El origen del bipedismo humano

Nuevos fósiles cuestionan las ideas arraigadas sobre el modo y el momento en que nuestros ancestros empezaron a caminar erguidos.

[Mark Smith]

En síntesis

Tradicionalmente se creía que el bipedismo habría surgido en uno de nuestros ancestros y que las sucesivas especies del linaje humano adoptaron una postura cada vez más erguida.

Pero las investigaciones más recientes de pisadas y huesos fósiles desmienten esa imagen lineal e indican que distintas especies de homininos bípedos vivieron en la misma época e incluso el mismo lugar.

Estos y otros estudios de simios antropomorfos extintos sugieren que el bipedismo sería una antigua innovación evolutiva que nuestros ancestros aprovecharon cuando cambió su entorno y pasaron de una vida arborícola a una vida terrestre.

Mucho antes de poseer un encéfalo voluminoso y de desarrollar el lenguaje, antes incluso de dominar el fuego y fabricar herramientas líticas, nuestros ancestros hicieron lo que ningún mamífero había hecho jamás: se pusieron de pie. Las adaptaciones óseas para la marcha bípeda son evidentes en los homininos más antiguos, que tienen entre siete y cinco millones de años. Caminar sobre dos extremidades en vez de cuatro propició todos los cambios evolutivos que vendrían después. Permitió ampliar el ámbito territorial y diversificar la alimentación, y transformó el parto y la crianza. Esta peculiar forma de locomoción fue decisiva para todo lo que nos hace humanos.

La imagen arquetípica de la evolución humana es una fila de individuos cada vez más altos y derechos, desde un simio encorvado hasta un Homo sapiens triunfal, enhiesto sobre sus dos pies. Esta representación, conocida como «marcha del progreso», se popularizó en la década de 1960, y desde entonces adorna infinidad de libros, camisetas, pegatinas para coches y tazones de té.

Sin embargo, los descubrimientos paleontológicos de los últimos veinte años nos obligan a revisar esta imagen lineal. Ahora sabemos que hubo diversas especies de homininos, asentadas en diferentes enclaves del continente africano, a veces simultáneamente, que adquirieron distintas maneras de caminar. La bipedación espoleó un largo e intenso período de improvisaciones evolutivas en torno a esta forma de moverse. Nuestro andar moderno no estaba predeterminado, sino que cada especie marchó al ritmo que imponían sus objetivos —a fin de cuentas, la evolución no hace planes—. La nuestra es, pues, una más de las formas de caminar que ensayaron los primeros homininos; es la variante que prevaleció.

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