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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 1993Nº 199

Química

¿Cómo deberían pensar los químicos?

Los químicos pueden crear moléculas naturales con medios que no lo son. O pueden crear magníficas estructuras nunca vistas anteriormente. ¿Cuál debería ser su norte?

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En el Vaticano se encuentra el fresco de Rafael titulado La escuela de Atenas. Platón y Aristóteles caminan hacia el observador; la mano de aquél apunta hacia el cielo, éste tiende su mano hacia adelante, paralelamente al suelo. Es un mensaje que casa con sus filosofías: Platón tenía una prototeoría geométrica de la química de la materia; Aristóteles, en cambio, describía con detalles fidedignos la extracción de la púrpura de Tiro (de la que hoy sabemos fue precursora del añil) de rocas con conchas de múrices. Platón buscaba lo ideal, Aristóteles volvía la vista a la naturaleza.

La química moderna se enfrenta al mismo dilema que el fresco de Rafael simboliza. ¿Se debería seguir el camino que la mano de Aristóteles indica o el que nos señala Platón con la suya? ¿Es la naturaleza una fuente de nuevos materiales tan caudalosa como algunos aseguran? ¿Podremos crear, por ejemplo, mejores compuestos imitando la microestructura de una pluma de ave o de un hilo de tela de araña? ¿Deberían los químicos inspirarse en formas matemáticas ideales? ¿O tendríamos, quizá, que aventurarnos al azar?

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