La cámara de niebla

De fácil construcción y manejo, este instrumento permite adentrarnos en la física nuclear y de partículas.

CORTESÍA DE FRANCISCO BARRADAS

A mucha gente le da la impresión de que esas partículas de las que oímos hablar en los medios o en la escuela son menos reales que los coches o las piedras. Sin embargo, no es así. Al menos cuando se trata de los electrones, protones, muones, fotones y demás partículas que los físicos y otros científicos y técnicos detectan cada día, y cuyas energías y momentos miden.

Quizá la mejor forma de convencerse de la existencia de las mismas sea construir un detector en el que veamos con nuestros propios ojos las estelas que dejan las partículas a su paso: la cámara de niebla de difusión continuamente sensible, un aparato de fácil manejo que Alexander Langsdorf ideó hacia 1936.

En esencia, se trata de una caja hermética que contiene una mezcla de vapor de alcohol y aire. El fondo de la cámara se mantiene tan frío —por contacto con «hielo seco»— que se forma una capa de vapor por debajo de su temperatura de condensación (sobresaturado), en un estado inestable en el que cualquier ligera perturbación desencadena la formación de gotas de alcohol líquido.

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