Redes nerviosas para la locomoción de los vertebrados

Los movimientos implicados en la natación, carrera y vuelo de los animales están controlados por determinadas redes nerviosas. Conocemos ya con bastante pormenor ese tramado en la lamprea, un pez ciclóstomo.
Es difícil hacerse una idea cabal de cómo consigue el cerebro humano controlar y tener a punto todo lo que se requiere para correr o incluso para andar: decidir qué articulaciones han de moverse, exactamente cuándo y cuánto hay que flexionarlas y, por último, enviar por vía nerviosa la serie de impulsos adecuada para activar la combinación idónea de músculos. La destreza que se advierte hasta en los organismos más primitivos cuando nadan, vuelan o corren, es decir, cuando propulsan su masa corporal por el medio que les envuelve, resulta en verdad asombrosa. El más perfecto de los robots se desenvuelve con torpeza, comparado con cualquiera de ellos.
Aunque son muchos los misterios que aún esconde la locomoción animal, los científicos empiezan ya a comprender cómo los vertebrados, incluido el hombre, coordinan con suma facilidad los movimientos más complicados en los que intervienen centenares de músculos. La tarea formidable que representa el control de los diversos movimientos del animal se simplifica por una organización nerviosa, realmente notable, que distribuye las funciones de coordinación de estas acciones entre distintas redes de neuronas. Algunos de los circuitos especializados, como el que mantiene en actividad ininterrumpida la respiración, operan a la perfección desde el mismo momento del nacimiento. Otros, pensemos en los que controlan la reptación, la marcha o la carrera, tardan más tiempo en llegar a la maduración.

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