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El descubrimiento de las enanas marrones

De menos masa que las estrellas, pero más que los planetas, las enanas marrones se reputaron antaño cuerpos celestes escasos. Las nuevas búsquedas realizadas en el cielo muestran que nos hallamos ante objetos tan comunes como las estrellas.
Una enana marrón es una estrella que se frustró. Las estrellas brillan en el cielo en virtud de las reacciones nucleares de su interior que liberan grandes cantidades de energía resultante de la fusión del hidrógeno en helio. Para que se desarrollen tales reacciones de fusión es necesario, sin embargo, superar un umbral de temperatura de unos 3 millones de kelvin en el núcleo de las estrellas. Y puesto que la temperatura del núcleo aumenta con la presión gravitatoria durante el proceso de formación, una estrella debe tener al menos una masa mínima para ser considerada como tal: aproximadamente unas 75 veces la masa del planeta Júpiter, vale decir, alrededor de un 7% la masa de nuestro Sol. Las enanas marrones no cumplen esta propiedad; gozan de una masa mayor que la de los planetas gigantes gaseosos pero no hasta el punto de entrar en la categoría de estrella.
Durante decenios las enanas marrones fueron el "eslabón perdido" de los cuerpos celestes: aunque se creía en su existencia, nunca se habían observado. En 1963, Shiv Kumar, de la Universidad de Virginia, presentó su teoría según la cual el mismo proceso de contracción gravitatoria que da lugar a las estrellas, a partir de nubes de gas y polvo, podría también producir a menudo objetos de masa inferior. A tales cuerpos hipotéticos se les llamó estrellas negras o estrellas infrarrojas, antes de que Jill C. Tarter sugiriese la denominación "enana marrón", en 1975. (Jill C. Tarter es hoy directora de investigación del Instituto SETI en la californiana Mountain View.) Se trata, empero, de un nombre confundente, pues la enana marrón es un objeto de color rojo. Pero ya existía la expresión "enana roja", que designaba a las estrellas cuya masa no llegaba a la mitad de la solar.

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