Una nueva Luna

Las primeras muestras lunares que llegan a la Tierra en 45 años tienen una historia que contar.

Mons Rümker, océano de las Tormentas. [Jean-Yves Letellier, NASA]

Este verano, los científicos chinos empezarán a analizar las muestras lunares de la misión Chang‘e 5, las primeras que llegan a nuestro planeta desde 1976. Estos especímenes podrían obligar a redefinir la cronología del satélite y también la de otros cuerpos de nuestro sistema planetario, por lo que también la comunidad científica internacional está deseando echarles un vistazo.

La misión Chang‘e 5, cuya cápsula de retorno de muestras llegó a la Tierra el pasado diciembre, recogió en torno a 1,7 kilos de suelo y rocas del océano de las Tormentas, en la parte noroccidental de la cara visible. Y aunque las imágenes orbitales sugieren que la corteza de esa región se formó hace unos 1500 millones de años, esa relativa juventud no casa bien con los modelos informáticos. Estos indican que, para entonces, un cuerpo pequeño como la Luna ya tendría que haber perdido el calor interno remanente de su formación, el cual es necesario para impulsar la actividad volcánica que renueva la superficie.

A falta de muestras procedentes de esa región, hasta ahora los científicos habían calculado su edad contando los cráteres de impacto, una técnica aplicable a cualquier cuerpo planetario sólido y que se basa en el hecho de que, cuanto más antigua sea una superficie, más cráteres presentará. Entre 1969 y 1976, las misiones estadounidenses y soviéticas tomaron muestras de la zona ecuatorial, nororiental y septentrional. Estas revelaron que aquellas superficies contaban entre 3000 y 4000 millones de años edad, lo que supuso «una verificación de campo para los modelos de recuento de cráteres», señala Julie Stopar, geomorfóloga del Instituto Lunar y Planetario de Houston. Sin embargo, esas rocas corresponden solo a las regiones más antiguas. «Hasta ahora carecíamos de muestras de cualquier cosa que haya ocurrido hace entre 3000 y 1000 millones de años», continúa la experta.

Si los nuevos especímenes resultasen ser más jóvenes de lo que sugieren los modelos de recuento de cráteres, «eso significará que debemos corregir toda la cronología de la Luna. Se trata de algo bastante fundamental», afirma Jim Head, planetólogo de la Universidad Brown. Otras mediciones, como las relativas a la radiactividad, podrían ayudar a explicar una actividad más prolongada de los volcanes lunares. Conocer esa historia será clave para datar no solo la evolución de la Luna, sino también la de Mercurio, Marte, la Tierra y otros cuerpos.

Entre julio y agosto finalizará el plazo de seis meses del que disponían los científicos chinos para solicitar las muestras. Después, el país asiático tiene previsto abrir las peticiones a equipos científicos internacionales, explica Head. Las entidades financiadas por la NASA tienen prohibido trabajar directamente con China debido a la enmienda Wolf, un veto que el Congreso estadounidense estableció hace un decenio. Sin embargo, es posible hacer excepciones, y otras agencias no estarán sujetas a la prohibición. A Head, por su parte, le gustaría ver un intercambio de muestras de las misiones Apolo y Chang‘e5. «Tengo la esperanza de que en un futuro no muy lejano podamos realizar canjes de ese tipo», concluye el investigador.

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