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1 de Marzo de 2017
Evolución

Tibetanos de la edad de hielo

Nuevos estudios sobre la migración y la capacidad de resistencia humanas indican que la gélida meseta tibetana fue poblada mucho antes de lo supuesto.

El análisis genético indica que la especie humana ha poblado ininterrumpidamente la meseta tibetana desde la última glaciación. Algunos pueblos nómadas de la región (inserto) aún practican su modo de vida tradicional. [GETTY IMAGES]

Los primeros humanos que se aventuraron en el altiplano del Tíbet, el «techo del mundo», tuvieron que soportar uno de los entornos más inhóspitos que haya conocido nuestra especie. Con una altitud media de más de 4500 metros, en ese enclave frío y árido se dispone de la mitad de oxígeno respirable que a nivel del mar. Desde hace años, se suponía que nadie había puesto el pie en él hasta hace unos 15.000 años, pero nuevos datos genéticos y arqueológicos apuntan a que ese hecho pudo acaecer mucho antes, posiblemente hace unos 62.000, durante la última glaciación. Conocer mejor la historia de la migración y del crecimiento demográfico en la región podría ayudar a desvelar el misterio que envuelve el origen del pueblo tibetano y aportar pistas sobre la adaptación del cuerpo humano a la atmósfera enrarecida que impera en las grandes alturas.

Los autores de un estudio recién publicado en American Journal of Human Genetics han esclarecido en parte la historia del poblamiento de la meseta al secuenciar el genoma entero de 38 tibetanos autóctonos y comparar los resultados con las secuencias genómicas de otras etnias. «Los datos han revelado un complejo mosaico de migraciones prehistóricas», explica Shuhua Xu, genetista de poblaciones de los Institutos de Ciencias Biológicas de Shangái, de la Academia China de Ciencias. «La antigüedad de las secuencias tibetanas ha supuesto una gran sorpresa», confiesa. «Pueden atribuirse a ancestros de hace entre 38.000 y 62.000 años, que probablemente representan los primeros colonizadores del altiplano.»

A medida que la glaciación se intensificaba tras esa primera migración, el mestizaje entre los tibetanos y los foráneos quedó en suspenso por espacio de miles de años, de lo que se deduce que el desplazamiento hacia la región se redujo a mínimos. «Las vías migratorias debieron de quedar interrumpidas por lenguas de hielo y el ambiente resultó demasiado riguroso hasta para los cazadores y recolectores más tenaces», afirma Xu. Pero hace entre 9000 y 15.000 años (tras el llamado Último Máximo Glacial, período de la última glaciación en el que el hielo alcanzó su extensión máxima), miles de individuos irrumpieron en masa en el Tíbet. «Es la ola migratoria más notable que ha modelado el acervo génico del Tíbet moderno», aclara Xu. Ello concuerda con varias líneas de investigación independientes que señalan que los tibetanos comenzaron a adquirir mutaciones genéticas que los protegieron contra la hipoxia (escasez de oxígeno), hace entre 8000 y 12.800 años.

El equipo de Xu ha sido el primero en secuenciar entero el genoma tibetano con una resolución realmente impresionante, asegura el arqueólogo Mark Aldenderfer, de la Universidad de California en Merced, ajeno a la investigación. Añade que el estudio aporta detalles precisos de cómo distintos colectivos de procedencias diversas mezclaron sus genes para crear el pueblo que hoy llamamos tibetano. Los datos revelan que el 94 por ciento de su dotación genética actual proviene de humanos modernos —posiblemente de aquellos que se adentraron en el Tíbet en la segunda ola migratoria—, y la parte restante, de homininos extintos. La fracción moderna del genoma tibetano refleja una herencia mixta, puesto que guarda una similitud del 82 por ciento con los oriundos del este de Asia, del 11 por ciento con los pobladores del centro del continente y del 6 por ciento con los del sur.

Además, el equipo de Xu ha descubierto un segmento de ADN propio de los tibetanos que conserva una estrecha homología con el genoma del hombre de Ust'-lshim (representante de los humanos modernos que poblaron Siberia hace 45.000 años) y de varias especies humanas extintas, entre ellas los neandertales, los denisovanos y otros grupos desconocidos. El segmento contiene ocho genes, uno de los cuales resulta esencial para la adaptación a las alturas. Xu sospecha que un híbrido de todas esas especies podría haber sido el ancestro común de los pobladores de la meseta antes del Último Máximo Glacial.

El estudio revela, asimismo, una asombrosa continuidad genética desde la llegada al altiplano de los primeros colonizadores. «Ello indica que el Tíbet ha permanecido habitado siempre, incluso en las épocas de clima más adverso», aclara Xu. Esta idea contradice la opinión generalizada de que los primitivos moradores de la meseta habrían sido aniquilados durante los períodos de mayor rigor, como el Último Máximo Glacial, asegura David Zhang, geógrafo de la Universidad de Hong Kong, que no ha participado en el trabajo de Xu. Aldenderfer y otros sostienen que algunos rincones del altiplano sirvieron como refugios que ayudaron a sobrevivir a la glaciación. «Hubo muchos lugares donde las condiciones no fueron tan hostiles para vivir, como los grandes valles fluviales que atraviesan el altiplano.»

En favor de la antigüedad del poblamiento del Tíbet, viene a sumarse un estudio presentado en el 33o Congreso Internacional de Geografía, celebrado el pasado verano en Pekín, donde un equipo dio a conocer los vestigios arqueológicos más antiguos de la presencia humana en la meseta, datados en entre 31.000 y 39.000 años. El yacimiento, rico en útiles líticos y restos animales, está emplazado a orillas del río Salween, en el sudeste de la meseta tibetana.

Diversas líneas de investigación señalan, pues, que el poblamiento del Tíbet es mucho más antiguo y persistente de lo que se pensaba, asegura Aldenderfer. Pero también subraya que faltan datos para confirmarlo: «Serán precisas más excavaciones para llenar las lagunas».

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