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Aunque coreografiada con minuciosidad, la misión se topó con varios obstáculos durante el descenso final del Eagle. Este mapa, reconstruido a partir de imágenes de la sonda de la NASA Lunar Reconnaisance Orbiter, muestra la altitud del módulo lunar en los momentos finales del descenso. En ellos Armstrong sobrevoló el punto de alunizaje indicado por el ordenador y buscó un nuevo objetivo sobre la marcha.

Las complicaciones comenzaron a una altitud de unos 10.000 metros, cuando se activó la alarma etiquetada como 1202 en el panel del Eagle. «¿Qué es eso?», preguntó Armstrong a Aldrin mientras la luz parpadeaba y la sirena sonaba a intervalos irregulares. La alarma no había aparecido en ninguna de las simulaciones de vuelo, por lo que los astronautas no la reconocieron. Al final, los controladores en Houston les comunicaron que podían ignorarla, pero intentar determinar su causa les hizo malgastar un tiempo precioso.

Dado que el combustible se agotaba, cada vez resultaba más difícil maniobrar el Eagle. Cuando el nivel de propelente cayó por debajo del 50 por ciento, el líquido comenzó a agitarse con violencia, sacudiendo el vehículo en todas direcciones. Ello provocó que la alarma de nivel de combustible se disparara con una antelación de más de 20 segundos, por lo que los astronautas creyeron disponer de menos tiempo del que en realidad tenían para posarse sin percances.

Finalmente, cuando el Eagle se encontraba a una altitud de unos 600 metros, Armstrong miró por la ventanilla para examinar el lugar indicado de alunizaje. (Tenía que haberlo inspeccionado antes, pero, como explicó más tarde en un informe: «Nuestra atención estaba puesta en desactivar las alarmas, mantener el aparato en vuelo y cerciorarnos de que el control era el adecuado para continuar sin tener que abortar la misión. Casi toda nuestra atención se centraba en lo que sucedía en el interior de la cabina».) No le gustó lo que vio. Como describiría después, la zona era «un gran cráter rodeado por un campo de rocas que cubrían un alto porcentaje de la superficie».

Sin combustible ni tiempo, a una altitud de 122 metros Armstrong tomó el control total de la nave, pilotada hasta entonces por el ordenador de a bordo. Justo en el último momento, guio el Eagle hasta salvar el campo de rocas y alunizó en un terreno relativamente llano.

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