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1 de Mayo de 2016
Comunicación de la ciencia

La inocencia de pulsar un botón

Una mirada histórica y crítica a los orígenes de la interactividad en los museos de ciencia.

¿Es neutral la invitación a pulsar un botón? Más allá de la retórica de la democratización de la ciencia, la historia nos revela otros factores, como intereses comerciales y políticos, que favorecieron el nacimiento de los museos interactivos y su posterior proliferación. [© ARTISTICCO/iStockphoto]

El 11 de febrero de 1936, Albert Einstein participó en la reinauguración del Museo de Ciencia e Industria de Nueva York en el Centro Rockefeller. Algunos días más tarde, el New York Times ilustró su crónica del evento con una fotografía del famoso físico alemán manipulando uno de los muchos dispositivos accionables por los visitantes, que convertían el museo neoyorquino en un hervidero de niños y adultos revoloteando de botón en botón. Pulsar uno de ellos en un museo de ciencia parece un gesto banal. Y más, si cabe, en estos tiempos en que nuestra relación con el mundo está cada vez más mediada por un sinfín de botones que configuran la textura de lo real, desde los electrodomésticos a los móviles de última generación. Sin embargo, observado bajo el prisma de la historia, el gesto de Einstein, y de millones de visitantes de museos y centros de ciencia desde entonces, gana en complejidad y pierde en inocencia. La celebración del Día Internacional de los Museos el 18 de mayo es una buena ocasión para dirigir la mirada al pasado con el objetivo de descifrar mejor el presente.

Los primeros museos: «Prohibido tocar»
En su influyente análisis sobre el nacimiento del museo como forma cultural, el historiador Tony Bennett parte de dos constataciones simples pero en absoluto triviales. La primera es que no siempre ha habido museos. Como cualquier otra institución social, los museos nacen en un determinado contexto histórico y responden a una configuración particular de intereses políticos y representaciones simbólicas. La segunda es que visitar un museo es algo que hacemos básicamente con el cuerpo y los sentidos: paseamos por las salas, nos detenemos a leer un panel, observamos un objeto, pulsamos un botón. Conectando estas dos intuiciones, Bennett analiza los museos burgueses decimonónicos como instrumentos de control social orientados a disciplinar los cuerpos y las costumbres de la población a través de un entrenamiento en lo que denomina la «mirada cívica».

Según Bennett, la intención de los promotores de los primeros museos era elevar moralmente a las clases trabajadoras mediante el contacto con los cuerpos, los modales y los mundos simbólicos de la burguesía. En el museo, uno tenía que aprender a comportarse. De ahí el «prohibido tocar» y el silencio reverencial. En ese entorno, que tenía que ser la antítesis de la taberna, la vista adquiría un papel central. A diferencia de los gabinetes de curiosidades renacentistas, donde la conversación sobre los especímenes definía un espacio pensado para el examen de la colección por parte de la élite que tenía acceso a ellos, los museos burgueses de ciencia, concebidos como espacios de instrucción para el pueblo, se esforzaban por «hablar a los ojos». La propia disposición de los especímenes era ahora la que tenía que hacer legible, a simple vista, el orden de la naturaleza y el lugar que el visitante ocupaba en él. En muchos museos de historia natural de la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo, los visitantes reseguían literalmente los pasos de la evolución, mientras se desplegaba ante sus ojos, sala tras sala, una narrativa lineal y ascendente que culminaba en el «Hombre blanco varón», con la que se justificaba implícita y científicamente la dominación colonial y patriarcal sobre otras «razas» y el otro sexo, considerados inferiores.

Si admitimos, con Bennett, que la corporalidad de la visita es políticamente significativa, ¿qué implica el paso de los museos de ciencia decimonónicos, con sus vitrinas ordenadas y su «prohibido tocar», a los centros de ciencia contemporáneos, en los que se nos exhorta a descubrir por nosotros mismos los grandes principios científicos a través del juego táctil y la diversión?

