Mareas microbianas tóxicas

Las algas y las bacterias sofocaron los ríos y los lagos durante la mayor extinción que ha asolado el planeta. Sirva de seria advertencia.

ANTES DE LA GRAN EXTINCIÓN de finales del Pérmico, los bosques pantanosos eran abundantes (izquierda). Después de aquel episodio, el crecimiento desaforado de algas y bacterias estancó la recuperación de los ecosistemas (derecha). [Victor Leshyk]

En síntesis

Los ríos y los lagos habían servido como refugio para la fauna durante las grandes extinciones del pasado, o eso se pensaba.

Recientes análisis geológicos y paleontológicos de los estratos pertenecientes a la transición del Pérmico al Triásico, marcada por la mayor extinción conocida, rebaten esa idea.

El calentamiento atmosférico y el aumento del CO2, aunados con los nutrientes erosionados del suelo calcinado por los incendios, desataron una eutrofización vasta y persistente que envenenó las aguas interiores y costeras.

Hoy la frecuencia y la escala de esos fenómenos va en alza, lo que deberíamos tomar como una seria advertencia.

Al amanecer de un día de verano, a una hora en automóvil de Sídney, comenzamos a trepar en dirección norte por la base de un acantilado. Andábamos en busca de rocas que contuviesen indicios del capítulo más funesto de la historia del planeta.

La vida en la Tierra ha atravesado trances aterradores a lo largo de 4000 millones de años, episodios cataclísmicos en que las especies desaparecidas superaron con creces a las sobrevivientes. La peor crisis de todas tuvo lugar hace 252 millones de años, a finales del período Pérmico. Las condiciones imperantes entonces fueron las más adversas que haya soportado jamás la fauna. Los incendios y la sequía asolaron la tierra firme y los mares se convirtieron en un caldo caliente y asfixiante

Muy pocos seres son capaces de sobrevivir a un paisaje infernal como ese. Más del 70 por ciento de las especies terrestres y más del 80 por ciento de las marinas desaparecieron, de ahí que algunos paleontólogos hayan llamado al episodio la Gran Mortandad.

El cataclismo quedó grabado en rocas esparcidas por todo el planeta, pero quizá en ningún otro lugar haya quedado mejor plasmado que en las costas rocosas del este de Australia, donde nos hallábamos ese día de verano. A media mañana dimos con nuestro objetivo: un afloramiento de carbón encajado en la pared del acantilado. El sedimentólogo Christopher Fielding, de la Universidad de Connecticut, colaborador nuestro desde hace tiempo, ha reconocido hace poco en esas rocas los sedimentos fluviales y lacustres depositados durante el episodio acaecido a finales del Pérmico. Bajo su dirección hemos escrutado los sedimentos en busca de vestigios fósiles de los contados sobrevivientes de aquella gran extinción.

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