Plantas transgénicas y ecosistemas

¿Son las plantas genéticamente modificadas la materialización de un viejo sueño de la humanidad? ¿Resultan dañinas para otros vegetales y animales? La investigación científica busca las respuestas.

PETE MCARTHUR

Hace dos años, en la ciudad escocesa de Edimburgo, unos ecovándalos arrasaron un campo de colza. El año pasado, en Maine, otros talaron más de 3000 álamos de un vivero experimental. En San Diego, unos manifestantes machacaron una plantación de sorgo y rociaron con pintura las paredes de los invernaderos. Todos estos desmanes iban contra cultivos transgénicos. Se equivocaron de plano: las plantas destruidas pertenecían a cultivos tradicionales. En todos los casos, los nuevos bárbaros confundieron plantas ordinarias con variedades transgénicas (TG).

No es difícil comprender por qué. En cierto modo, los cultivos TG, que en la actualidad ocupan casi 45 millones de hectáreas de tierras de labor repartidas por todo el mundo, son indistinguibles de los ordinarios. No es posible ver, catar o tocar un gen inserto en una planta, ni percibir sus efectos en el medio circundante. No es posible saber, a simple vista, si el polen que contiene un gen foráneo puede envenenar mariposas o fecundar plantas a varios kilómetros de distancia. Es precisamente tal invisibilidad lo que preocupa. ¿De qué modo, exactamente, podrán los cultivos transgénicos afectar al entorno y cuándo empezaremos a percatarnos de tales efectos?

Los defensores de los cultivos transgénicos, cultivos de plantas genéticamente modificadas, afirman que tales plantas serán beneficiosas para el medio, por exigir menores dosis de plaguicidas tóxicos que los cultivos normales. Pero los críticos temen los peligros latentes y se preguntan cuán grandes son en realidad los beneficios. Como reconoce Guenther Stotzky, edafólogo de la Universidad de Nueva York, es mucho lo que no sabemos y es necesario averiguar.

Al tiempo que los cultivos transgénicos se multiplican en el paisaje, numerosos científicos han empezado a desplegarse por campos y sembrados en pos de la información de que carecen. Algunos de sus hallazgos más recientes son tranquilizadores; otros, en cambio, hacen pensar en la necesidad de vigilancia.

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