Los museos interactivos: «Prohibido no tocar»
El relato habitual sobre el nacimiento de los centros de ciencia interactivos responde a esa pregunta en términos de democratización y de empoderamiento de los visitantes. Se invoca el mito fundacional del Exploratorium de San Francisco, creado en 1969 y considerado muchas veces el pionero de una nueva aproximación participativa y táctil [véase «Museos de ciencia, hoy», por Ernesto Páramo, en este mismo número]. En el Exploratorium, ubicado en un gran hangar sin compartimentar, no había rutas prediseñadas que marcasen los trayectos de los visitantes, que eran libres de interactuar con los objetos y dispositivos exhibidos, así como con los guías del museo, que eran jóvenes estudiantes imbuidos de la atmósfera hippie californiana de los años sesenta. Un espacio que daba la oportunidad a los visitantes de descubrir por ellos mismos los grandes principios de la física solo podía resultar en un acercamiento democrático de la ciencia a la ciudadanía.

Sin embargo, ese relato es altamente cuestionable. Para empezar, si ubicamos el Exploratorium en su particular contexto histórico de Guerra Fría, en el que la posibilidad de un holocausto nuclear era ampliamente temida y las bombas de napalm arrasaban Vietnam, nos lo pensaremos dos veces antes de afirmar que el estilo más bien aséptico del Exploratorium sea la mejor manera de avanzar hacia un empoderamiento democrático. Basta con echar un vistazo superficial a la biografía de su impulsor, Frank Oppenheimer, para que afloren de inmediato los vínculos entre ciencia y sociedad: el hecho de que un físico represaliado por el macartismo por ser comunista, cuyo hermano fue una de las principales mentes científicas detrás del desarrollo de la mortífera bomba atómica, presente la ciencia como algo esencialmente lúdico y ajeno a la sociedad tiene causas y consecuencias políticas.

Por otra parte, historiadores como Roland Marchand, Karen Rader o Victoria Cain han documentado exhaustivamente cómo la adopción masiva de la participación lúdica y el contacto táctil con los objetos exhibidos se remonta por lo menos al período de entreguerras.

La Gran Depresión también dejó sentir sus efectos en el estilo expositivo de los museos de ciencia en los Estados Unidos. Ante un clima social que señalaba a la automatización y las empresas que la fomentaban como culpables del desempleo que desgarró la vida de millones de estadounidenses, grandes corporaciones tecnocientíficas como DuPont, Westinghouse o ATT reaccionaron adoptando una agresiva campaña de relaciones públicas. A través de un estilo expositivo al que hoy llamaríamos interactivo, estas empresas usaron las grandes exposiciones universales de Chicago (1934) y Nueva York (1939), así como los entonces recién creados museos de ciencia e industria en esas dos ciudades, para presentar sus laboratorios industriales como garantes de la creación de empleo y del progreso en mayúsculas.

El ejército de psicólogos, diseñadores y publicistas que fue reclutado para la ocasión llegó a la conclusión de que la mejor fórmula para atraer la atención de los visitantes era poner en movimiento los objetos exhibidos, y de que el modo más eficaz de crear empatía y receptividad en el público era implicarle en el espectáculo a través de su participación. Los dispositivos accionables mediante botones fueron masivamente adoptados porque respondían a la perfección a esta doble demanda. Así pues, la centralidad del gesto de pulsar un botón en los museos de ciencia estadounidenses no tiene raíces en ninguna apuesta por democratizar la experiencia de la visita, sino en la adopción de la lógica publicitaria como paradigma pedagógico y en el interés político de las grandes corporaciones por difundir su particular visión sobre la ciencia, la tecnología y las relaciones sociales.

Parafraseando al historiador de la tecnología Melvin Kranzberg, podríamos decir que pulsar un botón no es ni bueno ni malo, ni tampoco es neutral. Como nos enseñan los antropólogos, en cada gesto, en cada objeto, por más banal que parezca, podemos leer las cambiantes relaciones de poder que se dan en el seno de las colectividades humanas. Sin duda, las investigaciones futuras arrojarán más luz a la historia de la interactividad en los museos de ciencia, pero los primeros estudios ya ofrecen algunas pistas para reflexionar de forma crítica sobre la reciente proliferación de centros de ciencia interactivos, así como para cuestionar la inocencia de pulsar un botón.

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