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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 1996Nº 232

Ingeniería aeroespacial

La misión Galileo

Desde su órbita alrededor de Júpiter, la nave espacial Galileo observa el planeta y sus satélites naturales, al tiempo que da cuenta de un mundo desconocido.

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El 7 de diciembre de 1995 el breve resplandor de una estrella fugaz de nueva factura iluminó el cielo de Júpiter. El cuerpo que se precipitó en los tenues gases de la alta atmósfera joviana, a casi 50 kilómetros por segundo, no fue un meteoro ni un cometa, sino un ingenio creado en la Tierra. A los pocos minutos se abrió un paracaídas, para frenar el proyectil, y se desprendió lo que quedaba de la capa protectora contra el calor. La sonda descendió y envió a la nave nodriza, el satélite artificial Galileo, situado unos 200.000 kilómetros más arriba, datos sobre estructuras nebulares, composiciones, temperaturas y presiones.

La nave almacenó las señales para su posterior transmisión a los científicos que esperaban en la Tierra. Cuando las señales procedentes de la sonda se desvanecieron, se activó un cohete de Galileo durante casi una hora, que situó la nave en una gran órbita alrededor del planeta. Tras visitar dos planetas y otros tantos asteroides en un viaje de seis años --durante los que ha realizado además otros descubrimientos inesperados--, ha llegado finalmente a su destino: Júpiter. Trescientos ochenta y cinco años después de que Galileo Galilei descubriera las lunas de Júpiter, un satélite artificial bautizado con su nombre se suma a la interminable circulación de éstas.

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