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1 de Diciembre de 2015
Política científica

Gran ciencia, grandes retos

MARIO WAGNER

¿Qué sucede cuando en una vasija se vierten a la vez el intelecto humano y los problemas de una civilización global y, a continuación, se agita? La alianza poderosa, y a veces peliaguda, entre la ciencia y la sociedad a la que sirve es el tema del informe especial de este año sobre el «Estado de la ciencia global».

Para empezar, abordamos el fenómeno de la gran ciencia (big science), que nace cuando la sociedad juzga que un área de investigación tiene la importancia suficiente para arrojarle dinero y recursos en cantidad. Pero conjuntar los objetivos y métodos de los investigadores y de los políticos puede resultar difícil. En «Las dificultades del Proyecto Cerebro Humano», que empieza en la página siguiente, el periodista Stephan Theil se centra en los obstáculos de un megaproyecto que la Comisión Europea estableció en 2013 para que el campo de la neurociencia avanzase y para potenciar la ciencia en Europa. Theil muestra lo que puede salir mal cuando una burocracia que pone el dinero y decide desde arriba intenta marcarle el paso al impredecible progreso de los descubrimientos científicos.

Cada vez se recurre más a la ciencia para que elabore programas sociales que evalúen con algún rigor las pruebas objetivas. Hace años, Dean Karlan planteó una ingenua pregunta sobre las iniciativas basadas en los microcréditos, una herramienta prometedora para sacar a la gente de la pobreza: ¿cómo sabemos que de verdad funcionan? Le reconcomía no conseguir una respuesta satisfactoria. Desde entonces, Karlan, ahora en la Universidad Yale, se ha esforzado en que los métodos de la ciencia se apliquen para evaluar la efectividad de los programas contra la pobreza. En «Evaluación científica de los programas contra la pobreza», en la página 23, habla de su búsqueda de una ciencia que acabe con la pobreza y explica qué maneras de proceder han demostrado hasta ahora tener éxito.

Rodrigo Guerrero Velasco ha realizado sus investigaciones sobre sociología desde una atalaya inusual: un ayuntamiento. Ha sido dos veces alcalde de Cali, ciudad colombiana de dos millones de habitantes. Desde ese puesto ha podido aportar a la gobernación algo del método científico. En particular, para atajar una epidemia de homicidios, recurrió a métodos basados en datos empíricos. Aprovechando su educación doctoral en Harvard como epidemiólogo, elaboró un programa consistente en plantear hipótesis sobre las causas de los crímenes, aplicar medidas que las abordasen y comprobar si funcionaban. Los resultados fueron tan llamativos que sirvieron de modelo para Bogotá y otras ciudades (véase «Ciencia para reducir el crimen»).

Completamos la sección con un gráfico («¿Cuán grande es la gran ciencia?») que representa el volumen económico de la investigación científica en las principales naciones e instituciones del mundo, así como el coste asociado a varios grandes proyectos. Los resultados, esperamos, le sorprenderán y encandilarán.

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