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Actualidad científica

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  • Diciembre 2017Nº 32

Ingeniería electrónica

Aplicaciones microelectrónicas de los nanotubos

Podrían utilizarse nanotubos de carbono para fabricar chips de memoria de nuevo cuño.

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Charles M. Lieber, renombrado experto en nanotecnia, encomendó en 1998 a uno de los doctorandos que trabajaban en su laboratorio de la Universidad de Harvard el diseño de un tipo radicalmente nuevo de memoria informática; el dispositivo debería leer y escribir bits digitales mediante elementos menores de 10 nanómetros. La especialidad de Thomas Rueckes —así se llamaba el becario— no era la computación, sino los nanotubos de carbono, en particular sus propiedades eléctricas y mecánicas.

Los nanotubos, cilindros de poco más de un nanómetro (millonésima de milímetro) de diámetro, presentan una superficie de anillos hexagonales de carbono que recuerda un panal de abejas. Desde su descubrimiento en 1991, la comunidad científica viene encomiando sus excelentes propiedades físicas.

Lieber pretendía que Rueckes lidiara con un nuevo concepto nanotécnico, susceptible de acogerse a la financiación que ofrecía el programa de electrónica molecular de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Defensa (DARPA). Rueckes empezó por revisar la bibliografía. No encontró nada que pudiera servirle. Cierta tarde salió del laboratorio de química y se encaminó a la cafetería del Centro de Ciencias de Harvard, situada enfrente. Pasó por delante del Harvard Mark 1. (Este gigantesco computador de más de 15 metros de largo —predecesor de los ordenadores modernos— que hoy decora el vestíbulo del centro, había servido a la Armada de los EE.UU. para cálculos de artillería y balística hasta 1959.) En el trayecto de vuelta al laboratorio le vino la inspiración: el principio funcional de Mark 1 (conmutación entre dos posiciones de relés electromecánicos) podía aplicarse a la construcción de una memoria con nanotubos.

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