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  • Enero 2019Nº 508
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Estética y selección sexual

La belleza, motor de la evolución.

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EL GUSTO POR LA BELLEZA
BIOLOGÍA DE LA ATRACCIÓN
Michael J. Ryan
Antoni Bosch, 2018

La belleza nos envuelve y nos hace diversos. Lejos de ser una cualidad exclusiva de humanos avanzados, la ciencia ha demostrado que se encuentra también en el cromatismo desplegado por algunos organismos, en los olores que despiden otros o en los cantos de solicitud y reclamo de unos terceros. Ahí la perciben determinadas regiones del cerebro, entendiendo que no es que el cerebro haya evolucionado para aprehenderla, sino que es dicho órgano el que establece lo que es bello. En las limitaciones y restricciones cerebrales se origina la inmensa diversidad de estéticas sexuales que se producen en el reino animal. En otras palabras, para entender la belleza necesitamos entender el cerebro.

En el mundo vivo, la belleza cumple una función evolutiva, asociada por consiguiente a la reproducción. En la interacción sexual, el principal portador de la iniciativa en el mundo animal es el macho, que desarrolla una serie de caracteres que las hembras encuentran placenteros, como la cola del pavo real, el croar de las ranas o la pauta de las escamas de la perca argéntea (Hyperprosopon argenteum). Pero es el cerebro de la hembra el que, a modo del teatrillo de marionetas, impulsa la evolución de la belleza en el macho. Michael J. Ryan, profesor de zoología en la Universidad de Texas y adscrito al Instituto Smithsoniano de Investigación Tropical de Panamá, ha renovado el campo de la selección sexual, la elección de pareja y la comunicación animal con sus trabajos teóricos fundados en la observación de ranas túngara (Engystomops pustulosus) en su hábitat de la pluviselva panameña.

Para explicar por qué el mundo animal abunda en despliegues de belleza, Darwin ideó la teoría de la selección sexual. Sostenía que a los animales les atrae lo hermoso, atracción que se convertía en incitación a la evolución de sus compañeros de pareja para que adquirieran caracteres que los hicieran compañeros sexualmente deseables y genéticamente eficaces. La selección sexual darwinista presentaba, pues, una visión estética. Darwin repetía que las preferencias de apareamiento reflejaban una facultad estética, que mostraban un gusto por lo bello. No se trataba de una metáfora; muy al contrario, lo convirtió en el núcleo central del mecanismo de la evolución: el establecimiento de determinados caracteres sexuales secundarios por elección de la pareja era un mecanismo estético. Más recientemente, se ha matizado que la selección sexual debía incluir la calidad de la pareja escogida.

La evolución estética requiere una evaluación sensorial de la información que llega al receptor. «Evaluación» significa no solo una distinción meramente cognitiva de la señal con respecto al ruido de fondo, sino también la comparación cognitiva de la señal con un molde innato, con otros ejemplos de la misma señal percibida simultáneamente de otros señalizadores, o con recuerdos de señales previamente observadas. Esa evaluación da como resultado la expresión de una preferencia o de una elección, e incluye la oportunidad de que el carácter sea preferido sin comunicación ulterior de información. Afirmar que la elección de la pareja entraña la adquisición eficiente de información supone que las preferencias por la pareja caen bajo la selección natural para codificar información de beneficios directos o de genes óptimos.

La visión estética darwinista de la selección sexual era también explícitamente coevolutiva: alcanza su mayor complejidad a través de la coevolución de una señal y su evaluación sensorial y cognitiva. En breve, la evolución estética requiere un componente del fenotipo, que funciona como una señal a través de la percepción por otro individuo, y demanda una evaluación sensorial-cognitiva de tales percepciones por el receptor. Ello nos conduce al ejercicio de la preferencia o la elección, y exige la coevolución de la señal y del proceso de evaluación.

Darwin exponía que la selección sexual se daba entre variaciones en la oportunidad para contraer pareja. Semejante mecanismo de selección sexual podía dar origen a caracteres arbitrarios. Para Alfred Russel Wallace, el concepto de selección sexual daba por supuesta la hipótesis adaptativa de que la selección natural de las preferencias de pareja constituye la fuerza determinante de la selección intersexual. Wallace sostenía que muchos caracteres conspicuos de los fenotipos masculinos eran meros productos colaterales de una función poderosa del organismo. En esa línea, las exhibiciones de cortejo resultaban expresiones externas incidentales de un vigor y exuberancia internos de masculinidad. Una argumentación ingeniosa, aunque muy cuestionable. Muchos biólogos evolutivos contemporáneos siguen la huella de Wallace, quien nunca negó la posibilidad de evolución por elección de pareja, y creen que la selección natural es la única fuente de forma y diseño en el mundo vivo.

El sentido de belleza, considerado una de las fuerzas selectivas más poderosas y controvertidas de la naturaleza, se encuentra en la mente y en el ojo del observador. En efecto, las llamadas, los chasquidos y el croar están diseñados para informar y seducir a la pareja. Pero pueden atraer también a depredadores hambrientos. La supervivencia es secundaria al sexo, una adaptación para mantener vivos a los animales. En un comienzo, Darwin lanzó la hipótesis de que los colores brillantes y la refinada ornamentación de los machos se adquirieron en el curso de la evolución en respuesta a las preferencias de las hembras por un macho estético. En virtud de ese razonamiento, los caracteres sexuales secundarios potencialmente costosos del macho no habrían evolucionado en respuesta a una selección en pro de la demostración de vigor, sino en respuesta a preferencias ocultas, no funcionales, de las hembras.

Pensemos en el color. ¿Por qué nos conmueven tanto una puesta de sol o el arcoíris en el firmamento? El proceso de visión comienza en los ojos, en los fotorreceptores de la retina. Hay dos tipos de fotorreceptores: bastoncillos y conos. Los bastoncillos nos permiten ver en niveles de baja luz, mientras que los conos nos dan acceso al color y a la belleza que viene con él. Compartimos la visión del color con los monos y los grandes primates. Otro atributo importante de nuestra escena visual es la pauta o patrón, de importancia en determinadas facetas del arte, como el expresionismo abstracto. Esos y otros aspectos condicionan la estética del animal y mueven la evolución de la belleza sexual, que en ocasiones supera al arte.

Por lo que concierne al patrón, los sistemas visuales de otros animales son particularmente sensibles y reaccionan según determinadas pautas. Por ejemplo, los trabajos de David Hubel y Torsten Wiesel sobre el sistema visual de gatos demostraron que las neuronas individuales respondían a los contornos de una orientación específica. Gracias a su sistema de reconocimiento de pautas, los gatos se mostraban sumamente sensibles a los bordes, lo que les preservaba de caer al vacío.

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