Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Agosto de 2011
Energía nuclear

La seguridad de nuestras centrales nucleares

El legado de Three Mile Island y las consecuencias de Fukushima.

© wikimedia commons/Garcellor/Creative Commons 3.0

En España contamos con centrales de dos tipos: de agua a presión y de agua en ebullición. Entre las primeras se encuentran las plantas de Almaraz, Ascó, Vandellós-II y Trillo; entre las segundas, Santa María de Garoña y Cofrentes. Almaraz y Ascó poseen dos reactores cada una; todas las demás cuentan con un solo reactor. Garoña fue la primera central que entró en operación, en 1971; el resto lo hizo entre 1983 y 1988. El diseño de las centrales españolas es de factura estadounidense y alemana: Garoña y Cofrentes corrieron a cargo de General Electric, Trillo fue diseñada por KWU-Siemens y el resto fueron proyectadas por Westinghouse. La industria de ambos países cuenta con una tradición sobresaliente en el ámbito de ingeniería, y los dos han destacado por su rigor y su capacidad para integrar seguridad e ingeniería de forma pionera durante las décadas anteriores a las que vieron el desarrollo de nuestras centrales.

El riesgo de una central nuclear se halla en los productos de fisión. Las radiaciones que emanan de ellos son ionizantes y, por tanto, nocivas a partir de ciertas dosis [Véase «Radiaciones ionizantes», por G. Cortés; Investigación y Ciencia, mayo de 2011]. En condiciones normales, estos productos se encuentran confinados en las propias barras de uranio y no causan problema alguno. La primera barrera de seguridad que evita que la radiactividad escape al exterior consiste en las vainas de circonio que recubren las barras de combustible nuclear. Aun después de una parada del reactor, el combustible continúa desprendiendo calor, razón por la que siempre debe someterse a un proceso de refrigeración. Si se enfría de la manera adecuada, la primera barrera de seguridad ya garantiza un nivel de seguridad muy elevado, motivo por el que una de las medidas esenciales en una central es, entre otras, mantener el enfriamiento del núcleo. Para ello se diseñan sistemas de inyección o de recirculación de agua. Si estos sistemas requieren elementos activos para su funcionamiento, como bombas eléctricas, el diseño prevé también una alimentación eléctrica estable. Existen asimismo sistemas de refrigeración «pasivos», los cuales no requieren electricidad ni intervención humana. Si bien las centrales actuales disponen de algún elemento pasivo, la mayoría de sus sistemas de seguridad son activos.

Artículos relacionados

Artículo incluido en

Prepararse para el cisne negro

    • Adam Piore

El accidente de Fukushima ha situado en un primer plano la nueva generación de reactores nucleares. ¿Son lo bastante seguros?

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.