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1 de Mayo de 2016
Comunicación de la ciencia

Museos de ciencia, hoy

Son instrumentos valiosos para que la ciencia gane respaldo en nuestro país.

PARQUE DE LAS CIENCIAS, GRANADA

Para muchos, los museos de ciencia son criaturas interesantes pero prescindibles, un pequeño lujo que se pueden permitir las sociedades ricas. Muy al contrario, me propongo argumentar aquí que en países como el nuestro estos centros pueden ser de gran utilidad e impulsar el sistema de I+D+i. Pero sé bien que con la comunicación social de la ciencia ocurre como con la ciencia básica: no resulta nada fácil comprender su importancia.

Hoy en día, parece una quimera lograr que en España se respalde la ciencia con la intensidad y la constancia necesarias. Si se tiene en cuenta la enorme competitividad en la asignación de los recursos públicos, es un error pensar que el apoyo llegará de forma espontánea o por reclamarla a los Gobiernos. En el fondo, en las democracias contemporáneas es la sociedad la que debe respaldar las grandes inversiones. Por ello, es una prioridad incrementar el apoyo social a la ciencia y hacer más visible su vínculo con el progreso. Defiendo que necesitamos una estrategia fuerte y sostenida, y que los museos científicos deben formar parte de ella.

En una mirada histórica hacia estos centros, debemos destacar el Exploratorium de San Francisco, fundado en 1969 por Frank Oppenheimer y considerado el big bang de los museos interactivos [véase «La inocencia de pulsar un botón», por Jaume Sastre, en este mismo número]. Gracias a su energía creativa y al éxito de público, su onda expansiva acabaría llegando a todos los rincones del planeta. Hoy hay unos 3000 en todo el mundo. No fue un fenómeno aislado, sino la cristalización de un amplio movimiento en favor de la renovación educativa en el campo de las ciencias. Se buscaban nuevos métodos para atraer a los escolares o al público general con la participación directa en experimentos diseñados al efecto.

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