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1 de Noviembre de 2015
Reseña

Ciencia y filosofía, ¿un diálogo de sordos?

El tiempo de Einstein y el Tiempo de Bergson.

THE PHYSICIST AND THE PHILOSOPHER. EINSTEIN, BERGSON, AND THE DEBATE THAT CHANGED OUR UNDERSTANDING OF TIME.
Jimena Canales. Princeton University Press, Princeton, 2015.

En el centenario de la publicación de la teoría de la relatividad general, el físico Albert Einstein vuelve a las portadas. Documentales, exposiciones y libros le atribuyen haber ligado inseparablemente el tiempo y el espacio, superando la concepción newtoniana de la gravitación. Una revolución que convirtió a Einstein en un icono pop del genio científico y que está en la base de la astrofísica y cosmología modernas. La cosa parecería merecer el máximo reconocimiento a la labor científica, el premio Nobel. Sin embargo, no fue así.

En 1921 Einstein obtuvo el Nobel por su artículo de 1905 sobre el efecto fotoeléctrico, pero no por las teorías de la relatividad especial y general. El presidente del jurado sueco atribuyó explícitamente tal decisión a las dudas vertidas por el filósofo francés Henri Bergson sobre la cientificidad de las conclusiones que Einstein extraía acerca del tiempo. Para Bergson, la decisión del jurado suponía la aceptación pública por los popes de la física de que la filosofía tenía un terreno propio que la física no podía ocupar. Todo un éxito, teniendo en cuenta que la institución no considera premiable a la filosofía (en 1928 el propio Bergson obtuvo el Nobel... de literatura).

Como explica Jimena Canales en su libro sobre el debate Einstein-Bergson, la victoria de Bergson fue pírrica y contribuyó a su propio descrédito y progresivo olvido en proporción inversa a la que crecían la fama y el prestigio de Einstein. Paralelamente, el prestigio de la ciencia ha eclipsado en estos últimos cien años al de la filosofía académica iniciada por Platón. Pero ¿cuáles eran las objeciones de Bergson y qué significado pueden tener en nuestros días?

The physicist and the philosopher reconstruye al detalle el contexto del debate que el físico y el filósofo mantuvieron en París el 6 de abril de 1922. Einstein, y tras él muchos comentaristas, reconstruyó la posición de Bergson como producto de su supuesta falta de conocimientos físicos y matemáticos. Pero, como demuestra Canales, Bergson estudió y entendió las ecuaciones de Einstein, sobre todo las de la relatividad especial, y las aceptó, aunque solo para determinadas condiciones. Lo que el francés objetaba era la extrapolación de las ecuaciones relativistas a terrenos ajenos a la física, en especial a la idea de simultaneidad. En Duración y simultaneidad, publicado al poco del debate de París, Bergson recurrió a las mayúsculas para explicar que lo que no admitía era el secuestro de la idea filosófica de Tiempo por el concepto físico de tiempo.

Para Einstein, la simultaneidad se establecía objetivamente por la coordinación entre dos relojes. Cualquier otra aproximación era subjetiva y psicológica y, por tanto, ilusoria, como según él lo era la propia flecha del tiempo. Para Bergson, en cambio, existían determinaciones biológicas, psicológicas e históricas que el concepto físico no podía contener ni reducir. Si el sujeto observador del tren y el sujeto observador del andén eran de carne y hueso, no responderían a las ecuaciones relativistas. Una filosofía del tiempo debía tener en cuenta no solo el concepto físico, sino los resultados de otras disciplinas. Para Einstein, el único concepto objetivable era el físico y la tarea del filósofo era amoldar otras concepciones del tiempo a los nuevos resultados relativistas. Desde entonces, el debate sobre las relaciones entre la ciencia y la filosofía se repite periódicamente. La filosofía parece destinada o bien a glosar y divulgar nuevos resultados científicos o a perderse en especulaciones metafísicas de espaldas a la ciencia. ¿Hay salida a este diálogo de sordos? [Véase «Física y filosofía», por Francisco José Soler Gil; Investigación y Ciencia, julio de 2013.]

Canales propone dar un paso atrás y estudiar la historia de esta oposición y los contextos en los que surgió. En su relato, la oposición misma se disuelve, no sirve para dar cuenta de la masa de fenómenos en liza y parte de presupuestos falsos. Para empezar, no hay una Ciencia con mayúsculas cuyos resultados estén unificados. Tampoco «la filosofía» existe como tal, sino que hay múltiples sistemas de ideas incompatibles entre sí. Los conceptos científicos y las ideas filosóficas forman una trama inseparable. The physicist and the philosopher es una historia no maniquea de la dicotomía de las dos culturas, del «¿eres de ciencias o de letras?». La profesora de la Universidad de Illinois, licenciada en física en México y doctora en historia por Harvard, es la persona indicada para la tarea. Su primer libro (A tenth of a second, 2009) también analizaba las transformaciones de la idea de tiempo en diversas disciplinas científicas y técnicas a finales del siglo XIX y principios del XX. Y ha dedicado numerosos artículos a las conexiones entre innovaciones tecnológicas e ideológicas, algunos disponibles en español.

En esta ocasión, a lo largo de más de 400 páginas escritas con contundente claridad y elegancia, Canales nos introduce por los entresijos del debate, sus precedentes y sus consecuencias. La primera parte traza las líneas del campo de batalla e introduce al lector en la complejidad de las posiciones; y no solo respecto al problema del tiempo, puesto que los dos personajes provenían de tradiciones educativas, científicas y políticas muy distintas. La segunda parte del libro, la más larga, profundiza en los contextos científicos, sociológicos, ideológicos e incluso religiosos del debate y en su inmensa repercusión. Nos recuerda Canales que físicos de la talla de Poincaré, Lorentz o Michelson estaban más cerca de Bergson, mientras que filósofos como Russell se inclinaban por la posición de Einstein. En La filosofía de Bertrand Russell, Javier Pérez Jara ha situado admirablemente la posición de Russell sobre este tema en el conjunto de su sistema. La tercera parte del libro de Canales es, sin duda, la más original. Indaga en los cambios tecnológicos que, de un modo u otro, intervinieron en el debate: relojes, telégrafos, radio, cinematógrafos y otros muchos nuevos aparatos que obligaban a revisar conceptos e ideas tradicionales y ante los que Einstein y Bergson reaccionaron de manera a veces sorprendentemente similar.

A pesar de los años transcurridos y los importantes desarrollos ocurridos desde entonces, somos herederos del debate entre Einstein y Bergson. Tanto en lo concerniente al concepto científico-categorial de tiempo y la idea filosófica de Tiempo, como en lo relativo a la formulación de la pregunta sobre el diálogo entre ciencia y filosofía. Una pregunta que, como repite la autora, suele estar mal planteada.

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