestra sociedad actual, en la que prima la máxima protección, la palabra «riesgo» posee connotaciones negativas, en especial cuando se trata de infantes. Sin embargo, existen diferencias entre el peligro verdadero y el riesgo. El primero se refiere a una situación que el sujeto no ve y de la que cabe protegerlo: una ventana abierta en el tercer piso, unos productos tóxicos o unas olas enormes en el mar. Por el contrario, un riesgo supone un reto que el niño reconoce y que decide si lo quiere asumir. ¿Me atrevo a subir al árbol? ¿Me caeré de la bicicleta si tomo esa curva tan cerrada?

Ellen Sandseter, de la Universidad de Queen Maud para Educación de la Primera Infancia, observó a numerosos críos de edad preescolar mientras jugaban. En 2007 definió seis ámbitos que tanto los niños como los supervisores escolares tomaban en especial consideración. Encabezaba la lista, con diferencia, la gran altura: trepar, saltar desde una superficie sólida o inestable, hacer equilibrios, colgarse cabeza abajo o bambolearse lo más alto posible.

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