El expediente policial de Lev Landau

Los archivos del KGB revelan que este genio de la física, siempre bajo la mirada de la policía soviética, fue coautor de un panfleto antiestalinista que le llevó a la cárcel.

Las teorías de Lev Davidovich Landau forman la espina dorsal de la física del estado sólido del siglo xx. Describen la superfluidez, principios de la superconductividad y fundamentos diversos de la astrofísica, la física de partículas y muchas otras disciplinas. Aún hoy en día son herramientas esenciales, entre otros descubrimientos suyos, los niveles de Landau, el diamagnetismo de Landau, el espectro de Landau, la teoría de Landau-Ginzburg. En sus textos se han formado generaciones de físicos: la biblioteca de la Universidad de Harvard guarda cuatro veces más obras suyas que del celebérrimo Richard Feynman.

Recibió el premio Nobel en 1962. Para sus admiradores era un teórico encerrado en una torre de marfil, atrevido, insolente, encantador pero alejado del tumulto de la existencia diaria. Ignoraban dos facetas políticas de su vida: los largos meses que pasó en las prisiones de Stalin a finales de los años treinta y su participación en la bomba nuclear del dictador, diez años después.

Sólo ahora hemos sabido que fue una persona con inquietudes políticas, siempre sospechosa para el KGB, la policía secreta soviética. Este descubrimiento se produjo hasta cierto punto por casualidad. Maia Besserab, sobrina de la esposa de Landau, publicó en 1989 la cuarta edición de la biografía de éste. Había llegado la glasnost (o "apertura") y la autora anunció que por fin podía contar toda la historia del arresto en 1938 de su biografiado. Un resentido ex alumno suyo, Leonid Pyatigorski, le había acusado, afirmaba Besserab, de ser un espía alemán, y eso durante el período estalinista del "Terror rojo", cuando millones de personas fueron ejecutadas bajo fantásticas acusaciones.

Pero Pyatigorski vivía todavía. Era cierto, en efecto, que Landau le había echado del grupo teórico del Instituto ucraniano de Kharkov. "Dau", como sus alumnos le llamaban, podía ser muy duro con ellos; un cartel en la puerta de su despacho les advertía: "¡Ojo, muerde!" Pese a lo cual, Pyatigorski siguió venerándole y, muy afectado por la acusación, llevó a Besserab a juicio en el verano de 1990.

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