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  • Abril 2015Nº 3

Astronomía

Planetas en miniatura

En los asteroides actúa un delicado entramado de pequeñas fuerzas que no admiten fácil simulación en los laboratorios terrestres.

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Mis amigos y yo, niños de la era espacial, solíamos divertirnos con el juego de la gravedad. A la voz de "¡En la Luna!", nos poníamos a imitar las zancadas, lentas y torpes de los astronautas vistas en la televisión. Si la orden era: "¡En Júpiter!", nos arrastrábamos a gatas. Pero a nadie se le ocurría gritar: "¡En un asteroide!" En aquellos días de antes de las películas espaciales, ¿quién iba a saber qué era un "asteroide"? Ahora que soy mayor y me gano la vida estudiándolos, aún no sé qué responder.

Pese a que no hemos visto todavía de cerca ninguno de los mayores, lo más probable es que parezcan copias canijas y zurradas de la Luna. La diferencia estaría en que, al ser menor su gravedad, los astronautas darían allí zancadas más largas, nada más. Pero con diámetros de menos de unas docenas de kilómetros, la gravedad es demasiado débil para conferir a esos planetas menores, así se los llama también, una conformación siquiera sea aproximadamente redonda. Los mundos de menor tamaño presentan formas de todos los gustos: cabezas de lagarto, judías, muelas, cacahuetes y cráneos. Debido a su irregularidad, es frecuente que la atracción de la gravedad no apunte al centro de masas. Cuando a esto se suman las fuerzas centrífugas causadas por la rotación, el resultado parece absurdo. Abajo a lo mejor no sería abajo. Quizá nos cayésemos ladera arriba de una montaña. O saltásemos demasiado alto y no volviésemos a tocar tierra, sino entráramos en una órbita caótica (majestuosamente lenta, eso sí) durante días antes de aterrizar en un lugar impredecible. Si tirásemos una piedra, lo mismo regresaría como un bumerán. Un suave salto vertical podría llevarnos a tocar el suelo cien metros a la izquierda, o incluso modificar la estructura del asteroide bajo nuestros pies. Hasta el visitante más felino y sigiloso levantaría una polvareda y dejaría tras de sí una "atmósfera" de restos en suspensión durante días o semanas.

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