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1 de Mayo de 2010
Tecnología médica

Marcapasos para el cerebro

La aplicación de impulsos eléctricos con estimulación cerebral profunda podría aliviar el síndrome de Parkinson, dolores, depresiones y otros trastornos.

© istockphoto / Evgeny Kuklev (bombilla y cerebro); © fotolia / argus (rayos)

En síntesis

Las neuronas se comunican entre sí a través de impulsos eléctricos.

En la estimulación cerebral profunda, una batería implantada en el pecho de un individuo envía impulsos eléctricos estables a una área diana del cerebro. Esa corriente artificial interrumpe o corrige la actividad eléctrica disfuncional que está produciendo problemas de salud. Los médicos pueden ajustar la velocidad, intensidad y duración de los impulsos para conseguir el resultado deseado.

Confirmada como un medio de aplacar los temblores que atormentan a los afectados por la enfermedad de Parkinson, la estimulación cerebral profunda ofrece buenas perspectivas para otras muchas patologías, como los dolores crónicos y la depresión.

Unas breves imágenes de vídeo presentan en sólo dos minutos una escena tan verídica como pueda imaginarse. Un caballero de mediana edad, afable y de buena presencia habla, ante la cámara, de un tratamiento médico que le han aplicado. En su mano sostiene lo que parece ser un mando a distancia. Con voz suave anuncia: "Ahora me voy a desconectar", y a continuación aprieta un botón del mando. Suena un tono de aviso, su brazo derecho empieza a agitarse y después oscila violentamente como si lo moviera un huracán biológico o lo sacudiera un espíritu maligno. Con gran esfuerzo, el individuo agarra con la mano izquierda el brazo enloquecido y, poco a poco, logra sujetarlo al cuerpo. Respira afanosamente; está claro que no podría soportar más tiempo la situación. Finalmente, con un gesto casi desesperado, recupera el aparato de control y consigue pulsar otra vez el botón. Tras otra señal acústica, el fenómeno cesa y el caballero recupera la compostura.

Todo esto ha pasado al accionar un interruptor. La transición de un estado a otro roza lo milagroso; más bien creeríamos asistir a una intervención en hospital de campaña que a un tratamiento neurológico en una clínica occidental. Una vez contemplada, la imagen de la enfermedad de Parkinson ya no se olvida: la palabra "temblor" no hace justicia a lo que puede sucederles a los enfermos, quienes son sacudidos y atormentados por su propio organismo. La escena, que protagoniza un paciente nuestro, no sólo presenta el parkinson, sino que permite apreciar la acción de un poderoso instrumento clínico: la estimulación cerebral profunda (ECP).

Esta radical y repentina transformación es la seña de identidad de la ECP. El tratamiento, en esencia un marcapasos destinado al cerebro, se basa en un dispositivo de dos piezas, de increíble sencillez. El cirujano desliza uno o dos hilos muy finos hasta posiciones cuidadosamente elegidas en la profundidad del cerebro; a continuación, inserta una pequeña batería hipodérmica, cerca de la clavícula. Desde esa batería se envían impulsos eléctricos a los cuatro electrodos situados en la extremidad de cada hilo. El efecto es instantáneo y suele aparecer con el paciente todavía en la mesa del quirófano: los temblores cesan, se recupera la locomoción y, en casos de depresión resistentes a otras terapias, se recobra una renovada energía vital.

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