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1 de Julio de 2019
Ciencias planetarias

La herencia del Apolo

Las piedras lunares que trajeron los astronautas de las misiones Apolo han transformado nuestra comprensión de la Luna y del sistema solar.

Muestras de las misiones Apolo 15, 16 y 17. El estudio de estas rocas ha ayudado a asentar el campo moderno de las ciencias planetarias y ha aportado información clave sobre los procesos geológicos que ocurren en otros cuerpos del sistema solar. [CHRIS GUNN]

En síntesis

Las muestras lunares recogidas por los astronautas de las misiones Apolo marcaron un antes y un después en el desarrollo de las ciencias planetarias.

Los análisis de laboratorio de dichas rocas han permitido esclarecer numerosos aspectos relativos al origen de la Luna y a la evolución del sistema solar.

Aún quedan muestras lunares pendientes de estudiar. De cara al futuro, una nueva colección de rocas extraídas de lugares inexplorados podría aportar mucho más.

Las misiones Apolo pasaron a la historia por haber dejado huellas humanas en la Luna. Sin embargo, su mayor contribución a la ciencia estriba en la colección de rocas lunares que los astronautas trajeron consigo. Llamar «tesoro» a estos 382 kilogramos de piedras y regolitos (la gruesa capa de polvo y rocas trituradas que cubre la superficie de la Luna y de otros cuerpos celestes) no les hace justicia. Su estudio ha ayudado a asentar el campo moderno de las ciencias planetarias y ha aportado información clave sobre los procesos geológicos que ocurren en otros cuerpos del sistema solar.

Nací demasiado tarde para presenciar en directo el alunizaje del Apolo 11, pero mi vida y mi carrera científica han sido moldeadas directamente por las rocas recolectadas por las seis misiones tripuladas que llegaron a la Luna. Una de mis inquietudes investigadoras atañe a los depósitos volcánicos de la superficie lunar. Los datos que he usado para mi trabajo proceden en parte de las muestras extraídas por los astronautas de las misiones Apolo 15 y 17, y otros han sido obtenidos por naves en órbita que fue posible construir gracias al conocimiento científico y técnico adquirido durante las misiones Apolo.

Según señala Ryan Zeigler, conservador de las muestras del programa Apolo, en los últimos cincuenta años la NASA ha recibido 3190 solicitudes de fragmentos lunares por parte de más de 500 investigadores principales de más de 15 países. A lo largo de las décadas, la agencia ha distribuido más de 50.000muestras únicas, y en la actualidad un total de 8000 están siendo examinadas por 145 científicos pertenecientes a ámbitos tan dispares como la astronomía, la biología, la química, la ingeniería, la ciencia de materiales, la medicina y la geología. Pero, por encima de todo, las rocas lunares han revolucionado nuestra comprensión de tres cuestiones fundamentales: la naturaleza de la superficie lunar, el origen de la Luna y la evolución del sistema solar.

Superficie ancestral
Antes de que enviáramos naves y seres humanos a la Luna, nuestro conocimiento del satélite natural de la Tierra era en gran medida especulativo, limitado a las observaciones efectuadas desde nuestro planeta. Aquellos estudios habían concluido que la superficie lunar tenía que ser sumamente vieja, ya que se halla saturada de cráteres de impacto que debieron de acumularse durante miles de millones de años. Cuando por fin llegaron las rocas lunares de las misiones Apolo, pudimos confirmar esa sospecha. Los geoquímicos las analizaron en busca de isótopos radiactivos que se desintegran en escalas de tiempo bien conocidas y hallaron que eran mucho más antiguas que la mayoría de las rocas terrestres: sus edades oscilaban entre los 3000 y los 4500 millones de años.

Los científicos planetarios establecieron entonces una conexión que afectaría a casi todos los estudios posteriores sobre la Luna y otros cuerpos planetarios. Compararon las edades de las muestras con el número de cráteres de impacto presentes en la región en que se recogieron. A partir de esa información, desarrollaron un modelo para predecir la rapidez con que se forman cráteres de impacto en la superficie lunar. De este modo, los puntos de origen de las muestras sirven como una especie de piedra de Rosetta, lo que permite a los científicos estimar la edad de cualquier localización de la Luna —e incluso de otros cuerpos planetarios— sin necesidad de visitarlos.

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