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1 de Agosto de 2011
Energía nuclear

Prepararse para el cisne negro

El accidente de Fukushima ha situado en un primer plano la nueva generación de reactores nucleares. ¿Son lo bastante seguros?

Central de Cofrentes. Las centrales españolas generan en torno al 20 por ciento de la energía eléctrica que se consume en nuestro país. [Wikimedia Commons/Garcellor/Creative Commons 3.0]

En síntesis

Las compañías eléctricas han propuesto 22 nuevos reactores en EE.UU. La Comisión Reguladora Nuclear está sometiendo los nuevos diseños a examen para determinar si podrían afrontar amenazas extremas.

En caso de accidente, los dispositivos de seguridad de los nuevos modelos funcionarían incluso en ausencia total de electricidad y sin necesidad de intervención humana.

Incluso si las centrales más avanzadas lograsen soportar terremotos y tsunamis de gran magnitud o el impacto de un avión, las empresas aún deben hallar un compromiso entre costes y seguridad.

A medio mundo de distancia de la siniestrada central nuclear de Fukushima Daiichi, en las profundidades de los pinares de Georgia, centenares de trabajadores preparan el terreno para un nuevo despertar nuclear que ellos aún creen en camino. Las excavadoras retumban sobre un suelo que ya acoge kilómetros de tuberías y avenamientos soterrados. Si los planes siguen en marcha, en algún momento del año próximo dos nuevos reactores nucleares empezarán a alzarse allí. En su caso, serán los primeros aprobados en EE.UU. en más de 25 años.

Ello supondría el pistoletazo de salida para una expansión renovada de la energía nuclear, prácticamente paralizada en EE.UU. desde que, en 1979, un accidente en la central de Three Mile Island provocase la fusión parcial del núcleo de uno de sus reactores. Sin embargo, durante los últimos años la amenaza del cambio climático ha llevado a muchos a considerar la energía nuclear como una posible alternativa libre de emisiones de carbono. Los Gobiernos de George W. Bush y de Barack Obama se han replanteado la posibilidad de construir nuevas centrales y, a día de hoy, la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) estadounidense se encuentra revisando varias propuestas para levantar una veintena de reactores, los cuales habrían de sumarse a los 104 construidos decenios atrás.

Más de la mitad de ellos (incluidos los dos que se añadirán a la central de Vogtle, en Georgia) serán del tipo AP1000, los primeros de una nueva generación que incorpora dispositivos de seguridad «pasivos», concebidos para evitar desastres como el de Japón. En caso de accidente, su diseño se basa en aprovechar agentes naturales como la gravedad y las diferencias de presión para evitar el recalentamiento del combustible. Fukushima carecía de un sistema de tales características.

Hace unos meses se daba casi por seguro que los dos reactores AP1000 de Georgia obtendrían durante este año la autorización final de la NRC para su construcción. Pero después de que el descomunal seísmo de 9,0 grados y el tsunami posterior asolasen Japón en marzo y dejasen cuatro de los núcleos de la central de Fukushima desprovistos de refrigerante, la perspectiva de una catástrofe nuclear ha vuelto a ocupar un lugar destacado entre la opinión pública. En pocas semanas, el porcentaje de estadounidenses a favor de la construcción de los nuevos reactores descendió del 49 al 41 por ciento, una muestra de la desconfianza en la tecnología nuclear a pesar de las repetidas garantías sobre unos riesgos infinitesimales y una protección robusta. En este sentido, la catástrofe de Fukushima nos ha ofrecido una verdadera lección sobre los límites de la estimación de riesgos.

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    • Francesc Reventós

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