Los ataques del 11-S parecían señalar el fin de la era de los rascacielos. Diez años después se construyen cada vez en mayor número.
BRYAN CHRISTIE
Todo cambió en esa triste mañana de hace diez años. Les Robertson ofrecía una cena en Hong Kong cuando sonaron los teléfonos móviles que reposaban sobre la mesa. Era la primera noticia de un choque contra una de las Torres Gemelas en Nueva York. Robertson, que había diseñado su estructura, no se preocupó demasiado en un principio. «Supuse que se había estrellado un helicóptero contra el Trade Center», dijo hace poco desde su despacho en el piso 47, con vistas sobre la Zona Cero. El hecho, por desgraciado que hubiera sido, encajaba en las tolerancias con las que se ideó la estructura de las torres.
Pero unos minutos después, cuando los teléfonos avisaron de una segunda colisión, Robertson comprendió que se trataba de «algo muy distinto» y pidió disculpas por observar los sucesos desde una habitación de hotel.
En las semanas siguientes, Robertson rehuyó comentar en público la tragedia, pese a las fuertes críticas que suscitó el novedoso diseño estructural de las torres. Pensó entonces que había terminado su carrera como diseñador de estructuras. Incluso parecía que la profesión entera se había quedado obsoleta, mientras se propagaba el temor de que los ataques terroristas señalaban el final de la era de los rascacielos.
Noviembre 2011
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