Técnica y arte cinético

Tan delicado es el juego de pesos y equilibrios de las esculturas del autor, que el más ligero soplo de viento hace que sus partes bailen.

Mis ideas artísticas, como los movimientos de mis esculturas, se han ido desarrollando de una manera azarosa. A mis 22 años, había sido recadero, había enseñado inglés en una academia de idiomas y había agotado los ahorros que tenía de niño por asistir a las clases de la Academia Lothe en París, una escuela de pintura influida por el cubismo. Pasarían aún trece años antes de que en mis dedos y en mi mente se despertase la querencia por la mecánica. Ocurrió cuando presté servicio en el ejército. El trabajo con herramientas industriales y material militar me llevó a acariciar la idea de crear construcciones dinámicas que no fueran esculturas estáticas, ni tampoco lo que tradicionalmente entendemos por móviles. Después de la guerra, me dispuse a transformar estas ideas en realidades tangibles. Presenté mi primera exposición en 1953, cumplidos ya los 46 años.

He continuado desde entonces explorando las posibilidades estéticas de la escultura cinética. En mis piezas más recientes, suelo suspender de un elemento móvil otro, que con frecuencia es una figura geométrica sencilla —una varilla o un cubo—, creando así dispositivos doble o triplemente articulados. La distribución casi exactamente equilibrada del peso les hace que respondan incluso al más leve soplo de aire, que les hará describir circunvoluciones lentas, impredecibles, expresivas sin embargo.

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