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Arsuaga, el Arguiñano de la evolución

Ingredientes para desentrañar una historia de miles de millones de años.

VIDA, LA GRAN HISTORIA

UN VIAJE POR EL LABERINTO DE LA EVOLUCIÓN

Juan Luis Arsuaga
Destino, 2019
592 págs.

 

Si yo les preguntara cuál de estos dos animales se parece más a un cocodrilo, un flamenco o una tortuga, ¿qué me responderían? Estoy bastante convencida de que muchos de ustedes optarían por la tortuga. Al fin y al cabo, ambos tienen una piel parecida, avanzan de manera parecida por el suelo y parecen dinosaurios modernos. Sin embargo, son los flamencos los que están más estrechamente emparentados con los cocodrilos. Esto solo puede saberse si se analiza el registro fósil y se conoce la ecología de hace miles de años, algo que corresponde al trabajo de un paleontólogo.

Los paleontólogos son los grandes historiadores del pasado biológico, aquellos capaces de hacernos ver los mismos elementos con una mirada nueva: haciendo que nos fijemos en que la diferencia crucial entre dos especies tal vez sea la cáscara de sus huevos, indicándonos que quizás un evento geológico separase algunas especies y las acabase distanciando biológicamente, o recordándonos que una especie parecida ya existió hace millones de años y que la nueva que vemos hoy no es más que una solución repetida de la naturaleza.

Sin embargo, una reconstrucción así del pasado es compleja. Deja muchos cabos sueltos, da lugar a ideas contrarias a la lógica que reclaman nuestros ojos, y desde luego se encuentra muy alejada de la narración clásica que nos enseñaron en el colegio, donde la evolución se nos mostraba como un camino largo y recto de sustitución de unas especies por otras y que siempre terminaba en el origen del hombre. Representando así la historia de la vida, como un camino recto que termina en el humano triunfal, es muy habitual que uno se pregunte por qué los monos no se han convertido en hombres, y más habitual aún que encontremos cierta resistencia a creer que el flamenco y el cocodrilo se parezcan más que este y la tortuga. Un camino así, escalonado, resulta más fácil de entender que cualquier cuadro de Escher, donde las escaleras suben y bajan, se entrecruzan o desaparecen.

Sin embargo, ese aspecto escheriano es el que verdaderamente tiene la historia de la vida, y para descifrarlo necesitamos a alguien que nos ayude a responder todas las preguntas. Esa es la misión de Juan Luis Arsuaga, que en este libro toma de la mano tanto al público curioso como al especializado para ayudarle a recorrer, poco a poco y con paciencia, la compleja historia de la vida.

Aunque se trata de un gran reto, a lo largo de las casi 600 páginas de la obra y acompañado de las estéticas ilustraciones minimalistas de Susana Isabel Cid Martínez, Arsuaga logra recorrer miles de millones de años. El resultado es un viaje al pasado con una mirada actualizada a los hallazgos y debates más recientes. Durante la lectura, uno se da cuenta de que es demasiado ingenuo, por no decir egocéntrico, habernos situado como especie siempre en la meta final, en ese último peldaño de la escalera. Porque —y este es un gran spoiler— la historia de la vida no tiene ningún final ni dirección posible. Los letreros de One way típicos de la topografía neoyorquina no son más que un invento humano que se aplica a las calles, pero no al gran camino de la evolución.

Leer este libro es sentirse por fin empequeñecido como especie, pero también engrandecido por haber entendido que todo no es más que una relación continua entre seres, paisajes y eventos. A mí en concreto me hace imaginar un espacio de vectores enmarañados donde todo se relaciona con todo. Me hace preguntarme también si los planes corporales, o la imposibilidad (hasta ahora) de que existan carnívoros con cuernos o dragones que escupan fuego no serán tal vez una mera restricción química, la misma que solo permite la vida a través del oxígeno. ¿Vendrá el nuevo conocimiento de la bioquímica? ¿De descifrar ese polvo de estrellas que lo es todo y donde las ecuaciones más complejas estarán dentro de nosotros mismos?

Al final, un libro de paleoantropología se convierte en uno de filosofía, un acto de humildad donde uno entiende que la grandeza de vivir es comprender que no hay argumento para la vida. La obra incluso reserva un apartado para el futuro. Al fin y al cabo, resulta muy tentador intentar prever qué vendrá, y más en un momento donde triunfan series como Black mirror o Years and years. No haré aquí otro destripe, pero sí añadiré que un bonito aspecto del libro es que, para hablar del futuro, Arsuaga nos reconduce la mirada al presente, pues la responsabilidad de una parte del futuro se encuentra hoy en nuestras manos.

Vida, la gran historia se plantea una tarea tan difícil como bien conseguida. Esto solo es posible porque Arsuaga es un gran científico, y como tal tiene tres cualidades: duda (se pregunta y no impone sus afirmaciones), acoge (admite que otras explicaciones varíen sus ideas iniciales) y construye (expone sus críticas para avanzar en el conocimiento en vez de para demostrar que tenía razón). Arsuaga no solo cumple con esas tres cualidades, sino que suma también la capacidad de hacer fácil lo difícil.

Una vez terminado el libro, el lector será capaz de incluir en la sobremesa del domingo la palabra sinápsido tan fácilmente como tomate. Y no solo eso: será capaz de formarse su propia opinión sobre varios debates evolutivos, ya que el autor le ha presentado los datos, le ha ayudado a pensarlos y le ha permitido que con esos ingredientes cocine su propia tortilla. De modo que, en efecto, Arsuaga es «el Arguiñano de la evolución», ya que genera familiaridad y sensación de autonomía. Solo faltarían los chistes del cocinero vasco, pero la historia es tan entretenida que divierte por sí misma.

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