Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Julio de 2013
Psicoterapia

Coterapeutas peludos

Los niños con problemas de apego e inseguridad ganan ­confianza con la asistencia terapéutica de un perro.

Getty Images / Fly_dragonfly / iStock

Un buen día se produjo un fortuito y acertado encuentro en la consulta del psicólogo infantil Boris Levinson: uno de sus pacientes, un niño de nueve años extremadamente introvertido que no hablaba con nadie, acudió demasiado pronto a la cita. Se encontró en la consulta a Jingles, el perro de Levinson. Enseguida, el joven comenzó a hablar de manera entusiasta con el animal; en el transcurso de la sesión también se mostró extrañamente abierto y lleno de confianza. Desde entonces, el terapeuta se llevó más a menudo al golden retriever al trabajo. En su publicación Pet-oriented child psychology, de 1969, el psicólogo dio a conocer el sorprendente efecto del animal sobre sus jóvenes clientes.

Antes de Levinson ya existían informes similares. Sigmund Freud debió llevar con regularidad a las sesiones de terapia a Jofie, una hembra chow chow. Como comprobó el padre del psicoanálisis, la presencia de la perra tranquilizaba a sus pacientes.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.