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1 de Septiembre de 2018
Salud pública

La lucha contra los mosquitos

A medida que se extienden las enfermedades transmitidas por los mosquitos, los científicos contraatacan con nuevos venenos, trampas y técnicas de ingeniería genética.

GETTY IMAGES

En síntesis

Los mosquitos son responsables de más de 725.000 muertes al año, lo que los convierte en las criaturas más mortíferas del planeta.

El cambio climático y la globalización aumentan la amenaza de los insectos, y los mosquitos desarrollan resistencia a los insecticidas habituales.

Los expertos en el control de vectores contraatacan con nuevas herramientas, que van de trampas muy sencillas a métodos de modificación genética.

Desde un lejano pasado luchamos contra los mosquitos, que con solo dos picaduras —la que absorbe un microorganismo patógeno y la que lo transmite— tantas epidemias han causado. La malaria cundió en África cuando los seres humanos se juntaron para las tareas agrícolas. En la década de 1870, la fiebre amarilla casi aniquiló Memphis, en Tennessee, donde la urbanización y el transporte fluvial habían concentrado a personas y mosquitos infectados. Hay arqueólogos que creen que las enfermedades transmitidas por ellos aceleraron la caída del Imperio romano.

Según la Fundación Bill y Melinda Gates, donde soy director de control de vectores, el número de fallecidos causado por los mosquitos es, hoy, de unas 725.000 al año (a manos de otras personas son 475.000 las que mueren anualmente). Los mosquitos lastran el crecimiento económico donde la población está expuesta a ellos durante gran parte del año, como en el África subsahariana y algunas zonas de Sudamérica y Asia. Han llevado a la muerte a más personas que todas las guerras de la historia juntas.

Parecía que derrotaríamos a los mosquitos. En 1939, Paul Hermann Müller descubrió que una sustancia sintética, incolora e insípida, el diclorodifeniltricloroetano, o DDT, era un excelente insecticida. Se utilizó en gran número de hogares, granjas y bases militares, e hizo el milagro de suprimir la malaria en algunas de las regiones más castigadas. Müller ganó el premio Nobel en 1948. Pero afectaba a la salud humana y tenía un alto coste ambiental. Se acumulaba en los peces, las plantas y el tejido adiposo de los mamíferos, y causaba así estragos en la cadena alimentaria. Cuando ciertas aves, como el águila americana, los quebrantahuesos y los halcones, ingerían pescado contaminado con DDT, afectaba a los huevos; su población mermó mucho. A comienzos de la década de 1970, el empleo del DDT se restringió en gran medida y los mosquitos —y la malaria— medraron de nuevo.

En los últimos decenios, el cambio climático y la globalización se han conjugado para agravar la amenaza de los mosquitos y han convertido las enfermedades transmitidas por estos en un problema cada vez más habitual en muchos lugares. El año pasado, alrededor de 2000 personas contrajeron el virus del Nilo Occidental en EE.UU. En los últimos cinco, el de la chikunguña (que provoca dolor intenso en las articulaciones) se extendió por 45 países y causó más de dos millones de infecciones conocidas, con múltiples y grandes brotes en EE.UU. Y aunque en 2018, hasta mediados del año, solo se habían producido 21casos de zika en ese país (en viajeros procedentes de zonas afectadas), sigue siendo un problema en muchas partes del mundo. En 2016 se comunicaron en EE.UU. más de 47.000 casos de enfermedad humana causados por mosquitos; una década antes no llegaban a 7000.

Las mejores estrategias para el control de los mosquitos son las que se centran en las especies que contagian enfermedades y en destruir un número suficiente de individuos para que se interrumpa la transmisión. Pero cada vez es más evidente que las armas de que disponemos están fallando: los mosquitos han desarrollado resistencia a muchos de los insecticidas con que se impregnan las mosquiteras de cama que protegen contra la malaria y, como ha demostrado el zika en los últimos años, es muy difícil exterminar ciertas especies de mosquitos que, como Aedes aegypti, viven en las casas y proliferan en depósitos muy pequeños de agua estancada.

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