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1 de Abril de 2011
Psicología cognitiva

Lenguaje y pensamiento

El idioma que hablamos afecta a nuestra percepción del mundo.

TOM WHALEN

Me encuentro en Pormpuraaw, una pequeña comunidad aborigen situada en el borde occidental del cabo York, en el extremo septentrional de Australia. A mi lado hay una niña de cinco años. Cuando le pido que señale el norte, lo hace con exactitud y sin dudar. Mi brújula lo confirma. Algo después, en Stanford, en una sala de conferencias, le hago la misma petición a un público de elevado nivel académico, en el que abundan personas de reconocido mérito científico galardonadas por su talento. Algunos de ellos han estado viniendo a esta misma sala desde hace más de cuarenta años. Les ruego a los presentes que cierren los ojos —para que no falseen el resultado de la prueba— y que señalen al norte. Muchos rehúsan, pues ignoran la respuesta. Quienes aceptan, reflexionan unos instantes y después apuntan... en todas direcciones. He repetido este ejercicio en Harvard y en Princeton, en Moscú y en Pekín, siempre con los mismos resultados. Una niña de cinco años perteneciente a cierta cultura logra con facilidad lo que a eminentes científicos de otras culturas les resulta problemático. Una diferencia notable en una destreza cognitiva. ¿Cómo explicarla? La sorprendente respuesta puede hallarse, según parece, en el lenguaje.

La idea de que algunas capacidades cognitivas quizá dependan del idioma que hablamos se remonta a varios siglos. Desde los años treinta del siglo xx, la idea se ha asociado a los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, que estudiaron la variación de las lenguas y propusieron la hipótesis de que los hablantes de idiomas diferentes se distinguiesen en su forma de pensar. Si bien en un principio la hipótesis recibió gran atención, adolecía de un serio inconveniente: una carencia casi total de pruebas empíricas que la respaldasen. Cuarenta años después, el desencanto era casi general y la hipótesis de Sapir y Whorf quedó enterrada bajo otras teorías que proclamaban la universalidad del lenguaje y el pensamiento. Décadas después, ha aparecido una cantidad considerable de pruebas empíricas sólidas que demuestran que los idiomas sí moldean el pensamiento. Estos indicios dan la vuelta al dogma de la universalidad y aportan fascinantes indicios para entender los orígenes del conocimiento y los mecanismos de construcción de la realidad. Los resultados entrañan consecuencias importantes para la jurisprudencia, la política y la educación.

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